El Perú atraviesa una crisis profunda, no únicamente institucional o económica, sino moral. La inestabilidad política persistente, los escándalos de corrupción y el descrédito generalizado de las autoridades evidencian una fractura entre el poder y la ciudadanía. Se ha normalizado la lógica del poder como herramienta de dominación, y no como servicio público. Es en este contexto que urge una reflexión política seria, ¿qué diferencia a la maldad del poder político de la inteligencia ética del ciudadano comprometido?.
La maldad en la política peruana no es un concepto abstracto. se manifiesta en prácticas concretas que priorizan la conservación del poder por encima del bien común. Es la estrategia del cinismo, de la mentira como método, del enfrentamiento como táctica. Se ejerce desde partidos desinstitucionalizados, desde la compra de conciencias, desde la manipulación del discurso público. Es una maldad que encuentra aliados en la desinformación, en el clientelismo, en la exclusión sistemática de los sectores más vulnerables del país.
Esta clase de política no es ignorancia, sino cálculo. Es una forma sofisticada de malversar la democracia. Y aunque se disfraza de populismo o de legalismo, su fin último es siempre el mismo. controlar el Estado como si fuese un botín y no una responsabilidad histórica.
Frente a ello, se alza la inteligencia del buen peruano: ese ciudadano que, lejos de los reflectores, construye comunidad, defiende principios y reclama un país ético. Esta inteligencia no está solo en los círculos académicos ni en las elites ilustradas. Está en el maestro que educa con vocación, en el campesino que conserva el saber ancestral, en la madre que lidera su barrio sin esperar nada a cambio, en el joven que exige una política con futuro. Es una inteligencia que no se impone con gritos, sino que se sostiene con coherencia, con memoria, con compromiso.
Es precisamente esa inteligencia ciudadana la que debe ocupar el centro del nuevo pacto social. Un pacto que no puede postergar más la inclusión real ,no solo discursiva, de los pueblos originarios, de las mujeres, de los jóvenes, de la diversidad. Un pacto fundado en la ética pública, en la rendición de cuentas, en la radical defensa de los derechos humanos y en la redistribución equitativa de las oportunidades.
El desafío no es menor., se trata de desplazar una clase política acostumbrada a reproducirse sin control, por una ciudadanía organizada, crítica y ética. Gobernar con inteligencia no es una utopía; es una exigencia urgente. El Perú no carece de recursos ni de talentos, lo que falta es voluntad política para escuchar al país real, ese que sigue postergado mientras las élites discuten entre sí.
Hoy más que nunca debemos dejar atrás el silencio cómplice, el escepticismo paralizante y la crítica vacía. Lo que está en juego es la democracia misma, no como procedimiento electoral, sino como proyecto ético de convivencia.
Frase final, y conciliadora.
Ya no podemos seguir hablando a media voz. Como advirtió González Prada hace más de un siglo: “En el Perú, donde se pone el dedo, salta la pus”. Pero también, allí donde se pone el corazón, puede brotar la esperanza.
Vámos camino al despeñadero, y no solo los pensamientos qué buscan el cambio,lo solucionará, necesitamos aptitud y conciencia de un buen peruano pará enmendar la plana democrática,con prudencia y respeto, Rafael Aita Campodonico.
Rafael Antonio Aita Campodónico.
Licenciado en Administración de Empresas, desarrollándose en el sector turismo y comercial. Dirigente deportivo y miembro activo en diferentes instituciones de fomento al deporte. Vicepresidente de la Cámara de Comercio de Lambayeque 1998-2000.Congresista de la República para el período 2001 – 2006 por el distrito electoral de Lambayeque.


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