Columnas José Valdizán

Reloj, no marques las horas porque mi vida se apaga

Desde la antigüedad, los relojes han marcado el paso inexorable del tiempo con una elegancia implacable. Sus formas han evolucionado: de los rudimentarios dispositivos de agua y arena a las sofisticadas máquinas de cuerda, y finalmente a los pulcros modelos digitales del siglo XXI. En un mundo saturado por los omnipresentes teléfonos móviles, uno podría pensar que los relojes son reliquias de un pasado distante. Sin embargo, en las altas esferas del sector financiero y empresarial, un reloj sigue siendo mucho más que un marcador de tiempo: es un símbolo de poder y estatus, particularmente entre los hombres.

Los relojes de lujo no son simples objetos; son declaraciones de estilo de vida. Equipados con funciones como el GMT y el World Timer, informan las horas mundiales y anuncian el inicio y el cierre de mercados globales, tejiendo así una red de tiempo que abraza el mundo. Estos artefactos no solo cuentan el tiempo; lo conquistan.

La diferencia de género en el uso y percepción de los relojes es notoria, aunque con el tiempo ha ido cambiando. Mientras que ellas pueden mostrar su estatus a través de vestimenta y accesorios menos ostentosos, ellos optan por la magnificencia de un Rolex, un objeto que grita lujo y poder con cada tic-tac o fulgor de sus manecillas o números. Para un hombre, el tamaño del reloj es un indicativo directo de su poderío; cuanto más grande, mejor. La exclusividad y la baja producción de ciertos modelos elevan su valor, convirtiéndolos, además de un accesorio, en una inversión que puede oscilar entre los 30,000 y 150,000 dólares, aumentando si están adornados con diamantes: son auténticas joyas y trofeos de la ostentación.

Incluso las celebridades femeninas no son inmunes a este fenómeno. La presencia de un Rolex en la muñeca de Shakira durante su actuación en The Tonight Show Starring Jimmy Fallon no fue solo un detalle; fue una declaración audaz de independencia, un juego de poder simbólico que resonó a través de las redes sociales. Del mismo modo, una mandataria que elige usar, aunque sea en condición de préstamo, un Rolex Datejust incrustado de diamantes, en reuniones públicas no solo está marcando la hora; está marcando en su entorno su poder político.

El poseer un Rolex y el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa, es uno de los costos de poseer objetos de alto valor. Aún más, su poseedor o propietario pone de relieve la obsesión social por el estatus y la jerarquía que estos objetos de marca pueden conferirle. El préstamo o regalo de este tipo de relojes no proporciona felicidad en sí mismo, sino que es un medio a través del cual se establece y se compara el estatus social. Se convierte en un punto de comparación constante entre individuos, una forma de medir el valor personal y el éxito en comparación con los demás, y pueden fomentar la competencia y la envidia en lugar de la celebración y la satisfacción.

Cortázar en su poema Cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire[1]  con una reflexión irónica nos dice: «No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.» Este mensaje sugiere que el receptor del reloj se convierte en un objeto secundario al regalo mismo; es decir, la identidad del receptor queda subordinada al objeto de lujo. Esta inversión de papeles destaca la capacidad de los objetos materiales para dominar y definir las relaciones y los valores humanos. En el uso y consumo de estos lujos, a menudo, los objetos poseen más a las personas que al revés.

Se nos olvida que el reloj desde su aparición está presente en cada momento significativo de nuestras vidas. Marcan los instantes de alegría, los periodos de tristeza, los umbrales de logros notables, y los silencios de las pérdidas. En cada triunfo y tragedia, el reloj está allí, registrando el paso del tiempo, inmutable y preciso. Sin embargo, los relojes también es un recordatorio constante de nuestra mortalidad y nos advierte de que, al final, todos compartimos el mismo destino.

Como dice el bolero El reloj, del compositor y cantante mexicano Roberto Cantoral, el reloj no solo marca la hora; marca el ritmo de nuestra vida, recordándonos que cada segundo y cada minuto cuenta; y nos evoca que en ese camino incesante del tiempo nuestra vida se va apagando, aunque tengas en tu muñeca izquierda o derecha un lujoso Rolex o un modesto Casio.


[1] Julio Cortázar. Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj. En: Historias de cronopios y de famas (1962). 

José Valdizán Ayala.
Historiador, investigador y docente universitario. Autor de obras de su especialidad, en particular en historia económica republicana. Fue Subjefe del Archivo General de la Nación, director del Fondo Editorial, la Biblioteca Central y Estudios Generales de la Universidad de Lima. Se ha dedicado a la docencia, la investigación y la edición de publicaciones académicas de importantes universidades del país por más de cuatro décadas. Actualmente se desempeña como profesor principal de la Escuela Profesional de Historia de la UNMSM y director del Fondo Editorial de la Universidad San Ignacio de Loyola.

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