Del término ética se desprende otro igual de importante: Deontología, es decir, la ética del deber o de los deberes. El término proviene de la lengua griega: Deon=deber y logos=tratado, “El tratado del deber”. Ello se diferencia de Aristóteles, quien planteó una ética de fines, del ser del hombre y de la felicidad, centrada principalmente en la virtud o frónesis. En otras palabras, alcanzar el justo medio entre los márgenes del exceso y el defecto.
Por el contrario, Kant propuso una ética del deber que surge de la conciencia moral del hombre. El imperativo kantiano lo exige: “obra de tal modo que la máxima de tu voluntad se pueda convertir en ley universal”. De esta forma, se descubren los deberes morales sin pensar en las inclinaciones personales.
La deontología será, entonces, una ética de los deberes que surgirá en el ámbito de las acciones y, por ampliación, profesionales. Se habla mucho de los códigos de deontología. Pero, ¿cómo nacen? Principalmente, del fin al que está orientada cierta actividad. Desde ese punto se establecerán los deberes de las personas involucradas, destinados a que la razón de ser de una tarea profesional se cumpla. Por ejemplo, en la ética médica, resultará esencial destacar la relación médico-paciente, no solo conducente a restablecer la salud, sino también al hecho de que el especialista sea veraz y honesto con quien se pone en sus manos. Esto incluye evitar una actitud paternalista, ser informativo y preciso -tanto con el sujeto como con la familia-, acerca del diagnóstico y pronóstico reales.
En cuanto a la educación, los fines que esta persigue se hallan en los aspectos formativos del estudiante, no solo en la pericia que debe alcanzar como profesional, experto o técnico, sino también en los valores que coadyuvan a sus acciones. Y así, sucesivamente, sería factible mencionar una vasta cantidad de profesiones, todas con sus contenidos y requerimientos. Los valores servirán de soporte al individuo en su preparación y ejercicio.
Cuando no se internalizan, primero en casa, la escuela y luego, en el centro de estudios superiores, entonces se traiciona el sentido profesional y estalla la corrupción: la traición a los valores y deberes preconcebidos con anterioridad a la praxis. Existe una serie de situaciones que motivan al acto corrupto: la carencia de valores en el hogar, la falta de asignaturas que guíen a los futuros profesionales hacia una práctica óptima y las tentaciones o distractores que surgen a cada momento en una sociedad como la actual: científica, tecnocrática e industrial. Se forma a la persona para ser un “buen psicólogo”, por ejemplo, pero no para ser un “psicólogo bueno”. Los códigos deontológicos o códigos de los deberes profesionales se elaboran, en principio, teniendo muy presente la finalidad genuina de la profesión o especialidad, y despejando los valores que propiciarán y darán sustento a un óptimo quehacer de aquella.
Ser un “buen psicólogo” implica contar con la pericia suficiente para el trabajo, añadido a la experiencia; pero ser un “psicólogo bueno” exige practicar los valores del ejercicio en el cumplimiento de sus fines. La bondad que se añade como adjetivo se relaciona con la constitución del carácter, que lo llevará a la praxis ética. Estos principios no dejan de lado aquellos considerados afines a la realización de la persona o el máximo ejercicio a fin de alcanzar el objetivo hasta donde la situación lo permita.
Los códigos deontológicos son obra de grupos de profesionales de excelencia técnica como moral. Ellos fijarán el marco de los deberes. Tan delicado asunto no deberá estar en manos de improvisados o inescrupulosos. Es vital una elección ad hoc de los expertos con amplia visión y experiencia en los campos formativo y práctico.
Urge permanecer alertas a la manera cómo se comportan las personas en sus respectivas profesiones. Esto nos ayudará a entender cómo el sujeto en cuestión fue moldeado axiológicamente. En todas las actividades humanas existen deberes que deben cumplirse para llegar a la excelencia técnica, siempre de la mano con el ideal de la “persona buena”. El adjetivo detrás del sustantivo enfatiza la excelencia personal y la fijación en la conciencia de valores que guíen y edifiquen una mejor humanidad.
Miryam Patricia Falla Guirao
Licenciada en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Doctora en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA). Exbecaria de Investigación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de la República Argentina en el área de Ética y Bioética. Docente Universitaria en pre y post-grado. Conferencista en universidades, colegios profesionales e instituciones jurídicas y de salud.


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