Columnas Manuel Escorza

Sobre Kato, los superhéroes y Mauricio Fernandini

Había en mi infancia un personaje de la televisión que se llamaba Kato. Era el compañero del Avispón Verde.  Servicial, educado y siempre tranquilo en público, Kato era a su vez un gran luchador y peleaba extraordinariamente bien. Tenía una agilidad casi felina para enfrentarse al crimen y a la delincuencia. No era para menos. Su padre, el jefe de un gran cartel delincuencial en Japón, lo había formado en artes marciales. Pero Kato, a diferencia de su padre, lejos de delinquir, escogió una vida defender el bien.

Protegía a los suyos de los asaltos y robos. Era un hombre que se enfrentaba al mal en defensa de sus conciudadanos. Transmitía confianza, seguridad y sentimientos de protección. Precisamente por todo eso, Kato habitaba en el imaginario de muchos niños porque él era un superhéroe, un superhéroe casi de verdad, y muchos de nosotros jugábamos a ser Kato, a pelear como Kato, éramos Kato, y en nuestras fantasías luchábamos contra el crimen y la delincuencia organizada.

Los personajes como Kato y otros tantos superhéroes fueron desapareciendo de a pocos de la televisión. En su momento fueron los iconos de una cultura popular que transmitía valores, moral y respeto social. Ejercieron una influencia masiva en la lucha contra la delincuencia. Algunos de esos superhéroes se fueron después a la pantalla grande, con poderes especiales y llamativas vestimentas.  Pero ya no volvieron la televisión. Eso desapareció.

Con el tiempo llegarían a la pantalla chica otros personajes, esta vez de verdad, que ya no eran superhéroes, pero que se enfrentaban a la corrupción, vigilaban la política, fiscalizaban al Ejecutivo y también al Congreso. Aportaron mucho al Perú de entonces. Pienso por ejemplo en Alfredo Barnechea, o en Hildebrandt en Buenos Días Perú. Inspiraron democracia, capacidad crítica, interés social y despertaron la curiosidad de mucha gente por la política.

Hablo de ellos porque siempre habrá, en mayor o menor grado, personajes de la televisión que formarán parte de una cultura mediática acorde a su época, periodistas a los que la población, de un modo u otro, les otorgará su confianza para que supervisen, comenten y/o critiquen lo que ocurre en la sociedad. Guste o no guste, y guardando las diferencias, Mauricio Fernandini era uno de ellos. La gente lo encontraba tranquilo, educado y respetuoso con sus invitados . Y llegaba respaldado por una sólida emisora.

Un día prendí la tele y no lo vi más. “Qué raro que lo hayan sacado sin habernos dado una explicación”, pensé.  Pero luego me enteré que estaba siendo investigado y algo escuché sobre un desmentido de su parte.

Ahora resulta que se ha acogido a la confesión sincera, y que no sólo había recibido coimas, sino que además era un orquestador de la corrupción. Él mismo habría llamado a miembros del Ejecutivo para ofrecerse como contacto, él mismo habría sido el operador de acciones delictivas.

En la televisión era un santo, pero en la vida real era algo así como un miembro integrante de la corrupción de Castillo, un periodista que se puso a su servicio de su mandato. Salía todos los días como periodista independiente, pero en vez de enfrentarse a la corrupción, estaba abrazado a ella y nadie lo sabía.

A mí en realidad poco me importa el personaje después de lo ocurrido. Pero lo que sí me importa y molesta es la sensación de haber sido mediáticamente estafado, de haber invertido horas de horas de atención, dándole credibilidad a un periodista que en realidad era una mentira.

Y uno se pregunta qué pasa con nuestra decepción, con todo el tiempo que invertimos siguiendo a ese conductor, cómo recuperamos el tiempo perdido por haberle puesto atención y credibilidad, y/o de qué manera pudieron influenciar en la sociedad sus comentarios e intervenciones que tenían como telón de fondo intereses vinculados a la corrupción. ¿Alguien nos va a devolver nuestro tiempo perdido? ¿Hay derecho a hacernos esto, a entrar masivamente a nuestros hogares con un conductor de mentira? ¿Cómo se indemniza esa forma de estafa mediática?

La historia de la corrupción en los medios ya tiene varias décadas. Antes eran conocidas las mermeladas. El nombre mismo describía algo que podía ocurrir en las redacciones de los periódicos endulzando alguna noticia a favor de alguien o algo. Las mermeladas eran como chequecitos o propinas para que algún periodista, editor o fotógrafo favoreciera a tal o cual persona en la noticia.

Luego, la corrupción llegaría a los medios de televisión a niveles de compra de la línea editorial.

Ahora nos enteramos que un periodista era un operador de la corrupción mientras nos entretenía en la televisión. Esto obviamente contribuye a ahondar el clima de decepción y el desencanto de la población.

Para muchos, el periodismo independiente es una isla virtuosa que se enfrenta a la mentira y sincera la verdad. Esto constituye además un pilar indiscutible de la democracia, una forma de diálogo entre todos a través de la prensa o de un periodista líder de opinión, una instancia de encuentro con la realidad. Pero aquí, en el caso concreto, pasaba lo contrario.

No debería sorprendernos que aparezcan nuevos casos como este y con nuevos personajes, propios de lo que fue el gobierno de Castillo.

Kato era un superhéroe que decidió enfrentarse al crimen organizado y que luchaba en defensa del bien y buscaba reivindicar a su familia. Transmitía valores y su vida era un ejemplo. Era la expresión de lo que hoy conocemos como resiliencia, la metáfora que mostraba que se podía salir del hoyo y de los barracones psicológicos delictivos, para ponerse a disposición del lado bueno de la condición humana.

Tuvo una gran influencia en millones de niños que hoy son personas adultas en todo el mundo y que ejercen normas y democracia. Nos dio un norte de ética y buen comportamiento, nos infundió valor para tomar distancia de la delincuencia. Sus historias y acciones fueron fundamentales para la consolidación de la consciencia social y moral de la época. Pero Kato era un personaje de ficción, un personaje que educó desde las tiras cómicas y la televisión.

El periodista, en cambio, no era una ficción. Integraba en forma real una banda delictiva, y lo que es peor, entraba con su programa a nuestros hogares.

Manuel Escorza Hoyle
Abogado y psicoterapeuta

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