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Entre acosos y adicciones

La escena de observar por todas partes a una persona consultando su celular es moneda corriente y típica en los grandes y pequeños centros urbanos. Nos hemos vuelto adictos al “aparatito” que ya forma parte de nuestras vidas. Es una adicción: celularitis aguda.  Estamos pendientes de él, a ver quién nos llama, qué mensaje recibimos, qué hay por las redes sociales; así, poco a poco generamos una dependencia muy tóxica. Los viejos teléfonos públicos no funcionan, porque hoy todo es vía celular. Si queremos ubicar a alguien, lo hacemos a través del móvil y no del fijo. Seis largos números que no somos capaces de recordar con facilidad, pero sí grabar en nuestra lista de contactos. A su vez, el artefacto se convirtió es un arma invasiva que vulnera nuestra privacidad. Todo es recibido a través de esta tecnología. No sólo es un medio por el cual nos ubican en persona, sino que le consultamos cuestiones de diversa índole. Un oráculo del micro chip.  Accedemos a las redes sociales, a los grupos de chats que nos esperan en el Whatsapp, compramos y vendemos; accedemos a los aplicativos para realizar transacciones, pagar la luz, la telefonía e internet, etc.

Nos enteramos de lo que ocurre en el país y el mundo.  Ahora se sugiere que todos posean uno para estar siempre conectados, y lo que es peor, existe una base de datos en las instituciones financieras y otras que nos localizan para ofrecernos algún producto. Huele a compra y venta, por debajo de la mesa, de datos particulares. El celular timbra a cada momento y no todas las llamadas son conocidas. En un alto porcentaje, es lo contrario, y no provoca contestarlas.  Si vamos por la calle y suena, es un peligro responder, pues nos exponemos a un violento robo. Está a la orden del día. Ahora, un celular vale una vida.

Nos hallamos frente a una tremenda disyuntiva. Podemos impartir clases por el móvil; asistir a simposios y congresos vía zoom; comunicarnos por video llamada y conversar con personas que están al otro lado del planeta o asistir a citas médicas. Esto es posible gracias a la tecnología; pero del mismo modo, el acoso a las personas es constante. El duende suena y suena. Llaman y llaman para perturbar la paz. Acosan. Llega un instante en el que no queremos encenderlo. Algunos han reemplazado el teléfono fijo por uno de estos móviles. El Whatsapp se hizo un instrumento indispensable para la comunicación, desinformar, insultar y acentuar la polarización de la sociedad peruana. Ahora, las empresas nos atienden por ahí. Es necesario, cierto, pero al fin y al cabo derivó en una adicción. Si nos gana el aburrimiento, miramos el celular. Es raro salir sin este adminículo; cada vez surgen más aplicativos que, supuestamente, nos solucionan la vida.  ¿Qué hacer para superar este ataque? Sencillo: las llamadas cuyo origen desconoce no las conteste.

Incluso, las compañías de telefonía móvil juegan con el hecho de que cada cierto tiempo anhelamos cambiar el equipo. Absurdo. Nos importunan, nos ofrecen, nos tientan. Para los amigos de lo ajeno, es consigna que la mayoría de gente porta uno. El celular facilitó la existencia, pero también nos restringió la libertad. Llega un momento en que nos terminamos hartando. ¿Qué hacer para evitarlo?

Entre los adolescentes, la patología es mayor. Les han inventado la urgencia del último modelo. Si no es posible comprarlo, no existen. Ya fueron. Pero no nos dejemos amedrentar con el sonido del ringtone. Mantengamos la calma y si usted quiere dormir una buena y plácida siesta, instálelo en modo avión. O apáguelo. Dulces sueños.

Miryam Patricia Falla Guirao
Licenciada en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Doctora en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA). Exbecaria de Investigación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de la República Argentina en el área de Ética y Bioética. Docente Universitaria en pre y post-grado. Conferencista en universidades, colegios profesionales e instituciones jurídicas y de salud.

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