Nunca he entendido qué les ve la gente a los relojes caros. Puedo comprender que les guste la ropa de marca, que compren ciertas prendas para ocasiones especiales, que sueñen con tener un carro que seduzca sus fantasías, pero relojes en sí, nunca lo he entendido. Se trata de un simple aparato, usualmente cubierto por la ropa, además no tan distinguible a simple vista.
El primer reloj que yo compré fue en Suiza. Lo compré para mi hermana. Era de un color rojo medio lila, con una correa de plástico del mismo tono, pero transparente. Y costó 13 dólares. Mi padre y yo habíamos ido a Ginebra en carro, y yo era un púber que sabía muy bien que en Suiza había chocolates y relojes. Y eso fue lo que precisamente hice, comprar chocolates y de paso, mirar relojes. A mí no me interesó comprar uno para mi uso personal.
Años después, no recuerdo cómo, tuve mi primer reloj, el primero de varios que tendría. Todos fueron sencillos. Siempre fueron redondos de fondo plano, a veces con fondo blanco, a veces medio gris y alguna vez de tono azulado.
Todos los relojes que tuve cumplieron su cometido: dar la hora. Y todos la dieron por igual, con agujas marcando las horas, los minutos y los segundos. Lo que tenga el reloj adentro, más allá de la hora, poco me ha importado.
El último reloj que compré fue en la estación de metro Chilpancingo, en México, hace ya bastantes años. Tenía un fondo ligeramente nacarado y lo usé por varios años.
Una noche, de paso por Lima, fui a un bar con una amiga. Yo no vivía en el Perú y no conocía muchos lugares sociales. Ella me llevó ahí. Era un bar donde se podía bailar, pero había poca gente, probablemente porque era jueves.
Salía entonces con esa chica, ella había ido a visitarme, y yo había venido a Lima para verla. Y recuerdo que esa noche, tomando unos tragos, de pronto, casi de la nada, me dijo:
– Quiero que cambies tu reloj.
No me imagino yendo contigo a una reunión con mis amigas usando tú ese reloj. Me estoy fijando cada día más en ti y no me gusta tu reloj.
Mi reloj me había costado unos 25 dólares, y a mí me parecía bonito. No hacía más que dar la hora con sigilosa precisión.
Algo le debo haber dicho en ese momento, aunque no le di mayor importancia al asunto. Sin embargo, la escena se me quedó grabada varios días, hasta que una tarde, todavía en Lima, mientras manejaba, recordando ese momento, me dije a mí mismo y obviamente en silencio: “qué chucha… a mí me gusta mi reloj. No lo voy a cambiar”.
Seguí usando el mismo reloj un par de años más, hasta que un día, no sé cómo, se extravió. Tal vez el reloj aprovechó que estaba en la arena para desaparecer avergonzado por ser muy barato, tal vez se escondió en la orilla del mar y no quiso volver, o se fue con la luna, no lo sé, pero el hecho es que lo perdí en un campamento en Zihuatanejo, una playa del océano pacífico.
Nunca volví a usar relojes de pulsera porque los celulares mostraban la hora. Además, tienen alarma e incluso pueden dar la hora de otros países.
Y si hablo de relojes es por el escándalo de los Rolex de Dina Boluarte, escándalo que está causando extrañeza, burla y hasta curiosidad. Al comienzo, pensé que se trataba de una exageración, pero luego se supo que eran 15 relojes de la presidente.
La pregunta a hacernos es: ¿qué hace una presidente gobernando con quince relojes diferentes?, ¿Qué puede pasar por su cabeza para usar tantos relojes? Quince relojes hasta que fue descubierta, porque de no haberse producido el ampay tal vez ya estaría en diez y ocho o quien sabe en veintiuno.
Tal vez los use por cábala, tal vez sean sus fetiches, tal vez sienta que los relojes le dan poder, de repente la presidente es supersticiosa y algún brujo se lo ha recomendado, tal vez use uno por región, o tal vez sea simple huachafería, una huachafería que ante la opinión pública muestra una gran desconexión con la ciudadanía, al punto que en Ayacucho se puso a lanzar caramelos como quien tira Nicovita en una granja, y con un Rolex como pulsera.
Es probable que por las mañanas se mire al espejo y elija qué reloj usar. Tal vez le dice al espejo: espejito, espejito, ¿con qué reloj hoy al país le irá más bonito? Y el espejo no se rompe, pero se mueve porque quiere irse.
No debería sorprendernos si se ha mandado a hacer una caja de madera en la que pone y guarda sus relojes por separado. O que por las noches coloque esa caja sobre su cama y se pase un buen rato mirando sus relojes.
Tal vez, los relojes sean falsos y ahí se acabaría el problema. Pero eso no es así. Eso empeoraría más las cosas. Revelaría un apego a lo falso por parte de la presidente, una imagen ridículamente vacía, una persona insegura y frívola, pero provista de una frivolidad bamba, arribista y con una falsa autenticidad. Eso, además, mostraría que sus sentimientos son de ilegitimidad ante la población, y delataría, desde la metáfora, su necesidad de darle tiempo al tiempo para llegar al 2026.
