A principios del pasado siglo XX la mayor parte del mundo estaba gobernado por emperadores y reyes con excepción del Hemisferio Occidental, salvo Canadá y los dominios británicos, monarquías nominales con rey o reina ausente. En el siglo XXI solo quedan unas cuantas que se resisten a morir e incluso algunas dan señales de vitalidad. ¿A qué se debe este inexorable cambio? Sin duda al avance de la democracia y de la libertad. Ello no obstante en los últimos 100 años muchas monarquías fueron reemplazadas por regímenes autoritarios definitivamente violatorios de los más elementales derechos humanos, como fue el caso de la Rusia Zarista sustituida por el comunismo soviético o del Imperio Alemán del Kaiser reemplazado década y media después por el régimen nazi. Y cuando no hubo dictaduras se generó una situación de guerra civil casi permanente, tal como ocurrió en China entre 1911 hasta 1949 con el triunfo del régimen comunista.
En estos momentos si vemos un mapa apreciamos que en Europa subsisten 8 monarquías, España, Gran Bretaña, Bélgica, Holanda Luxemburgo (las tres últimas conocidas como Benelux), Dinamarca, Noruega y Suecia. Ahora bien, estos países gozan de una democracia fuerte y saludable muchas veces garantizada con la persona del monarca. Podríamos clasificarla en 3 grupos España y Gran Bretaña, que responden a condiciones históricas muy particulares de ambos países, el Benelux también históricamente muy vinculado entre sí y las llamadas monarquías escandinavas, que comparten rasgos comunes de Estados de bienestar, regidos por sistemas democráticos y también con gran tradición que se remonta al medioevo. En todas estas monarquías europeas, el primer ministro sea cual fuere su título exacto, es el jefe de gobierno que a su vez depende de una mayoría parlamentaria en la cual predomina la cámara baja, emanada de elecciones periódicas en las que participan los partidos políticos. En síntesis, se trata de países del primer mundo, altamente desarrollados que buscan los consensos más que los enfrentamientos. En todos ellos la monarquía juega un papel moderador, que en algunos caos le da sabor y color al país en cuestión.
Luego debemos considerar las monarquías árabes islámicas, Marruecos en el extremo occidental del norte de África, Jordania, Arabia Saudita, Kuwait, Bahrein, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Omán, la gran mayoría vinculadas al petróleo y regidas por dinastías locales que afianzaron su poder en el curso del siglo XX, algunas luego del retiro del dominio británico. El caso de Marruecos es distinto ya que se trata de un estado que se remonta a la Edad Media y que desde el siglo XVII es regido por la dinastía Alawita, que reivindica descender del profeta Mahoma. En cuanto a las monarquías árabes del Medio Oriente, sin duda, la más importante territorial y económicamente es Arabia Saudita, que a través de su inmensa riqueza petrolera ejerce un indiscutible liderazgo sobre las demás, jugando un delicado equilibrio entre Estados Unidos, Rusia y China pero con mayor inclinación hacia occidente desde el punto vista económico y político. Estas monarquías tienen un carácter socialmente conservador de acuerdo a las enseñanzas del Islam en cuanto al carácter patriarcal de sus sociedades, si bien la situación de la mujer ha mejorado muchísimo por la inmensa riqueza existente en ellas. Resulta difícil que se presente un cambio radical debido al indiscutible predominio de las dinastías que las gobiernan cuyo poder se sostiene en su fidelidad al Corán.
En cuanto al resto del Asia de oeste a este tenemos un pequeño enclave en el Tibet llamado Bhutan, que sin duda se mantiene independiente bajo un régimen monárqico por su pequeño tamaño y aislamiento del resto del mundo. Más hacia el este tenemos al reino de Thailandia, antes llamado Siam, que es una monarquía con una dinastía milenaria, que profesa la religión budista y cuyo régimen político ha mantenido después de la Segunda Guerra Mundial un precario equilibrio entre las dictaduras militares y regímenes constitucionales, los cuales han respetado hasta ahora a la tradicional monarquía tailandesa. Más hacia el sur en el extremo meridional de la península que se desprende de Thailandia, tenemos a la Federación de Malasia, de religión islámica, que es una curiosa monarquía con rey por turno sucesivo formada por varios sultanatos y además con un territorio insular en la isla que antes era conocida como Borneo. Es una monarquía donde la función real es ejercido por períodos temporales por los diversos sultanes que integran la federación. Enclavado dentro del territorio insular de Malasia tenemos al sultanato de Brunei, también una monarquía petrolera de carácter islámico, cuyo sultán posiblemente sea una de las personas más ricas del mundo.
Y de esa relación, salvo alguna que otra isla del Pacífico, solo nos queda el Japón, cerca de tres veces milenaria monarquía de origen divino al descender sus emperadores, título como se les conoce en el mundo, de la diosa Amaterasu. Hasta el término de la Segunda Guerra Mundial en 1945 el emperador Hirohito era reverenciado por sus súbditos como un ser cuasi divino. Todo eso cambió con la vigente Constitución de 1947 auspiciada bajo la ocupación americana liderada por el general MacArthur, en la que el antiguo emperador conservó su título pero ya no como dios sino como símbolo de la unidad del Japón. Y así ha continuado ese extraordinario imperio bajo un régimen de democracia parlamentaria, con el predominio de la cámara baja, donde el jefe de gobierno conocido como Primer Ministro, dirige las riendas del Estado bajo una suerte de benevolente aprobación del cielo encarnado por el Emperador, o Tennoeka, como se le conoce en el idioma japonés.
¿Qué podemos concluir de este apretado resumen? Que la monarquía como sistema es el resultado de una larga tradición histórica, donde la leyenda y la realidad de alguna manera se consolidan gracias al consenso de sus pueblos.
Martín Belaunde Moreyra. Bachiller en Derecho y Abogado por la PUCP y Magíster en Derecho Civil y Comercial por la USMP. Abogado en ejercicio especializado en Derecho Minero e Hidrocarburos. Autor del libro “Derecho Minero y Concesión”. Ha sido Vice Decano, y Decano del Colegio de Abogados de Lima, y Presidente de la Junta de Decanos de los Colegios de Abogados del Perú y en el ámbito público: Embajador del Perú en Argentina y Congresista de la República del Perú en el período 2011-2016.


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