Ella miró su closet, y le dijo… “ábrete Sésamo”. Y las puertas del closet se abrieron de par en par. Es un closet de melamina blanca con interiores modernos y elegantes. Sus estantes se abren con suavidad hidráulica. Ella entonces tiró de uno de los cajones. Y lo que apareció fue un conjunto de compartimientos cuadriculados, hechos también en melamina, que exhibían relojes en cada uno de esos espacios, uno junto a otro, todos claramente visibles, pero, a su vez, separados entre sí.
Contó las hileras y las multiplicó. “Cinco por cinco, veinticinco”. No se sabe bien por qué ella tiene esa costumbre, todas las mañanas los cuenta una y otra vez, al parecer le gusta hacer eso. Los relojes están clasificados en cinco hileras de a cinco. Una hilera completa es exclusiva para los que usa en eventos diplomáticos, otra sólo para actos oficiales, la tercera hilera es para los relojes que llevará en sus viajes al interior, la cuarta es su preferida y está destinada a los relojes de uso doméstico. Y la última hilera, no menos importante y también de cinco relojes, es bastante variopinta porque contiene relojes diversos, incluyendo uno de 52 soles que alguna vez adquirió. Este último tiene un fondo rojo agridulce, un rojo que por momentos se empaña y por momentos brilla. Algo así como un reloj camaleón, por decirlo de alguna manera.
La presidente volvió a contar sus relojes, los miró detenidamente y con satisfacción, finalmente escogió uno para ponérselo ese día. La noche anterior había trabajado hasta muy tarde. Su jornada había sido realmente agotadora. Esa madrugada soñó que caminaba por la Quinta Avenida con Ivana Trump, comprando perfumes como alguna vez lo hizo Raysa Gorbachov con Nancy Reagan.
Así está hoy en día nuestra presidente, embobada con sus joyas, las mismas que, según afirma, ha obtenido en calidad de “préstamo” ya que ella no acepta regalos.
Ya era como las ocho de la mañana, la presidente estaba algo apurada, miró su closet y dijo “ciérrate Sésamo”. El closet se cerró y la mandataria partió a trabajar.
Su vida ha cambiado desde que fue investida como presidenta. Nunca lo habría imaginado. Ni siquiera su lectora de cartas, esa que de cuando en cuando asiste a Palacio, lo vio venir. Pero ahora es la presidente de la república. Llegó al cargo de manera legítima, y más allá de las críticas, ha logrado alejar del gobierno a las huestes de Castillo.
El problema es que ha pactado con el Congreso un acuerdo de mutuo sostenimiento. Digo sostenimiento para no decir mutua complicidad. En su afán de auto sostenerse, ambas instituciones, la presidencial y la parlamentaria, han acordado un auto blindaje. Ahora el Congreso, uno de los peores congresos que hemos tenido, le permite todo. Y ella, agradecida, hasta les aumenta el presupuesto días antes de la solicitud de la confianza del primer ministro. ¿Si eso no es una pasada de mano pública, entonces qué es? El objetivo para ambas instituciones no es el Perú sino llegar al 2026. Hay intereses, sueldos y otros acuerdos bajo la mesa.
Por lo mismo, Dina ahora trabaja con roche. Está imbuida en un tremendo escándalo a partir de diversas denuncias periodísticas por los relojes de alta gama que utiliza y cuya compra no puede justificar. En respuesta, ella ha acusado a la prensa de sexista y discriminatoria por ocuparse del tema. Incluso, ha dicho en un mensaje a la nación que los utilizaba para representar mejor al Perú, es decir que lo hace por profundo sentido patriótico, para dejar bien parados a los peruanos, para que la pobreza sea representada con dignidad, para que los peruanos de segunda y tercera categoría sean ahora, ante los ojos del mundo, peruanos tipo Rolex.
Ha mentido reiteradamente. Mintió cuando dijo que la Fiscalía allanó su casa sin esperar que transcurra el tiempo suficiente para que se abra la puerta. Hoy se sabe que en su casa estaban esperando a un abogado para abrirla. Dijo que iría a la Fiscalía y faltó a la primera citación aduciendo reuniones en las que no participó. Mintió cuando dijo que se trataba de un reloj que había comprado antaño con sus ahorros porque ella ha trabajado desde los 18 años.
Además, ha utilizado a algunos de sus ministros para que salgan a blindarla con argumentos absolutamente ridículos e inconsistentes, lo cual daña la credibilidad democrática. Dio un mensaje con todo su gabinete en señal de apoyo y al día siguiente sacó a cinco de esos ministros que dieron la cara por ella. ¿Para qué los puso si los iba a sacar? Presenció el cambio de guardia de Palacio al lado de los altos mandos de las FF. AA en respuesta a las críticas que recibía, oficiales a los que hizo asistir a Palacio sólo para la foto.
Ahora dice que los relojes que usaba eran prestados. Según su abogado, son de un fan enamorado. Para colmo, el representante del gobernador de Ayacucho (el supuesto fan enamorado) ha cambiado de versión de un día a otro y ha señalado que el ex presidente Humala “también usaba relojes” y a él nadie le dijo nada. ¿Esa es la forma de medir si alguna acción es correcta? Todo esto rebasa cualquier límite permisible en una democracia moderna. Pero aquí no pasa nada.
El Perú hoy en día vive una gran mentira pública. El Congreso cubre a la presidente a sabiendas de que está mintiéndole al país, los ministros aparecen en la foto apoyando a la presidente blindando una mentira, el PCM la ha defendido al punto que dio un mensaje al país como si fuera su abogado personal. Toda la gobernabilidad se ha puesto a disposición de una mentira pública.
La negación política de la realidad no sólo marca una disociación con la ciudadanía, es también una forma de desprecio por la gente, una muestra de impunidad, de falta de respeto, asistimos a un pacto público contra la realidad, al empoderamiento de la mentira, del cinismo, de la burla.
Todo lo que surja a partir de un acuerdo para sostenerse sobre una mentira, estará viciado. Y las consecuencias aparecerán después. La política de la mentira reina hoy en día en el país y parece esconder acuerdos e intereses convivenciales. Que no sorprenda que cuando termine este gobierno y se abra la puerta de esa cueva en la que se guarda toda esta mentira, algunos personajes encuentren la cárcel como única verdad.
Manuel Escorza Hoyle
Abogado y psicoterapeuta


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