Sea lo que sea, lo cierto es que hay gente que es así. Necesita aparentar y tal vez la presidente sea una de ellas. Esa posibilidad me hace recordar una escena de hace muchos años que me dejó muy sorprendido. Estaba en una cafetería llamada “Los capuchinos”, en la avenida Mazarik, en la colonia Polanco, cuando, de pronto, vi a una muchacha hablar unos 5 minutos desde su teléfono celular en la mesa de al lado. Pero no había marcado ningún número y su teléfono no había sonado. Hablaba y hablaba mientras esperaba su pedido. Se notaba que era una conversación inventada. Fue así cómo comprendí que había personas que llevaban consigo celulares de mentira y fingían usarlos. En esa época un celular era un lujo. Si fuera algo parecido el caso de los relojes de Dina y resultan ser falsos, ¿a qué tipo de comportamiento estaríamos asistiendo?
La presidente ha dicho que esos relojes han sido comprados con sus ahorros de toda la vida pues ella trabaja desde los 18 años. Tremendo error. No sólo porque nadie le cree, sino porque ella como funcionaria recibía un sueldo con el que difícilmente podría comprar un reloj que incluso puede llegar a costar más que un carro.
Ha dicho, además, cuando se pensaba que el tema involucraba un único reloj, que se trata de una pieza de antaño. Pero hay especialistas que afirman que sería de la colección 2023.
Está enviando a varios de sus ministros a los medios de comunicación para que hagan de escuderos, sin que ellos mismos tengan idea alguna del origen de los relojes.
Su primer ministro acaba de dar un mensaje a la nación en el que habla como si fuera su abogado o representante personal, pero, curiosamente, no ha dicho nada sobre los relojes.
Por lo mismo, la Fiscalía ha abierto una investigación preliminar a la presidenta. Tiene fotos de ella con cada uno de esos relojes. Hay, además, fotos de la época de la campaña electoral en las que aparece usando un reloj sencillo. Y ha solicitado fotos y vídeos de cada reloj, fechas de uso, la directiva sobre obsequios y regalos para quien ejerza la presidencia, y el protocolo e informe de compras del Despacho Presidencial. Además será interrogada.
Varios de sus más cercanos colaboradores de cuando fue candidata están informando a la prensa, con anécdotas incluidas, que no utilizaba relojes u otros implementos de alta gama.
Ellos indican que Dina Boluarte está experimentando toda una transformación. Si antes caminaba como un Casio, ahora, al parecer, lo hace como una Rolex.
Si todos los relojes que ha utilizado como mandataria fueran Rolex o de marcas similares, estamos hablando de una cifra que es mucho más que el total de sus sueldos acumulados como presidente. ¿De dónde salió esa plata? Que se sepa, ella no tiene negocios propios.
En los dos casos (originales o falsos), la situación es tan sorprendente que en el Congreso sus adversarios ya están juntando firmas para solicitar su vacancia. Ella misma se la ha buscado, nadie la obligó a cambiar de relojes en sus apariciones públicas.
La presidente se ha hecho con esto un auto jaque. Lástima, porque si algo necesita el país es estabilidad.
No creo que sea vacada por ahora, pero esta situación la acerca a un harakiri. Tendrá que ir ahora a la Fiscalía a contar lo que ella ha llamado “la verdad”, y protagonizar, así, una penosa secuencia de crónicas periodísticas que seguirán paso a paso esta historia, la que, con un poco de sentido de común, hubiese podido evitarse.
Para terminar, quiero contar algo más sobre la amiga que me pidió que cambiara de reloj. Años después, nos encontramos en la caja de pago de un Wong. Yo ya vivía en el Perú. Nos saludamos con simpatía y una prudente ecuanimidad, aunque me pareció que los dos estábamos recordando nuestros momentos más intensos. Estaba acompañada por un muchacho algo desgarbado, con pinta de mitad tablista, mitad artista o pintor, o algo así. Ella tenía un reloj de pulsera, pero de hombre. Yo no la conocí usando relojes de hombres. Lo cierto es que hay personas que se fijan mucho en los relojes, que desarrollan toda una afición en torno al tema, que son capaces de hacerse amigos de las personas porque usan relojes caros, que pueden dejar al saliente porque no usa un reloj de marca, que mueren por un reloj bamba chino, que se apropian del reloj de su pareja porque es vistoso, o que son capaces de auto propiciarse una vacancia presidencial con tal de usar un Rolex.
Manuel Escorza Hoyle
Abogado y psicoterapeuta


Fetiche comunista que empezó con el Che Guevara, que tenía una inmensa colección de Rolex, sustraídos a quienes arrancaba antes de fusilar en su revolución en Cuba. La sombra de Dina Boluarte talvez está revelando los muertos en su haber que le acusan, pero por supuesto detrás de esas rebeliones con incendios y asesinatos a policías esta Anibal Torres otro fetichista de la buena vida burguesa en San Isidro. El reloj marca la hora en el mundo anímico, hacia la izquierda o hacia la derecha como la rueda de la fortuna, empieza un inicio con el X ó 10, cero de la protección divina. En otras palabras es un fetiche con multivariables y que ha expuesto a su personalidad, de una forma tonta