Columnas Víctor Campos

El periodismo de Mario Vargas Llosa

Víctor Campos Urbano

El Negro Cucaracha fue uno de los capos indiscutibles de una de las cárceles de Lima durante muchos años; un moreno con el cuerpo hecho un crucigrama de cicatrices, alto, fornido y de edad indefinible a cuyo paso la gente de Gamarra se abre como un río incontenible. Es el punto de arranque que usó para pintar la intimidante presencia de su guardaespaldas y zambullirse en el indescifrable escenario de Gamarra y descubrir a sus personajes, sus historias de emprendimiento, la vida en el lugar, sus peripecias, sus preocupaciones y contrastes de ese “pequeño formato de Perú”, como lo bautizó, fragmento de ese país que a su vez, como el Aleph de Borges, es un “pequeño formato del mundo entero”, que “no tiene identidad porque las tiene todas”.

Resalta la vida de dos prósperos empresarios marcados por el emprendimiento y para quienes usa identidad falsa. Tiburcio, un puneño que llegó a Lima muy joven, con poncho y ojotas, que sobrevivió vendiendo chupetes por las calles, y que ahora alquila incontables tiendas y talleres de manufactura en estas calles por 2 millones de dólares al mes; tiene once edificios y una fábrica de etiquetas en México. Otorga préstamos, y que ha crecido tanto, que ahora intenta formalizar por lo menos una parte importante de sus negocios y que para ello ha contratado como gerente al primer banquero que le abrió la cuenta corriente.

También destaca a don Moisés, antiguo y respetado comerciante del barrio, dueño de una de las tiendas mejor provistas y un limeño que desde su perspectiva cuenta los inicios del agitado emporio, cuando algunos migrantes advirtieron que los camiones que traían animales y artículos de panllevar al Mercado Mayorista regresaban vacíos al interior del país, por lo que se les ocurrió entonces utilizar ese transporte para enviar mercancías a sus pueblos y así comenzó a rodar la bolita de nieve que convertiría este pedazo de la vieja Lima en el vórtice de trabajo y riqueza que es ahora. Donde todo ocurre. Donde -según relata- son pocas las transacciones que figuran en contratos, prima la palabra, que es sagrada, y el que la viola, la paga: se les cierra las puertas y se vuelve un apestado.

Todo ello relata para enarbolar que los empresarios y comerciantes de Gamarra son unos liberales que se ignoran y que, sin embargo, han sido capaces de construir un emporio desde la indiferencia del Estado y del gobierno, desde iniciativa incomprendida, desde el caos y el desorden, y que hoy es el “paraíso de la informalidad y el capitalismo popular”.  Orienta el enfoque de su relato a hacernos entender con facilidad cómo en un escenario caótico, en un puñado de manzanas de la empobrecida Lima, se gestó un “soberbio ejemplo” de lo que Friedrich A. Hayek llamó el orden espontáneo, expresión que le sirvió para el título de una de sus magníficas columnas periodísticas (La República, 1 de enero de 2012).

Es la esencia de la calidad de uno de los innumerables relatos que escribió Mario Vargas Llosa en su faceta de periodista, otra de las pasiones del nobel que empezó aun antes de ser escritor, en el verano de 1952,  a los 15 años como reportero en el diario peruano La Crónica, para después trajinar su pluma por diversos y reconocidos medios nacionales e internacionales como el diario español  El País, en el que en diciembre de 2023, tras 33 años, puso fin a su labor de columnista y a su famosa columna Piedra de Toque. El periodismo, junto con la literatura, como dijo al recibir el Premio Nobel de Literatura (2010), ha ocupado casi toda su vida y le ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Para él fue vital porque alimentó buena parte de su obra literaria. Ha confesado que “muchos libros no hubiera podido escribirlos sin el periodismo” y que sus algunos de sus artículos fueron como “la semilla, el embrión de lo que sería luego, años después, novelas e historias de ficción”.  Ocurrió desde su primera experiencia, en La Crónica, que dio vida a la historia y los personajes de Conversación en la catedral.

Su producción periodística es tan vasta que ha sido publicada en diversos libros, aunque no en su totalidad, pese a tratarse en algunos casos de obras completas. Está en Contra viento y marea (que reúne sus artículos en tres volúmenes y que fueron difundidos entre1962 y 1988), en la obra completa de Piedra de toque I, II y III, que comprende todo lo publicado entre 1962 y 2012 (Piedra de toque I [1962-1983]), Piedra de toque II [1984-1999] y Piedra de toque III [2000-2012]); en las más recientes publicaciones, en El fuego de la imaginación: Libros, escenarios, pantallas y museos (obra periodística I: 2022), en El país de las mil caras: Escritos sobre el Perú (obra periodística II: 2024), en El reverso de la utopía: América Latina y Oriente Medio (obra periodística III: 2025). También están en libros temáticos, como Israel-Palestina: Paz o Guerra Santa (2006), El diario de Irak (2013), Medio siglo con Borges (2020), Un bárbaro en París: Textos sobre la cultura francesa (2023).

Vargas Llosa ha escrito periodísticamente sobre todos los temas, sobre todas sus aficiones y pasiones, y desde diversos relatos periodísticos, como la columna, la crónica, el reportaje, el testimonio, en los que la creatividad y la inmersión siempre están presentes. Sostuvo que sus artículos han sido como una “autobiografía intelectual, literaria y política” que ha ido levantando sin darse cuenta a medida que escribía sobre la actualidad fugaz, devoradora, tratando de fijar algunos hechos, algunos libros, algunas personas como referentes importantes del momento. 

