En las democracias modernas, las elecciones no solo mueven pasiones políticas: también sacuden los cimientos de la economía. En los años electorales, es común observar cómo las decisiones económicas comienzan a responder más a la lógica del voto que a la del desarrollo sostenible. El resultado suele ser una economía estimulada artificialmente, cuyas consecuencias terminan pagando todos, especialmente los más vulnerables, cuando termina la contienda electoral.
La tentación del cortoplacismo
La historia económica de América Latina ,y de muchas otras regiones, nos muestra un patrón repetido: cada vez que se avecinan elecciones, los gobiernos tienden a relajar la disciplina fiscal. Aumentan el gasto público, distribuyen subsidios, aceleran obras de infraestructura y aplican políticas expansivas que, si bien pueden generar una sensación momentánea de bienestar, rara vez están respaldadas por ingresos genuinos o planes sostenibles.
Este comportamiento responde a una lógica evidente: el objetivo es ganar elecciones. Sin embargo, gobernar desde la urgencia electoral y no desde la planificación técnica lleva a desequilibrios macroeconómicos que luego deben ser corregidos, muchas veces a través de ajustes dolorosos o crisis económicas.
Populismo económico disfrazado de progreso
En un año electoral, el oficialismo tiende a destacar los logros económicos del último período. Se presentan indicadores parciales, se exageran crecimientos y se minimizan riesgos. A menudo, se posterga cualquier decisión impopular ,como una reforma fiscal o una reducción de subsidios, para evitar costos políticos. Esta lógica de “patear hacia adelante” las responsabilidades se traduce en problemas acumulados que explotan cuando ya no hay incentivos electorales para resolverlos.
La expansión del gasto público sin respaldo estructural genera presiones inflacionarias, aumento del endeudamiento y pérdida de confianza en los mercados. Si además se controla artificialmente el tipo de cambio o los precios, la economía entra en una fase de distorsión que termina siendo más perjudicial que beneficiosa.
Efectos colaterales. inversión, empleo y confianza
El sector privado y los inversores observan con desconfianza estas dinámicas. En contextos donde reina la incertidumbre sobre quién gobernará, con qué políticas y con qué respaldo, la inversión se detiene. Las decisiones empresariales se postergan, el empleo se estanca y el crecimiento genuino se frena. La economía entra en pausa, a la espera de señales de estabilidad que rara vez llegan en medio de una campaña política polarizada.
Además, esta combinación de gasto público sin disciplina y postergación de reformas clave suele derivar en presiones cambiarias. Las reservas se agotan, la moneda se devalúa y la inflación se dispara una vez que termina el efecto anestésico de las medidas electoralistas.
¿Es posible una economía electoralmente responsable?
Sí, pero requiere madurez institucional, reglas claras y ciudadanía informada. Gobernar con responsabilidad económica en un año electoral no significa ajustar sin sensibilidad social, sino evitar medidas artificiales que comprometan el futuro a cambio de votos en el presente.
Se necesita separar la administración económica del calendario electoral. Eso implica establecer límites legales al gasto electoral, garantizar la independencia de los organismos económicos clave (como los bancos centrales y los institutos de estadísticas), y exigir transparencia en las cuentas públicas.
Pero también requiere que la ciudadanía entienda que el bienestar no se construye con medidas populistas de último minuto, sino con políticas coherentes, inversión, empleo y productividad. La responsabilidad no puede ser solo del gobernante, también debe ser exigida por el electorado.
Conclusión
Los años electorales no deberían ser excusa para el deterioro económico, sino una oportunidad para discutir modelos de país con madurez y responsabilidad. Los candidatos deben presentar planes económicos viables, y los ciudadanos deben exigir respuestas concretas y sostenibles.
Confundir crecimiento coyuntural con desarrollo real es un error que ya ha costado caro en muchas naciones. Si queremos romper ese ciclo, es momento de asumir que el voto también tiene consecuencias económicas, y que cuidar la economía en año electoral es, más que una virtud, una obligación democrática.
Con precaución y respeto a nuestro país, Rafael Aita Campodonico.
Rafael Antonio Aita Campodónico.
Licenciado en Administración de Empresas, desarrollándose en el sector turismo y comercial. Dirigente deportivo y miembro activo en diferentes instituciones de fomento al deporte. Vicepresidente de la Cámara de Comercio de Lambayeque 1998-2000.Congresista de la República para el período 2001 – 2006 por el distrito electoral de Lambayeque.


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