Cecilia Palacios Columnas

El fenómeno Fujimori

La partida sorpresiva de Alberto Fujimori marca el fin de tres décadas de fujimorización de la política peruana y es obligación de los ciudadanos darle a este fenómeno una lectura sin apasionamientos y con justicia para trascender a una etapa más madura de nuestra incipiente democracia. Pocos previeron que el ex presidente del Perú se iría con olor a multitud; miles personas de diversas regiones del país se hicieron presentes para despedirlo y agradecerle por haber vencido el terrorismo, estabilizar la economía, sellar las fronteras y acercar el desarrollo a los pueblos más recónditos de la patria.
Sería mezquino no reconocer que su gobierno fue un punto de quiebre en un momento que la patria estaba desolada, sin esperanza de cambio, huérfana de propuestas que la saquen del hoyo en que se encontraba; Sendero Luminoso avanzaba a paso firme “del campo a la ciudad”, éramos un paria internacional, la hiperinflación de más de 7 mil % nos devoraba, la burocracia era elefantiásica y el Estado enfrentaba periódicamente enfrentamientos armados con Ecuador. Sin embargo, al lado del reconocimiento de su legado y obra debe procesarse la historia completa sin fanatismos, Alberto Fujimori sí nos devolvió la esperanza, si hizo del Perú un país viable pero fue un autócrata, quebró el orden constitucional, le otorgó un poder de facto a su nefasto asesor Vladimiro Montesinos con lo cual inauguró una etapa oscura de persecución política a opositores, copó las instituciones, compró líneas editoriales, violó derechos humanos y fue corrupto. Al lado de la eficiencia tecnocrática, del acercamiento a las clases menos favorecidas, de las decisiones firmes, del cambio de estrategia en la lucha anti subversiva y del desarrollo subsistió también la fractura a la democracia, la arbitrariedad y su voluntad de perennizarse en el poder.
Han transcurrido 24 años desde que el ex gobernante fue vacado por renunciar desde el extranjero; pese a que, en adelante, hemos tenido nueve gobernantes no hemos sido capaces de generar nuevos y profundos cambios que corrijan u optimicen lo que “El Chino” dejó, seguimos detenidos en el tiempo, incapaces de procesar por qué un gobernante que dañó la democracia puede ser recordado por millones de ciudadanos como el mejor presidente del país; y, es que, si en 1990 estábamos poseídos por el coche bomba, la muerte, el hambre, el dolor y la desesperanza, hoy estamos huérfanos de propuestas que conecten con el pueblo y materialicen soluciones a sus verdaderas necesidades, caldo de cultivo para futuros outsiders que en nombre del “pueblo” repitan la historia que tanto nos ha dividido.
No habrá verdadero desarrollo sin promoción de cultura democrática en las nuevas generaciones, no habrá entendimiento de la historia si la historia es mal contada, no habrá reconciliación sin voluntad de los extremos; sólo así será posible una profilaxis nacional que nos libere de continuar estacionados políticamente entre amores y odios extremos que lo único que nos ha proveído en las últimas dos décadas son enfrentamientos estériles e inercia, cuyo único logro ha sido mantenernos en el siglo XX cuando ya transitamos el siglo XXI.

Cecilia Palacios C.
Cecilia Palacios es Bachiller en Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Lima, trabajó en prensa televisiva privada durante la época del terrorismo, posteriormente se dedicó a actividades privadas.

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