Es difícil salir a pasear a la calle en estos tiempos, caminar con la libertad de antaño, esa libertad que acogía la calma de los parques, los malecones llenos de vida y las parejas cuando disfrutaban de su amor en las bancas. Tan difícil es pasear por las calles hoy en día que cada vez hay más gente pensando en mudarse a otras ciudades en busca de seguridad. Y es que hoy en día Lima está invadida de robos, asaltos y asesinatos gratuitos. A esto hay que sumarle la presencia de matones y sicarios, que junto a la impunidad que impera, ha sumido a diversos distritos en un caos de violencia incontrolable.
Y no sólo hay una notoria impunidad. También hay , por parte de la delincuencia, una actitud desafiante que enfrenta con burla y hasta desdén al orden, y sin temor a las consecuencias. Las bandas criminales, en la práctica, se ríen de las autoridades. Han tomado por asalto la cotidianidad ciudadana. Y, por momentos, pareciera que el Perú está atrapado en un sistema donde la propia legislación es un laberinto de limitantes para acciones más efectivas por parte de la Policía.
No hace mucho, conducía por una calle que desemboca en la avenida Larco. Era de noche, mi automóvil era el tercero, y estaba justo detrás de una camioneta llena de turistas. Los minutos de espera para entrar a Larco se hicieron interminables y superaron los 15 minutos. Decidí bajar a ver qué pasaba. Y para mi sorpresa, me encontré con dos venezolanos que charlaban alegremente en medio de la pista, sin importarles el malestar que generaban. Nadie, absolutamente nadie, se atrevía a enfrentarlos y a pedirles que se retiraran o a sacarlos de ahí. A eso estamos llegando, al desafío constante a la autoridad y a los ciudadanos de buen vivir, y esto para mucha gente resulta una experiencia intimidante y hasta aterradora.
Esta violencia ciudadana comenzó a generarse masivamente hace aproximadamente 25 años, cuando Caracas pasó a ser la ciudad más peligrosa de América. Lo que ocurría ahí, en materia delictiva, se replicaba en México unos dos años después. De México, la moda delincuencial pasaba, aunque en menor grado, a América Latina. Pero, con el paso de los años ya no fue necesario que la moda delictiva llegara al Perú. Ahora el Tren de Aragua se ha instalado aquí y ha anclado su bandera al norte de Lima. Los cárteles, además, se han instalado en diversos países de la región, y con ello, el narcotráfico ha entrado de a pocos a la política electoral. Hasta amenazan y asesinan candidatos en otros países y eso pronto ocurrirá en el Perú. Además, hay una ola de extorsiones a las que cada día más gente se somete para salvaguardar la vida. De esa forma, ha aparecido un nuevo impuesto, el impuesto a la sobrevivencia, producto de las extorsiones, que se paga a la delincuencia. Todo esto parece ficción; pero no es ficción, es real.
Ante esta realidad, la actual política nacional resulta a todas luces insuficiente. Afrontamos un desborde delincuencial, el empoderamiento de una cultura de la irreverencia ante la autoridad, un crimen organizado, una toma delictiva de la ciudad, una actitud provocadora por parte de los delincuentes y las bandas criminales. Lo hemos visto en esa pintoresca escena del hincha aquel que se subió a la moto de un policía y simplemente arrancó por la vía expresa. Para esta persona ni siquiera fue un hurto, fue simplemente una acción irreverente. Simplemente lo hizo para vivir la experiencia, para respirar delincuencia, sin importarle las consecuencias. Si ese muchacho es capaz de hacer eso con la moto de un policía, ¿qué será capaz de hacer suelto en plaza?
Las cárceles, ante esta desbordante realidad, resultan notoriamente insuficientes. No son además centros de readaptación ciudadana; son antros de formación para delinquir. Hay cárceles en la que los presos han comprado las viviendas adyacentes, y desde ahí su propia gente opera de acuerdo a sus instrucciones.
Frenar todo esto resulta imprescindible, no sólo para contener el presente sino también enfrentar lo que se viene, pues todo indica que a futuro será peor.
Hablar de inseguridad ciudadana es hablar, ante todo, de convicción política para enfrentarla. Si no la hay, nada se va a resolver. Se necesita decisión. Pero también implica articular esfuerzos con los municipios y la ciudadanía para combatir la delincuencia de una manera organizada. Se deben reforzar los servicios de inteligencia, pues sin ellos, muy poco se podrá hacer. Será necesario también identificar la propia corrupción existente en el cuerpo policial, y, a su vez, dotar a esa institución con los recursos necesarios para el cumplimiento de su trabajo. Se hace necesario construir nuevas cárceles y reformar el INPE. Y si esta institución no logra reformar las cárceles, habrá que considerar privatizar la gestión carcelaria de una manera gradual.
El actual gobierno no puede con la asonada de violencia. Se decretó que se prohibiera la presencia de los limpia lunas y ambulantes en los semáforos. Nada ha cambiado. Se promulgó una ley que establecía hasta 30 años de prisión a los que asaltaran en moto. Todo sigue igual. El gobierno puso una fecha para que los extranjeros regularizaran su documentación en el país. La fecha ya se cumplió y no ha pasado nada.
Estamos asistiendo a un golpe de Estado delincuencial, y el gobierno se muestra incapaz de enfrentarlo.
Todo esto tiene un impacto profundo en la psicología ciudadana. Desarrolla temor, sentimientos de vulnerabilidad, preocupaciones y estrés. Limita la libertad de la gente, la ilusión de los jóvenes, la calidad de vida de la gente. Incentiva la ludopatía porque muchos jóvenes prefieren no salir de sus casas y se quedan por ello prendidos a los videojuegos. Y la gente se quiere ir al extranjero.
Provoca además desconfianza, odios, xenofobia, tensiones sociales y polariza a la población desde su malestar y la búsqueda de soluciones. No bastará abordar esta problemática – todavía en ascenso- con acciones concretas. Será necesario desarrollar políticas integrales que hoy en día simplemente no existen, invertir en la educación, atender las necesidades de la población, devolverle la autoestima a una ciudadanía intimidada, y darle tranquilidad psicológica y hasta resiliente a nivel social. Y eso en el Perú de hoy, con la corriente del niño encima, una recesión económica activada, la falta de norte político, y sobre todo con la falta de decisión política del gobierno que tenemos, no será posible. Todo indica que a este paso la delincuencia seguirá aumentando.
Manuel Escorza Hoyle
Abogado y psicoterapeuta


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