Columnas Víctor Velásquez

El mártir pescador

A las 6 a.m. cuando los pobladores de Lima Virreinal, dormían plácidamente su coloniaje que creían nunca se iba a acabar, el ruido de seis disparos de fusil, hicieron que los limeños que vivían alrededor de la Plaza Mayor, abrieran los ojos, y que los gallinazos, emprendieran vuelo de una torre a otra de la Catedral.

Olaya, había sido fusilado. Su cadáver,  luego, fue arrastrado a la Plaza Mayor y allí, decapitado.  Lo velaron envuelto en sábanas blancas manchada de sangre, cual bandera nacional, entre cuatro cirios, con una escarapela en la mano y el Perú en su corazón.

José Olaya, nació en Chorrillos, cuando este distrito hoy, solo era un pago habitado con algunas familias de pescadores, provenientes del norte chico. Allí, construyeron sus ranchitos de carrizos con techos de totora en lo alto del barranco y a ras de la playa. Allí, esperaban en la mañanita a su padre Silverio, quien traía el pescado para llevarlo a Lima a venderlo en el mercadillo lo cual serviría para su sustento. Allí se inició su devoción familiar y en general de todos los pescadores, por el Apóstol San Pedro, desde esa época su Santo Patrón.

Ya jovencito, José como el mayor de los hijos hombres, acompañarían a su padre, don Silverio a en las faenas de pesca, mientras que María Mercedes, su hermana mayor ayudaría a la madre en los quehaceres hogareños. Los demás hermanos, ayudarían, cosiendo las redes, ayudando a bajar el pescado y llevándolo hacia el puerto.

Siguiendo el ejemplo paterno, José se internaría en la mar. Su lancha era la misma que usara su padre. De color celeste, tenía por nombre “Virgen María”. Estaba bien aperada, su chinchorro ancho velero, red clara con malla a cuadritos para la pesca de corvinas y red ciega, con malla apretada de siete dedos para pescar la fauna pequeña. En una de esos días de mar embravecido, la lancha zozobró, y José con su padre Silverio, tuvieron que estar cinco días comiendo pescado y tomando de sus propios orines. Felizmente, fueron rescatados. Otra vez, yendo en otra lancha, esta se fue a pique, y tuvieron que nadar varios kilómetros hasta el puerto. En fin, experiencias propias del hombre del mar.  

Los domingos y días de guardar, no había pesca. Salían toda la familia, su padre, su madre y sus seis hermanos,  Cecilio, José, Mercedes, Narcisa, Josefa y Manuela, a la misa de doce a la Parroquia de San Pedro.   

Fallecido su padre, por vejez más que por una enfermedad grave, José se hizo cargo de su familia. Su madre, y 12 hermanos vivían con él. Su modesta vivienda, de paredes de adobe y techo de calamina, quedaba en un rancho de Chorrillos, situado a espaldas de la Iglesia de San Pedro. De su esposa se conoce poco. Se llamaba Rosa María. No se sabe si tuvieron hijos. Ella, y sus posibles hijos, se perdieron en el anonimato. Como si la tierra se los hubiera tragado o el mar devorado. Por eso, es que cuando lo capturaron a José, a ella no la nombraron para nada.

La escuadra libertadora ya había llegado al Perú en 1820. La independencia se había proclamado el 28 de Julio de 1821. En esta estado de cosas, donde el espíritu patriota reinaba en todos los peruanos, cuando Rodil tomó Lima, y los patriotas se refugiaron en la Fortaleza del Real Felipe, incluido el general Sucre, cuando se necesitaba la entrega de correspondencia conteniendo ordenes escritas y hasta algunos mapas, de los patriota desde la escuadra a Chorrillos, cuando Juana de Dios Manrique hizo una red en la cual Olaya, era el que llevaba y traía correspondencia vital para los patriotas.

Con su traje de pescador, unos cuantos pescados en la bolsa de malla, iba y venía hasta que fue capturado.

Delatado por personajes oscuros, de sus correrías a nado y en lancha desde la fortaleza del Real Felipe a puntos fijados previamente por las fuerzas patriotas en Lima y Chorrillos, llevando mensajes secretos, fue llevado a prisión.  

Camino al fusilamiento en la calle Petateros -hoy Pasaje Olaya-, vestía de blanco. Era la misma ropa con que había sido detenido hace 10 días. Estaba rojiblanca, cubierta con su sangre.

Se le acusaba de espía. Nunca dijo nada, Se calló todo. Recibió por dos días amenazas y torturas. Se mantuvo en silencio. Para que hablara, se le mando traer a su madre. Ella lloraba, él se mantenía inhiesto. Como sabiendo que su muerte  estaba próxima le dijo: “Sepúlteme madre, mi cadáver, si se lo entregan, a lado de mi padre, en el cementerio parroquial”.

Fue llevada ante él, a Juana de Dios Manrique, quien en realidad era la que manejaba la red de espionaje, y le daba los mensajes a Olaya para que los transportara de Lima a Chorrillos y viceversa. Olaya, negó toda relación con ella. Dijo no conocerla. Ella, allí, fue testigo de los golpes que recibía. Cuando lo detuvieron lo agarraron a culatazos, y cuando estaba detenido, en una celda pocilga, con ratas de todos tamaños, para que confiese, le arrancaron las uñas, y al ver que no confesaba, los azotes marcaron su espalda, con cicatrices expuestas. Recibió 200 palos e igual número de latigazos, Le apretaron los pulgares hasta reventárselos. Y las preguntas seguían: ¿quién le ordenó llevar mensajes? ¿Adónde se dirigía a nado? ¿Cuantas veces lo ha hecho?  Y su silencio cada vez más expuesto. Más eterno. Nada logró Rodil, ni nombres ni destinos.  

Cuando José Olaya Balandra, el pescador, cayó de bruces, también cayó un poco de patria, un tanto de sueños de libertad, y mucho sacrificio.

El mártir de la lealtad, voló a la posteridad, y su mensaje quedó eternamente en el alma nacional: “Si mil vidas tuviera, gustoso las daría por mi Patria”.

Víctor Velásquez Pérez Salmon.   Coronel del Ejército del Perú en Situación de Retiro. Se ha desempeñado como Catedrático de Historia Militar en la Escuela Superior de Guerra, Director de la Comisión Permanente de Historia, y miembro del Proyecto Ejercito 2001.  Es autor de varias publicaciones de historia, ensayos, poesía y cuento. 

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