En el imaginario colectivo del pueblo uruguayo y de tantos ciudadanos del mundo que lo escucharon hablar, José Mujica no es solo un expresidente. Es un símbolo viviente de honestidad, austeridad, y de esa sabiduría simple que no se aprende en los libros, sino en la vida misma.
Nacido el 20 de mayo de 1935 en Montevideo, Mujica tuvo una juventud marcada por el compromiso con la justicia social. Como miembro del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, vivió años de clandestinidad, persecución y cárcel. Pasó más de una década preso durante la dictadura uruguaya, buena parte en condiciones infrahumanas. Aquella oscuridad no lo quebró; lo transformó. Y fue desde esa profundidad que forjó una filosofía política basada en el humanismo, el perdón, y la necesidad de vivir con lo justo.
Su ascenso a la presidencia en 2010 fue una paradoja que conmovió al mundo. un exguerrillero, que dormía en su chacra rodeado de perros y gallinas, se sentaba en el sillón presidencial sin renunciar a su identidad. Rechazó los lujos del poder. Donó la mayor parte de su sueldo. Usó un escarabajo celeste como auto oficial. Pero sobre todo, usó su voz para cuestionar los excesos del sistema, el consumismo, la injusticia global y la indiferencia ante el sufrimiento humano.
Su mandato estuvo lleno de decisiones progresistas. legalizó el matrimonio igualitario, el aborto y la marihuana, con una lógica más social que ideológica. Mujica entendía que gobernar no es imponer, sino escuchar, conectar y cuidar.
Más allá de la política, fue un referente moral. Cada vez que hablaba en foros internacionales, sus palabras traspasaban fronteras. Decía verdades simples que pocos se atreven a pronunciar. «Pobres no son los que tienen poco, sino los que necesitan infinitamente mucho», dijo en una de sus recordadas intervenciones en la ONU. Mujica no hablaba para convencer, hablaba desde la verdad que la vida le enseñó.
Hoy, cuando imaginamos a Mujica en el cielo,o ,donde habitan los grandes espíritus, no lo vemos rodeado de oro ni estatuas. Lo vemos con su termo bajo el brazo, compartiendo un mate con Artigas, con Galeano, con los humildes de la historia. Hablando del campo, de la vida, de los sueños que no mueren.
Porque si algo deja Pepe Mujica es una enseñanza eterna. la política puede ser humana, la vida puede ser sencilla, y el poder no tiene valor si no es para servir.
Frase final,y qué escuchen los políticos peruanos.
«El verdadero legado no se escribe en leyes ni en monumentos, sino en los corazones que aprendieron a creer en la bondad gracias a tu ejemplo, Pepe.»con gran aprecio y aprendizaje de usted señor presidente, Rafael Aita Campodonico.
Rafael Antonio Aita Campodónico.
Licenciado en Administración de Empresas, desarrollándose en el sector turismo y comercial. Dirigente deportivo y miembro activo en diferentes instituciones de fomento al deporte. Vicepresidente de la Cámara de Comercio de Lambayeque 1998-2000.Congresista de la República para el período 2001 – 2006 por el distrito electoral de Lambayeque


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