Si uno circula por la vía expresa hacia el centro de Lima, se llega en unos minutos a la Plaza Miguel Grau, una plaza antigua con un pasado de imponente civismo, hoy reducida en un lugar de tráfico arisco y sin acceso peatonal.
De ahí, virando por la izquierda, se avanza entre casonas antiguas hasta la Plaza Dos de Mayo, otro óvalo invadido por un sinnúmero de microbuses y con cláxones entrecruzados por todos lados.
A pocas cuadras, sobre la avenida Brasil, se encuentra el Club Departamental Apurímac. Ahí confluyen los sábados bandas de músicos, campeones en huaynos y cumbias, y también reconocidos artistas folclóricos.
A los miembros del club los une esa nobleza distintiva del hombre del ande y la condición de haber sido migrantes en su propia patria. Y hace unos años, antes de ue ocurriera todo lo que iba a ocurrir, mucho antes de que el tiempo decantará en lo que decantó, Dina Boluarte paraba ahí. Paraba tanto ahí, que hasta llegó a presidir el club.
Organizaba toda clase de actividades distintas y reuniones sociales. Manejaba también las finanzas y las cuentas bancarias. Y fue ahí, quizás estimulada por su cargo directivo, que una tarde festiva, entre saludo y saludo y tal vez entre baile y baile, se animó a pensar en política.
Había migrado dos veces: primero a Lima y después a México. A su regreso, se estableció nuevamente en la capital y estudió derecho.
Tiempo después postuló a la alcaldía de Surquillo, pero no salió elegida. Pero, al parecer, la experiencia le gustó. Se acercó a Ricardo Belmont, y fue él quien tendió puente entre ella y Vladimir Cerrón.
Forjaron cierta amistad, y un día Vladimir Cerrón la llamó por teléfono para citarse en un restaurant de Paseo de la república. El ex gobernador necesitaba cumplir con la ley de género y pensó en ella.
Reservó un ambiente privado en el segundo piso. Dicen que diez minutos antes de que él llegara, aparecieron miembros de su seguridad y le dijeron a la dueña que estuviera atenta en la puerta porque estaba por llegar el presidente. Pero quien llegó, minutos después, fue él. Un carro negro se estacionó en la pista, al frente de la puerta, y él avanzó por un corredor humano que le abrieron sus custodios.
Poco después llegó Dina, que se había escapado de la RENIEC. Esa tarde ella recibió la invitación para formar parte de la plancha electoral de un partido que en la práctica le era ajeno.
“Si el que yo forme parte de la plancha le sirve a Perú Libre para que llegue al poder, cuenta conmigo, con mi lealtad y apoyo incondicional», le habría en esa reunión Dina Boluarte a Vladimir Cerrón.
Fue así como ella entró de lleno a la política, en el marco de una campaña electoral de izquierda que fue creciendo y creciendo, en parte porque no se le daba credibilidad, y en gran parte porque el establishment político prefirió ignorarla, negando una realidad que terminó por desbordar a toda la clase política.
Con Castillo, ella asumió la cartera de Desarrollo e Inclusión Social. Aún no se ha hecho un análisis pormenorizado de su gestión, pero todos recuerdan el caso Qali Warma, que involucró a su hermano y a quien después sería su vocero personal.
La historia pudo terminar ahí, con una investigación más en curso, pero no fue así. La Comisión investigadora del Congreso la blindó. Y eso allanó el camino para que, pocas semanas después, producido el autogolpe, jurara como presidente.
Entre el golpe y su juramentación permaneció escondida algunas horas. Fue en ese lapso que, influenciada por su hermano, decidió asumir no la presidencia de un gobierno de transición, sino un mandato hasta el 2026, pese a no estar preparada.
Así, llegando de carambola, se instaló del todo una crisis política que ya venía de antes, tan honda que mantuvo al país sin conducción real en los últimos años. Gobernó sin liderazgo, sin mística y sin ideología. Y en absoluto estado de incertidumbre. Con acuerdos de convivencia entre la presidencia y el legislativo. Pasó de la posibilidad de dirigir un gobierno de transición a una política transaccional, al puro interés por la sobrevivencia en el cargo, y sin conexión emocional con la población.
Dina Boluarte llegó a inaugurar escuelas públicas con francotiradores apostados en los techos de los pabellones, escuelas en las que solo había niños de primaria. Para colmo, entraba impostando un saludo con sabor a multitudes.
Una vez, llegó al Pentágono escoltada por doce carros de seguridad. Pero salvo el primero que abría paso, los carros no la resguardaban, simplemente la seguían.
El pacto entre ambos poderes del Estado fue macabro, y en la práctica, ambos poderes se consintieron mutuamente para mantenerse en el poder. No los unió una mirada autorreflexiva ni crítica, sino la pura conveniencia.
La presidente trató de sobrevivir como pudo. Hasta ahí, nada nuevo había bajo el sol. Así es el nuestro país. El Perú ha soportado peores cosas. Pero, al parecer, estaba muy mal asesorada, y eso la condujo a un impresionante descalabro de su imagen.
Ofendió al presidente de México – a pesar de haber vivido siete años ahí-, lo insultó, lo que provocó que el gobierno de ese país suprimiera el derecho de los peruanos a viajar sin visa. No midió el daño a las relaciones bilaterales entre ambos países ni el perjuicio a los compatriotas afincados allá, entre los que se encuentran cientos de estudiantes de medicina en Guadalajara que estudian allá sin costo alguno. Además, afectó el comercio.
