El Perú, en octubre de 1883, era un país con 4 líderes y escenarios distintos. 4 maneras distintas de comprender el estado de guerra, en la que nos encontrábamos. 4 visiones distintas, ninguna compartida. Lo que pasaba o desearan que pasara en Lima (Baquedano), no ocurría en Junín (Cáceres), ni en Arequipa (Montero) ni en Cajamarca (Iglesias). Naturalmente Baquedano, quería que Palacio siguiera hecho un “burdel”; Iglesias, en su paz de rodillas estaba cerca a firmar un Tratado Definitivo; Montero, indeciso, no fue el líder militar que necesita el sur para que entablar una resistencia armada, y Cáceres, derrotado en Huamachuco, hacia lo imposible para formar un nuevo Ejército, y continuar con la guerra de resistencia.
Sobre la conducta de Arequipa en la guerra, motivo de este artículo, dice Daniel Parodi, que en año de 1883, pocas semanas de la derrota en Huamachuco las fuerzas chilenas decidieron tomar Arequipa. Esto estaba ya determinado por Santa María, quien manifiesta que: “Una vez que Chile sea dueño de esta importante ciudad y del ferrocarril hasta Puno, podría dictar al Perú y a Bolivia las condiciones de paz que sean verdaderamente una garantía para la tranquilidad y el porvenir del nuestro país”.
Los mandos peruanos y bolivianos eran conscientes que esto podría producirse desde hace muchos meses. En consecuencia, no fue novedad alguna que se pusieran a planificar la defensa de Arequipa. Allí, el destino volvería a juntar a dos jefes militares derrotados en la batalla del Alto de la Alianza: Montero y Campero.
El plan de Campero, indicaba que “la fuerza peruana de Arequipa no deberían presentar batalla por si solas, porque las consideraba insuficientes frente a las chilenas”. Lo mejor para él, era que producido el ataque chileno, se retiraran hacia Puno. Para refrendar este, envío a Arequipa una batería de cañones Krupp, 1,000 rifles Remington y 100,000 cartuchos, así como un empréstito de S/. 3,302.00.
El plan peruano elaborado por el coronel Manuel Velarde, Comandante en Jefe de las Fuerzas del Sur, junto con Manuel del Valle, planteaban “resistir la invasión fuera de la ciudad y después dentro de ella, y como alternativa la retirada a Puno, con el auxilio de tropas bolivianas”.
Montero dispuso para la defensa, si se puede llamar así, ejecutar un poco de cada plan. Eso del amago de una defensa y retirada a Puno para juntarse con los bolivianos no era factible hacerlo, y más cuando estaban desorganizados y desmoralizados.
Sobre los ejércitos enfrentados, apunta Carbajal, que los efectivos del Ejército del Sur era de 3,000 soldados de línea, al mando del general Cesar Canevaro acompañado por los coroneles Belisario Suarez, -héroe de la jornada de Tarapacá-,José Godínez, Nicanor Ruiz de Somocurcio, y los hermanos Francisco y Luis Llosa. Por su parte Chile tenía dos divisiones que sumaban 2,200 efectivos a los que se adicionan 1,200 que llegaron desde Lima al mando de Del Canto. En la práctica, el 18 de octubre, se hace una defensa muy débil en Huasaquiche y Jamata las que fueron días después fácilmente rebasadas.
El 24 de octubre, la Municipalidad le pide a Montero que evitase todo combate en la ciudad, y en consecuencia la retirada fue acordada el 25 de octubre. A la una de la tarde, el rebato de campanas alteró a la población. En una actitud desesperada, Montero va a la Plaza de Armas y en Cabildo Abierto, le pide a la multitud allí reunida, en actitud muy democrática pero nada conveniente a la situación que se vivía, su opinión. Buscaba refrendar la orden de retirada. Con ese propósito, Montero les dijo en plena Plaza de Armas, “que un ejército de 1,600 hombres los amenazaba” y les pregunto “si querían combatir”. Hay varias evidencias de que en la multitud presente, había más de los sectores pudientes que de los más pobres. De los sectores adinerados más que de los populares.
En ese desconcierto casi total, los de la Guardia Nacional de Arequipa recibieron la información de que tropas del Batallón “2 de mayo” (ex Legión Peruana), estaban embarcándose en el ferrocarril que los llevaría a Puno, y eso, produjo la revuelta, la que, a pesar de que Montero visitara cuarteles, y los conminara a observa la calma, se enerva, y terminarían por atentar contra su vida obligándolo a huir.
