El problema del mal es uno de los debates que más ha originado genuina polémica en los círculos intelectuales. El mal se traduce como imperfección del bien en la naturaleza finita. Así, entendemos la enfermedad como un evento que revela alguna imperfección en el cuerpo. Incluso, el dolor es la voz de alarma que nos anuncia que algo que no está bien sucede en el organismo vivo. De esta manera, entendemos la experiencia dolorosa como algo bueno. El verdadero mal es el mal moral que surge como producto de la libertad de los seres dotados de inteligencia y voluntad, cuando elegimos opciones que nos dañan a nosotros mismos y a nuestros semejantes.
Pero, tiene el mal una realidad? Como imperfección del bien, el mal no tiene una realidad específica. La naturaleza humana dotada de libre albedrío se dirige inexorablemente hacia la muerte. La muerte es el fin y límite de la vida. No obstante, ¿la muerte es un mal? Desde el punto de vista de la metafísica y la antropología filosófica, la muerte es una realidad concomitante a la entidad finita de los seres vivos, y los eventos que conducen a ella se manifiestan como aspectos imperfectivos que nos llevan hacia el no ser. Así, por ejemplo, las neoplasias malignas se revelan como células imperfectas que al no seguir las leyes biológicas empiezan a reproducirse al punto de invadir el cuerpo y consumirlo hasta la muerte de todo el organismo. Las células malignas se presentan como células imperfectas que actúan de manera imperfecta.
El mal moral surge de la perversión de la voluntad que se traduce en la iniquidad. Pero el sujeto moral que actúa de manera mala, no lo hace por conseguir el mal por el mal mismo, sino en la creencia de que está haciendo un bien que se manifiesta como subjetivamente bueno, aunque él tenga conciencia de que frente a ojos ajenos se trata de una acción mala.
Cuando hablamos del Ángel Caído, y con esta figura nos referimos al Demonio, a aquel que se enfrentó a Dios y quiso ser como Él, vemos a una entidad dotada de libre albedrío que opta por la desobediencia como un bien para sí mismo y ulteriormente para la humanidad. Del mismo modo, aquéllos que siguen la senda del mal expresada a través de la defensa de sus propios intereses, actúan en nombre de un bien propio. De ahí, decimos que las personas son sádicas o masoquistas, precisamente porque ven en la contemplación del mal, un bien que se les presenta a ellas de manera equívocamente placentera.
Kant argumentaba que el ser humano no es por naturaleza malo, moralmente hablando, porque si así fuera no se le podría imputar nada. El hombre no es malo sino que se vuelve malo, de la misma manera que el Ángel Caído se volvió malo por perversión de su propia voluntad. Para la doctrina cristiana, el hombre hereda esta condición que es subsanada por el sacramento del bautismo. Y aún siendo un sujeto bautizado, la tendencia al mal (o bien puramente subjetivo) no desaparece, sino que está constantemente aguijoneándolo. En Kant, la naturaleza humana no puede conseguir la adhesión al bien mismo por sus propios medios, sino que precisa siempre de la gracia divina. La gracia divina suplirá, para Kant, la deficiencia del acto. En términos kantianos, la adhesión al bien o deber moral siempre es un acto imperfecto que se valida en la medida que el hombre ponga de su parte para consecución del acto bueno.
La muerte sería entonces un mal, puesto que surge de la desobediencia de Adán al plan divino, ya que el hombre fue creado para la eternidad. El sufrimiento, la enfermedad y la muerte son la consecuencia de esta desobediencia que ocurre por tentación del Ángel Caído. La superación de este castigo se da por la obediencia del Hijo hasta el calvario. Es en estas condiciones que el hombre consigue superar la muerte a través de la Resurrección de Cristo. Adán desobedece, mientras que Cristo obedece. Es por esta razón que decimos que Cristo murió por nuestros pecados. Cristo asume la naturaleza manchada por el pecado de la desobediencia y en medio de tribulaciones llega a la Cruz sin desobedecer al plan salvífico de Dios. Tanto el mal físico como el mal moral se entienden como producto de la naturaleza finita de la creación, o, en términos más laicos, como la condición de los seres provistos de finitud.
El problema del mal termina siendo el gran enigma para quien no se apoya en una doctrina teológica, pero aun así, hemos de convivir siempre con una dosis de misterio. Hoy, el mal moral se pinta en situaciones como la injusticia, la indiferencia, el velar por los propios intereses sin contemplar a los otros, y, todas aquellas situaciones donde vemos la ausencia del hombre en auxilio hacia sus semejantes.
El mal por el mal mismo no tiene realidad entitativa, sino que aparece disfrazado de bien para copar las voluntades y alejar al hombre de su verdadero camino y propósito
Miryam Patricia Falla Guirao
Licenciada en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Doctora en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA). Exbecaria de Investigación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de la República Argentina en el área de Ética y Bioética. Docente Universitaria en pre y post-grado. Conferencista en universidades, colegios profesionales e instituciones jurídicas y de salud.


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