Columnas Manuel Escorza

Pinocha, sus doce carros y el autoritarismo de la mentira

Una tía muy querida se ha pasado muchas horas en Amazon.com haciendo búsquedas para sorpresa de todos. Ha estado en eso más de dos semanas, buscando y buscando algo que ha sido todo un enigma. Nadie entendía qué pasaba. Incluso se le ha escuchado haciendo algunas consultas por teléfono con personas que nadie conoce. No se sabe de dónde sacó esos contactos. Y cosa rara, ha ido al banco y ha sacado una tarjeta de débito cuando todos sabemos que nunca usa una.

El hecho concreto es que hace unos días llegó a su casa un paquete del extranjero que estaba esperando. Ella misma atendió al mensajero y salió con su DNI en la mano, aunque no se pidieron. Alguien le debe haber dicho que existe Amazon.com y que se puede mandar a traer lo que uno compra ahí, y eso es lo que ha hecho.

Luego de eso, se ha encerrado varios días en un escritorio al que nunca suele entrar e incluso ha recibido la visita de una persona que al parecer es un experto en asuntos técnicos, y ella le ha hecho unas consultas. Tengo la impresión de que esa persona le ha enseñado a usar lo que ha comprado.

Finalmente, el sábado por la tarde nuestra tía ahora “informatizada” ha revelado su secreto. Resulta que se ha conseguido una especie de lupa con memoria, un dispositivo que además captura imágenes para luego poder compararlas entre sí, al parecer con una precisión sorprendente. No es un scanner, es una lupa.

Nadie sabe cómo dio con ese aparato ni cómo así se le ocurrió buscarlo y traerlo. Yo no tenía ni idea que algo así existía.  Tal vez supo de su existencia en alguno de sus habituales lonches, o escuchó hablar de él en una de sus salidas al parque.

Y con esa lupa, que, según ella es de última generación, ha logrado, comparar unas fotos de Dina Boluarte que tampoco se sabe bien cómo ha conseguido, y ha llegado a una conclusión para ella irrefutable y científicamente comprobada: la nariz de la presidente está creciendo y de una manera inconmensurable. Ahora le dice Pinocha (la mentirosa). Y ella está convencida de que tiene las pruebas.

Mi tía nunca se ha expresado así de nadie, pero al parecer las historias que protagoniza la presidente la tiene entre sorprendida y absorta.

Está enganchada a los noticieros siguiendo sus declaraciones, mirando cómo se viste, y se muestra tan impresionada con el cambio de la presidente, que  eso le ha dado vida, y ahora felizmente dice que no se irá de este mundo sin ver cómo termina el juicio a Dina.

Esa es la forma en que mi querida tía expresa su indignación por lo que hoy ocurre en el país. Siempre en su estilo y a su manera.

Mucha gente, desde el más alto político en ejercicio del poder hasta el más humilde ciudadano, está indignada por las sucesivas mentiras de la actual mandataria respecto al  uso de “sus joyas prestadas”. Un razonamiento de ese tipo es considerado como una afrenta a la inteligencia de los peruanos y una forma de subestimar a la población para la cual ella gobierna. No hay vergüenza de su parte en lo que dice. No se trata de un asunto de joyas que exceden su capacidad adquisitiva solamente, sino también de la indignación por lo que a todas luces constituye una mentira pública, mentira en la que además se muestra desafiante. Nunca se había visto en el Perú que una clase gobernante se ponga concertadamente a ese servicio, y para colmo, con algunos ministros de escuderos.

Ella, mi tía, se hace válidamente diversas preguntas. ¿Cómo puede haber llamado al comando conjunto – comenta en la sala de la televisión – para hacerlo posar junto a ella, retando así a toda la gente con sus mentiras y desde la puerta de Palacio? Pobres chicos, dice, tan bien que les queda el uniforme, preparados para defendernos, y ahora teniendo que avalar sus mentiras.

Yo creo que mi tía, al expresarlo así, está hablando a nombre de mucha gente que ve con disgusto cómo algunos funcionarios de gobierno defienden lo que en otro país sería indefendible. ¿Cómo pueden darle cuerda a una mentira tan descarada?, se pregunta.

Y el asunto va de mal en peor. El Ejecutivo está empezando a señalar con el dedo a todo funcionario que no se alinee con la narrativa gubernamental de los Rolex y las joyas, cuando todos, desde el más elemental sentido común, sabemos que no fueron prestados, y muestra de ello es que el gobernador de Ayacucho ha entregado relojes a otros funcionarios y no se los ha dado en préstamo.

La presidente ha llegado al límite de negarse a autorizar la apertura de sus cuentas bancarias cuando se ha establecido un claro y notorio desbalance patrimonial.  Sólo falta que nos diga que solicitarle eso es una violación a su intimidad o un atentado de género.

Además, ha solicitado la nulidad del allanamiento a su casa. ¿Qué no era que respondería con la verdad? Primero se hizo la víctima respecto a ese allanamiento y ahora pretende dejarlo sin efecto.

Su encubrimiento está jugando en pared con un congreso que la blinda para protegerse a sí mismo. Y ese pacto es macabro porque se empieza a consolidar algo así como una dictadura de la mentira.

Una democracia que sostiene una mentira pública no es democracia. En una democracia, el control de la veracidad y la legitimidad institucional son fundamentales. Y aquí eso no está pasando eso.

Son varios los ministros que están saliendo a defender lo que en otra sociedad sería insostenible. En una democracia más evolucionada se renuncia ante cualquier indebido de gobierno. Aquí pasa lo contrario, el gobierno se reafirma todavía más.

Desde que la presidente protagonizó los escándalos en los que ha estado imbuida no está saliendo en público. Lo último que hizo en público fue hablar de su wayqui y lo hizo a nivel nacional. Ahora no da la cara a la prensa y se traslada por Lima con doce carros de escolta, cosa que no hizo ni Montesinos cuando estaba en el poder. Doce carros de seguridad para asistir a un evento a puerta cerrada en el Pentagonito. Así fue a recibir una condecoración personal a una reunión en la que iba a estar rodeada de militares.

Todo eso no hace más que expresar un autoritarismo que empieza a aparecer en defensa de sus propias mentiras. Ya no se acuerda de cuando se tuvo que esconder dos horas el día que Castillo dio el golpe, precisamente para proteger su vida de lo que fue una iniciativa cínica, prepotente, autoritaria y manipuladora.  

Faltan veintisiete meses para que acabe el actual gobierno en el mejor de los escenarios. Esto quiere decir que en aproximadamente veintinueve meses la presidenta podría ser detenida por un conjunto de cargos lamentables. Ella se lo está buscando a pulso.

Y lo mejor que podría hacer es entender que debería cooperar con la Fiscalía pues de lo contrario terminará como aquellos gobernantes o mandatarios que, como bien dice mi muy querida y respetada tía, retaron a la impunidad cegados por el poder, y acabaron en una cárcel.

Manuel Escorza Hoyle
Abogado y psicoterapeuta

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