El mundo respira, aunque con cautela. Tras más de dos años de una guerra devastadora, Israel y Hamás firmaron un alto al fuego que muchos ven como una luz en medio del caos. El acuerdo, mediado por Estados Unidos, Egipto, Qatar y Turquía, permitió la liberación de los últimos 20 rehenes israelíes vivos a cambio de casi 2.000 prisioneros palestinos. Es, sin duda, un hecho histórico, pero también un paso frágil, lleno de dudas y heridas que aún sangran.
En Israel, las escenas de reencuentro han sido conmovedoras. Familias que esperaron 738 días por un abrazo vuelven a sonreír, aunque el dolor no desaparece del todo. Hay quienes siguen esperando los restos de sus seres queridos y quienes sienten que la paz todavía es una palabra vacía. En el otro lado, en Gaza y Cisjordania, la liberación de casi 2.000 prisioneros ha sido motivo de celebración. Padres, madres e hijos se abrazan entre lágrimas, agradeciendo la libertad de sus familiares, muchos de los cuales pasaron años presos sin juicio o en condiciones inhumanas. Sin embargo, la alegría se mezcla con la tristeza: Gaza sigue siendo una franja de ruinas, con hogares destruidos, hospitales colapsados y miles de desplazados sin esperanza clara de reconstrucción.
El presidente de USA Donald Trump ha sido el gran protagonista del acuerdo. Se le ha reconocido por su “diplomacia directa”, incluso fue condecorado por Israel con la Medalla Presidencial de Honor. En Egipto, encabezó la cumbre de paz proclamando el “fin de la guerra” y el “amanecer de un nuevo Oriente Medio”. Sin embargo, muchos observadores creen que su papel tiene también un trasfondo político: una jugada que le devuelve protagonismo internacional y apoyo de sectores conservadores. Netanyahu, presionado por Trump, aceptó el pacto, pero su ausencia en la cumbre por supuestos motivos religiosos levantó sospechas. Dentro de su coalición hay malestar, y algunos lo acusan de haber negociado más por sobrevivir políticamente que por convicción.
Aun así, el acuerdo no resuelve los grandes problemas. Gaza está destruida y necesita una reconstrucción urgente. La entrada de ayuda humanitaria sigue limitada y miles de familias viven entre escombros. No hay claridad sobre quién gobernará el territorio, ni sobre el futuro de Hamás, que se niega a entregar las armas. Israel exige garantías de seguridad y desarme total, mientras los palestinos reclaman el fin de la ocupación. Son puntos que podrían volver a encender el conflicto en cualquier momento si no se manejan con cuidado.
Por ahora, el mundo observa con esperanza, pero también con escepticismo. Esta tregua es un alivio, pero no la solución. Para que la paz sea real, no bastan discursos ni ceremonias. Se necesitan hechos: reconstrucción, justicia, seguridad y respeto mutuo. Si este acuerdo no se traduce en cambios concretos para la gente común (agua, trabajo, vivienda y dignidad), la historia volverá a repetirse. Que esta vez, el respiro no sea solo un paréntesis antes de la próxima guerra, sino el verdadero comienzo de un futuro distinto.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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