El presidente José Jerí no improvisa al comunicar. Desde que presidió el Congreso mostró que entiende el poder del relato y la necesidad de dominar la narrativa. Su llegada a Palacio marca un cambio evidente: la comunicación política volvió a ocupar un rol central en el gobierno, en medio de una crisis de legitimidad y una ciudadanía que mira con desconfianza a sus autoridades.
Tras la gestión de Dina Boluarte, caracterizada por el silencio y la falta de empatía, el contraste es claro. Boluarte no comprendió que en política el vacío comunicacional se llena solo y casi siempre en contra. Su desconexión emocional con la gente y la ausencia de un relato consistente la dejaron sin voz frente a la crisis. En tiempos de incertidumbre, quien no comunica, desaparece.
Jerí eligió otro camino. Ha optado por mostrarse, hablar y actuar. Estuvo en el incendio de Pamplona, saludó a la trabajadoras municipales de madrugada, ingresó a penales, recibió al alcalde de Pataz en la Plaza de Armas y reunió a los alcaldes de Lima para discutir sobre seguridad ciudadana. Cada aparición busca proyectar liderazgo y cercanía, dos atributos que la población lleva tiempo sin ver en el poder.
Su comunicación es directa, breve y visual. Prefiere frases simples, evita la rigidez del protocolo y se muestra en movimiento. Su lenguaje corporal transmite decisión y control. En un país cansado de la parálisis política, esa estrategia genera atención y, en algunos sectores, cierta empatía. Sin embargo, la percepción positiva aún no existe. Jerí la está intentando construir, paso a paso.
El reto no es menor. El mandatario enfrenta un serio problema reputacional. Llegó al poder sin respaldo electoral y arrastra cuestionamientos personales, además de críticas a su desempeño como congresista. Su legitimidad está en disputa. En ese contexto, la coherencia entre discurso y acción será clave para sostener cualquier avance comunicacional.
El escenario social sigue tenso. Se anuncian nuevas protestas impulsadas por jóvenes de la generación Z, que se organizan desde redes sociales y reaccionan a los gestos más que a los discursos. Es un público que evalúa a los líderes por su autenticidad, no por sus cargos. En este contexto, la comunicación política debe ir más allá de la forma y sostenerse en resultados. Lo simbólico tiene valor, pero lo concreto es lo que mantiene la credibilidad.
El cambio en Palacio es visible. El gobierno pasó del silencio institucional al contacto directo. Puede gustar o no, pero hay una estrategia clara para recuperar la iniciativa. Sin embargo, comunicar no basta. Si el discurso no se traduce en resultados, la narrativa se disuelve. La exposición constante sin gestión efectiva puede volverse en contra.
Jerí tiene el desafío de mantener una comunicación clara, coherente y emocionalmente efectiva. No basta con aparecer. Hay que convencer. No basta con prometer acción. Hay que sostenerla con hechos. La comunicación política no es maquillaje ni show, es gestión con propósito.
El presidente está intentando construir credibilidad en medio de una crisis. Aún no la tiene, aunque ha entendido algo esencial. En política, la narrativa, los gestos y la emoción importan tanto como las decisiones. La comunicación no resuelve los problemas de fondo, pero puede abrir una ventana para empezar a hacerlo.
Sebastián Jara
comunicador y estratega político con más de una década de experiencia
en campañas, comunicación institucional y asuntos públicos. Ha liderado estrategias de comunicación corporativa y relaciones públicas para empresas y organizaciones orientadas a fortalecer su reputación y construir vínculos de confianza con sus audiencias. Actualmente dirige Más Poder, consultora especializada en comunicación y marketing político.


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