Estalló el escándalo de los Rolex. Y ella, en lugar de admitirlo – y de decir, por ejemplo, que, en efecto, los había recibido -, intentó negarlo, mintiendo y mintiendo, una y otra vez, con declaraciones variopintas y hasta con un mensaje al país, lo que irritó a todo el mundo. Para colmo, los devolvió, dejando la imagen de que era una mandataria que usaba prendas prestadas.
Lo mismo pasó con sus cirugías. Volvió a mentir y a mentir, cínicamente, cuando a simple vista la evidencia era otra. Para colmo: forzó a su cirujano a ser cómplice en la mentira.
Una tarde, en Ayacucho, se puso a arrojar caramelos a la gente, esos caramelos marrones y de envoltura transparente, que se venden a granel en el mercado central, y no se preguntó por la pertinencia de hacerlo en una ciudad que fue fuertemente reprimida en las protestas por indicaciones de ella.
Viajó a China con un buzo de Los Simpson con palabras en inglés; dio una entrevista en ese país en la que habló de la Inca Kola; se reunió con el director de la FAO en Italia, y lejos de aprovechar el encuentro, se puso a contarle cómo ella sembraba las papas.
Un 29 de julio, en pleno desfile militar, respondió a una agresión verbal de un ciudadano con un «tu mamá”. Y todo esto, sumado al desaire de no corresponder el saludo al presidente constitucional de Colombia, en la asunción de mando del presidente de Ecuador, fue deteriorando notablemente su imagen.
Se subió el sueldo a un promedio de 10 000 dólares mensuales. No es que esté mal que un mandatario perciba esa suma; el problema radicó en que fuera precisamente ella quien lo hiciera dados sus magros resultados, y las mentiras que rodearon ese proceso cuando la prensa preguntaba por eso.
Mientras tanto, el país era testigo y víctima del imparable aumento de la inseguridad, la delincuencia y las extorsiones. Los asesinatos siguieron en aumento. Soy de la opinión de que la policía sí combatió la delincuencia: desarticuló numerosas bandas y logró reducir la intensidad del Tren de Aragua. Pero esos resultados fueron insuficientes, porque la delincuencia se desbordó ante falta de decisión política por parte de diversos Ejecutivos.
En ese contexto, el gobierno de Dina Boluarte propuso la construcción de una «cárcel» rápida en el Frontón, nada menos que para dos mil reclusos, con “agua desalinizada y autogeneración de energía, bajo un enfoque ecológico y de cuidado del medio ambiente. La propuesta fue recibida como un absurdo, un simple acto de demagogia de un ministro de turno que ahora es pre candidato presidencial.
Fue en medio de esa sucesión de acciones y de una angustia ciudadana generalizada que ella declaró que la forma de combatir las extorsiones era no contestando el teléfono ni los mensajes. Una afirmación de una irresponsabilidad mayúscula, que denotaba una notoria incapacidad para gobernar. Dos días después ocurrió el atentado contra un conocido grupo musical, y fue vacada.
Esto último tomó a todos por sorpresa. Se esperaba la elección de una nueva Mesa Directiva, pero eso no ocurrió. La remplazó José Jeri, un muchacho de 38 años, que más allá de las críticas está haciendo en estos días lo que tiene que hacer.
Ha reconectado a Palacio con la prensa y con la población. Está mostrando un apoyo personal decidido a la policía, ha tenido el gesto de visitar una cárcel como señal de preocupación por el tema, se ha presentado al lado de las Fuerzas Policiales, se ha reunido con los gobernadores y diversos alcaldes, acudió un incendio en señal de solidaridad, mostró su preocupación por la marcha de protesta y estuvo ahí, ha convocado a los jefes del JNE, la ONPE y el Reniec, para afinar la coordinación en el marco de las próximas elecciones.
Todavía puede pasar cualquier cosa en los próximos meses. Un sector político lo quiere vacar a él también, y en todas esferas del poder se están cociendo habas.
Los dos – Jeri y Boluarte – han tenido que afrontar protestas. Y, obviamente, para todos es lamentable el saldo de una persona fallecida. Fue impactante ver cómo algunos manifestantes lanzaban luces encendidas como de quien aprieta una ametralladora, en una frontal provocación a la policía. Hasta portaban redes para cazar dones.
La experiencia de los últimos años está demostrando que la fórmula de un presidente y dos vicepresidentes de reemplazo no funciona. Los presidentes de reemplazo no continúan la gobernabilidad trazada ni representan el sentir con el que la población cuando eligió al anterior mandatario. Esta fórmula, sostenida en el tiempo, ha terminado por deteriorar las cosas. Otros países no tienen vice presidentes, o a lo sumo tienen uno solo. Quizás deba plantearse una revisión de este modelo.
Por otro lado, la pensión presidencial vitalicia no debería aplicarse por la persona que gobernó sino por periodo de gobierno. Si en cinco años gobiernan tres personas, esta pensión presidencial debe ser considerada como una única pensión y ser prorrateada.
El caso de Merino es abiertamente bochornoso. Gobernó cinco días y recibe una pensión completa todos los meses, al punto que da la impresión que destituyó a Vizcarra estimulado también por ese beneficio.
Ojalá que el nuevo presidente no se deje manejar por el Congreso ni acepte presiones bajo la amenaza de vacancia. Su gabinete ahora tiene que solicitar al Congreso la confianza. Si cede ante las presiones, estaremos ante más de lo mismo.
Manuel Escorza Hoyle
Abogado y psicoterapeuta


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