Simón Bolívar es un nombre que despierta admiración en toda América Latina. Fue, sin duda, una figura decisiva en la independencia del Perú y del continente. Pero una cosa es reconocer su papel militar en la victoria de Ayacucho, y otra muy distinta es pasar por alto lo que hizo después. El escritor peruano Herbert Morote, en su libro Bolívar, Libertador y Enemigo Nº 1 del Perú, nos recuerda algo incómodo pero necesario: que el paso de Bolívar por el Perú, entre 1824 y 1827, dejó heridas profundas en lo político, lo institucional y lo social. Y esas heridas, en buena parte, explican el caos y la inestabilidad que marcaron nuestro siglo XIX.
Tras la derrota de los realistas en Ayacucho, Bolívar se quedó en el Perú con poderes absolutos. El Congreso lo nombró Dictador, y él gobernó sin contrapesos. Su idea era implantar una Constitución Vitalicia, con un presidente de por vida y un Senado hereditario. Es decir, reemplazar una monarquía española por una república autoritaria a su medida. Aquello fue tan antidemocrático que el pueblo y las elites peruanas terminaron rebelándose. La Constitución Vitalicia de 1826 fue rechazada y pronto el “Libertador” tuvo que marcharse del país.
Durante su gobierno, la represión fue dura. Bolívar ordenó perseguir y deportar a los opositores, entre ellos al sacerdote Luna Pizarro, símbolo del constitucionalismo peruano. Suspendió libertades, controló la prensa y utilizó al ejército para mantener el orden. Su desconfianza hacia los peruanos fue total: en cartas dirigidas a sus colaboradores llegó a recomendar que se “divida a todos” para evitar que el país se estabilice. No fue, pues, un demócrata ni un político que creyera en el autogobierno del pueblo peruano.
En el campo social, su legado fue también negativo. Pese a haber luchado en nombre de la libertad, Bolívar permitió la continuidad del tributo indígena (un impuesto colonial abolido por San Martín) en y mantuvo prácticas de reclutamiento forzoso de campesinos indígenas para el ejército. Esos “reemplazos” significaron un verdadero martirio para miles de familias andinas. Mientras tanto, se vendieron tierras comunales y se benefició a militares y allegados con propiedades y minas. En lo económico, su administración dejó las arcas públicas vacías: el Perú pagó hasta millón y medio de pesos para premiar a los vencedores de Bolivia, un gasto difícil de justificar en un país arruinado por la guerra.
En el terreno territorial, el Perú perdió el Alto Perú, que se convirtió en la nueva República de Bolivia, y no logró recuperar Guayaquil, que Bolívar anexó a la Gran Colombia. Esos hechos, comprobados históricamente, marcaron para siempre nuestro mapa y nuestra historia.
Hoy, casi dos siglos después, revisar a Bolívar no es un acto de ingratitud sino de madurez. Fue un hombre extraordinario, pero también un caudillo con ansias de poder. El Perú le debe parte de su independencia, sí, pero también el inicio de una larga tradición de dictadores que se creyeron indispensables. Recordarlo sin mitos es la mejor manera de honrar la verdad y fortalecer la democracia que tanto nos costó conquistar.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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