El 25 de octubre Arequipa era tierra de nadie, desorden y caos por doquier. Al día siguiente, Montero huye a Puno. La ciudad que con Montero fue la capital peruana, quedo desguarnecida.
El 28 de octubre, dos emisarios de la Municipalidad de Arequipa fueron con banderas blancas ante las autoridades militares chilenas para firmar el Acta de la Paz. La capitulación fue en Paucarpata, donde en 1837, el Ejercito Confederado (peruanos y bolivianos) al mando de Santa Cruz habrían hecho pisar el polvo de la derrota y conseguir la capitulación al Ejército de Chile. Mediante dicha Acta, la ciudad fue entregada al coronel Velásquez por el Cuerpo Consular de la ciudad encabezado por Enrique Gibson. Mediante ésta, se comprometían los chilenos a llevar a cabo la ocupación bajo el respeto a los principios del Derecho de Gentes y a la Municipalidad a garantizar el desarme de los ciudadanos y la omisión de actos hostiles.
Hubo casos aislados, en los que la población tuvo que responder a los agravios. Esto sucedió en Quequeña, cuando militares intentaron abusar de una pobladora, y fueron muertos 2, terminado fusilados varios de sus pobladores. También en Higuera de Cayma, cuando un campesino fue fusilado por no permitir el robo de su ganado. La población vivió en esos meses, en permanente preocupación y resistencia pacífica.
Sobre el comportamiento pasivo de la población, hay evidencias, que el comercio en manos de europeos desde 1820, podría haber declinado la intervención de la masa laboral en la resistencia. Esto, se evidencia, en la opinión de Gibbs, Enviado Plenipotenciario de los EEUU en La Paz, quien estuvo presente en Arequipa en la primera semana de octubre, cuando dice que: “las masas en Arequipa estaban cansadas de la guerra y quieren la paz”. Al parecer, no habla de la masa de campesinos u obreros sino de la clase dominante, es decir, de los comerciantes cuyos beneficios habían entrado en crisis a raíz del conflicto. También, la firma del Tratado de Paz de Montan. En medio de la desgracia, Iglesias, “agente chileno” según Cáceres, luego de firmar el tratado de paz el 20 de octubre, días antes, había enviado con fecha 23, una proclama al pueblo arequipeño en las que les decía: “No quiere el Perú, ya no quiere que se derrame una gota más de sangre en aras de una defensa imposible”.
Sobre este suceso, sigue existiendo dicotomía. Hay dos versiones al respecto. Una radical, de parte de Cesar Vásquez Bazán, quien llama a este episodio como “Traición de Arequipa” y, culpa al Alcalde Armado de La Fuente, como el autor del Acta de Rendición, y otra más armoniosa, enarbolada por el Contralmirante Melitón Carbajal, quien dice que, ni el Contralmirante Montero fue un hombre nefasto que buscaba un pretexto para darse a la fuga, ni el pueblo de Arequipa se acobardo ante la proximidad del enemigo. Hay, una tercera posición en la que concuerdan Parodi y Abanto. Este último autor, nos dice que: “Los errores, críticas y comportamiento del gobierno de Montero no pueden ser extrapolados a las población de Arequipa, que demostró valentía y se preparó para dar batalla a las tropas chilenas luego del revés cacerista en Huamachuco, en julio de 1883. Lamentablemente no tuvo una adecuada dirección estratégica, militar, política y diplomática una vez llegada la hora decisiva”. Ni Montero ni el coronel Llosa, eran Cáceres ni Leoncio Prado.
Al cumplirse 140 años, de este triste episodio histórico, rindamos homenaje a los protagonistas de las acciones de resistencia patriótica, tanto en Huasaquiche, y Jamata, en octubre, y como en Yanabamba y Quequeña, en noviembre de 1883. Honor, Gloria y como Lección por Aprender: Si somos internamente unidos podemos afrontar amenazas externas con éxito.
Víctor Velásquez Pérez Salmon. Coronel del Ejército del Perú en Situación de Retiro. Se ha desempeñado como Catedrático de Historia Militar en la Escuela Superior de Guerra, Director de la Comisión Permanente de Historia, y miembro del Proyecto Ejercito 2001. Es autor de varias publicaciones de historia, ensayos, poesía y cuento.


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