Cecilia Palacios Columnas

Lagarto en capilla

En la segunda fecha de audiencia judicial, Martín Vizcarra se convirtió en el tercer mandatario peruano en gritar “soy inocente” y, ante las contundentes pruebas que lo incriminan, probablemente se convertirá en el tercero en ser condenado por la justicia. Han transcurrido más de cinco años desde que Germán Juárez Atoche, fiscal acusador por los casos Lomas de Ilo y Hospital de Moquegua, aseguró que ambos casos estaban listos para llevarlo al banquillo; que pasó que no lo hizo es un misterio, queda la percepción ciudadana que el todopoderoso ex gobernante gozaba de protección de la Fiscalía de la Nación. Procuraduría General, de instituciones y ong’s que le hicieron posible ganar impunidad por unos años; hoy parece habérsele acabado la suerte, desde el 28 de octubre pasado se ha iniciado un nuevo capítulo en su historia pública, todo hace presumir que, al ser el único acusado, en un lapso corto será sentenciado y no es por falta de pruebas como asegura sino por abundancia de ellas; recordemos que su principal acusador, ex Ministro de Agricultura y ex amigo, José Manuel Hernández, ya ha sido condenado por este caso con un beneficio premiado por haberse acogido a la colaboración eficaz, sus dichos han sido comprobados por el Poder Judicial, no se trata sólo de su testimonio y los de otros cinco empresarios confirmando la entrega de sobornos por 2 millones 300 mil soles sino también de retiros bancarios, transferencias, correos electrónicos, geolocalizaciones y videos que confirman que siendo Gobernador Regional de Moquegua pidió las coimas a cambio de la ejecución de dichos proyectos, que recibió el dinero en su casa y hasta fue a recoger “el saldo” a locales de estas empresas entre 2014 y 2016 .

¿Cuál es el legado de este personaje sin escrúpulos que logró hábilmente encandilar a la población? ¿Cómo logró una alta aceptación sin que la prensa espulgue sus mentiras? La respuesta es muy simple, el popular “lagarto” conectó con la población enfrentando a los “cucos políticos”; emulando a Toledo, enarboló la bandera anti corrupción, propició la salida  de Pedro Chávarry y con una complaciente Zoraida Avalos en la Fiscalía de la Nación logró una alianza tácita con sectores vinculados a la llamada izquierda caviar, las consultorías prodigadas fueron enormes y si bien en su maleta política traía logros en mejoras educativas en Moquegua, es cuando se instala en el gobierno central donde demuestra su habilidad para confeccionar “alianzas estratégicas” que le concedan el oxígeno político que él nunca compró en pandemia. Ese es Vizcarra, un personaje que siempre caminó al filo de la cornisa, carente de principios, capaz de grandes traiciones, capaz de convertir su incapacidad y omisiones en una historia a su favor. Así, aliándose con Fuerza Popular y otros partidos traicionó a PPK para hacerse de la presidencia para luego cerrar el Congreso que lo apoyó y posteriormente lograr que el Tribunal Constitucional de entonces bendijera ese cierre inconstitucional, que le posibilitó gobernar a punta de decretos de urgencia sin tener que rendir cuentas a nadie. La llegada de la pandemia fue perfecta para consolidar un año más de impunidad, entre conferencias diarias de mediodía, Vizcarra nos regaló la versión peruana de “Alo Chávez”, peroratas  prolongadas cargadas de mentiras y sin oportunidad a repreguntas; los aplausos al “padre que todos quisieran tener” y la ausencia de cuestionamientos de la prensa en general no quisieron advertir la avalancha de decesos por Covid 19, la falta de oxígeno y de suministros en hospitales, tampoco se le cuestionó el uso de pruebas rápidas para detectar el virus contra todas las recomendaciones técnicas ni su resistencia a adquirir vacunas de calidad, tal vez, en espera de algún negocio con las vacunas chinas; todo le fue perdonado hasta que el país se enteró que, mientras los peruanos morían por falta de vacunas, él, su familia, sus ministros y amigos se habían vacunado. El nuevo Congreso que había elegido, lo vacó, lo inhabilitó y ahí comenzó su debacle.

Mientras fue presidente, Vizcarra no dejó obras, su “logro” más visible ha quedado registrado estadísticamente al ubicarnos a nivel mundial como el país con peor manejo de la pandemia, no construyó colegios ni hospitales,  “inauguró expedientes técnicos”; lo que sí ha dejado es una democracia debilitada, demolió a los partidos políticos, judicializó la política, alteró las reglas electorales; ese ha sido su legado: un país más polarizado, una política fraccionada, líderes políticos encausados por lavado de activos, funcionarios públicos y empresarios nacionales y extranjeros corruptos impunes y alta desconfianza en los tres poderes del estado, incluidos los órganos electorales. Aunque insista en mentir a sus incautos seguidores que será candidato presidencial 2026, el camino judicial del Lagarto recién empieza, será largo, no sólo enfrenta investigaciones por presunta corrupción en la compra de millones de pruebas rápidas en pandemia, también enfrenta un investigación preparatoria por la contratación irregular de Richard Swing y una investigación por haber recibido 3,6 millones de sobornos entre 2019 y 2021 mientras se desempeñaba como titular del MTC a cambio de licitaciones fraudulentas en Provías Descentralizado en el caso Los Intocables de la Corrupción. Esa es la hoja de ruta de los próximos años del “candidato” inhabilitado, responder a cargos judiciales por organización criminal, tráfico de influencias, cohecho y colusión. Que nos sirva de alerta ante nuevos discursos de moralistas advenedizos de la política que lo que buscan es impunidad mediante la manipulación, el engaño y las poses populistas.

Cecilia Palacios C.
Cecilia Palacios es Bachiller en Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Lima, trabajó en prensa televisiva privada durante la época del terrorismo, posteriormente se dedicó a actividades privadas.

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