Tales relatos son muestras de calidad periodística, referentes de ese buen periodismo que él siempre reclamaba.  Como Gabriel García Márquez, nuestro premio nobel cuestionaba la pobreza de contenidos de la prensa.  El famoso escritor y periodista colombiano, nobel de literatura 1982, confesaba que sufría como un perro por la mala calidad del periodismo escrito y porque era raro encontrar notas o reportajes que sean “auténticas joyas”. Vargas Llosa cuestionaba que en el mundo reina “la civilización del espectáculo” en la que la diversión se ha convertido “en el valor supremo de la existencia” y por ello muchos medios consideran “que la única manera de conquistar o retener lectores es banalizando o frivolizando el periodismo”. Así, manifestaba, se deja de lado “todos los viejos valores, la decencia, el cuidado de las formas, la ética, los derechos individuales” y por lo tanto “estamos condenados a que las tetas y culos de los famosos y sus ‘bellaquerías’ gongorinas, sigan siendo nuestro alimento cotidiano”.

El escritor peruano rechazaba lo banal en el periodismo con la misma fuerza que admiraba la cultura, el conocimiento, la belleza, el arte, la ética en los medios. Tuvo un perfil claro del periodista y creía en el periodista con valores. Consideraba que hoy el periodista es un profesional y como tal, para conducirse como otros profesionales, “necesita entrenarse no solamente en las técnicas, sino también en la historia y la dimensión cívica y moral de su profesión”.  En la formación profesional, según él, debía sustentarse en la especialización, la práctica rigurosa, el conocimiento profundo, la creatividad. Decía que el “requerimiento básico” del periodista es el conocimiento y alentaba a que siempre “debería escribir con un conocimiento profundo el tema que aborda”, para luego ponerle “instinto y creatividad”. Concebía al periodista como un profesional ético, culto, creativo, con un conocimiento profundo y riguroso, e identificado con el arte y la belleza.

Entre otras cualidades, evidenció su enorme vocación y pasión, su disciplina, rigurosidad, exigencia y entusiasmo para escribir. Decía que “la vocación debe convertirse en un premio en sí mismo para un escritor”.  Tenía fama de ser muy disciplinado y exigente, condiciones que conducen a la perfección en el trabajo literario y periodístico, en especial. Admitía que el trabajo de escribir es muy difícil y por esa razón era la disciplina y la exigencia. Alejandro Miró Quesada Cisneros le preguntó en una entrevista publicada en El Comercio: “¿Cuánto tiempo le toma escribir una columna?”. El novelista con mucha humildad respondió: “Un día, porque la reescribo, ya sea en la mañana o en la tarde. A veces en semanas muy afortunadas, puedo hacerlo en un par de horas, pero eso es algo bastante inusual”.

Escribir sus artículos periodísticos le causaba mucho esfuerzo desde la búsqueda del tema. “Por lo general –decía-, yo trabajo en mis libros de lunes a viernes y los fines de semana escribo mis artículos. Leo varios periódicos y trato, durante la semana, de tener una idea de lo que será el tema de mi columna. Cuando llega el sábado y tengo una idea clara, es una maravilla, porque eso no siempre pasa “.

La redacción para él era otro problema.  “¿Escribir es un trabajo fácil para usted?”, le preguntó Miró Quesada. “Fácil no, difícil”, respondió de inmediato el novelista. “Difícil, pero al mismo tiempo excitante y placentero”, añadió.

Escribir sus obras también le generaba gran esfuerzo y siempre estuvo tras búsqueda de la perfección. El borrador de Al pie del Támesis lo redactó en menos de dos semanas, pero lo reescribió tantas veces que la obra fue culminada en casi seis años. “Solo con Los Cachorros recuerdo haber reescrito tantas veces un texto. No acababa nunca de sentir que había aprovechado bastante la historia”, reveló. “Avanzo poco, pero trabajo mucho”, y muchas veces “he trabajado a ciegas”, decía al inicio de construir la historia y los personajes de El sueño del celta.

Los títulos de sus obras del mismo modo eran una dificultad. Algunas nacían con títulos, pero en otras devenían en esforzada búsqueda. La ciudad y los perros tuvo dos títulos anteriores: Los impostores y La morada del héroe. Para definir el título de la novela Cinco esquinas, que retrata la decadencia de la sociedad peruana y el protagonismo del periodismo amarillo y escandaloso en la época del fujimorismo durante la década de 1990, tuvo ir en más de una ocasión a esa conocida zona limeña Cinco Esquinas, ubicada en Barrios Altos, para convencerse de que el escenario empobrecido y ruinoso encajaba en la decadencia que quería mostrar.

Tal legado de disciplina y rigurosidad, se parece mucho al que asimismo dejó otro admirado escritor latinoamericano forjado en el periodismo, el nobel García Márquez, cuando en 1966 ya sobrevaloraba el esfuerzo por escribir. “Ser un escritor es un mérito descomunal, porque soy muy bruto para escribir”, decía. Sin embargo, encontró una solución: “He tenido que someterme –dijo- a una disciplina atroz para terminar media página en ocho horas de trabajo; peleo a trompadas con cada palabra y casi siempre es ella quien sale ganando, pero soy tan testarudo que he logrado publicar cuatro libros en veinte años”.

Víctor Campos
Periodista y docente universitario. Cuenta con estudios de maestría en Ciencias Políticas y doctorado en Humanidades. Ha laborado en diversos medios de comunicación. Es asesor y consultor en comunicación, investigación y publicaciones científicas  indexadas. Editor asociado de la revista científica de la Universidad Continental, Apuntes de Ciencia & Sociedad, indexada en Latindex, Dialnet y otras importantes bases de datos internacionales. Autor del libro Teoría y géneros del periodismo (Fondo Editorial de Universidad Jaime Bausate y Meza).

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