Columnas Manuel Escorza

Un silencio incómodo

– ¡Qué se ha creído ese sujeto…! -, exclamó Marcelo con cierta indignación.
– “No hables así”, lo interrumpió su novia, bajando un poco la voz.  Estamos en la mesa.
– Ok, pero es que me molesta que me haya llamado la atención porque no he puesto mi Facebook y mi Instagram a su entera disposición.
– Las redes son personales, dijo Fernanda. ¿Y qué le dijiste?
– Quiere que publique todas y cada una de sus entrevistas…con lo aburridas que son.
– Son un plomazo, coincidió ella.
– Nos reunió a todos y así lo exigió. Para colmo nos dijo que estaba muy molesto porque no lo hacíamos. Y que ya estaba perdiendo la paciencia. Y me miraba y me miraba.
– Tú trabajas con las redes, si haces eso contaminarías tu trabajo.
– Pero no le importa. No se da cuenta que eso debe ser voluntario.
– ¿Te volvió a pedir todos tus contactos telefónicos para su campaña electoral?
– No, ya no lo volvió a hacer.
– Conchudo…pedirte tus contactos para su uso personal. ¿A quién se le ocurre algo así?

Marcelo y Fernanda compartían así su merienda. Hablaban de todo. Les habían regalado un queso de Oxapampa. Él, diseñador gráfico, y ella, argentina radicada en Lima. Había vivido en un yate, en el Tigre, a las afueras de Buenos Aires, donde cuidaba el bote y le daba mantenimiento. Ahí dormía mientras estudiaba teatro. Un día conoció a Marcelo por Tinder. Él fue a visitarla, y luego ella vino a Lima y se quedó. Prepara muy buenas empanadas, de ahí el queso que les regalaron.
A Marcelo siempre le han atraído los temas políticos. Por eso hace años se inscribió en un partido político. Desarrolló cierto apego: les creó una página web y asistía casi religiosamente a las reuniones presenciales de los martes. Se esforzaba por su agrupación, creyendo en un espacio donde los jóvenes pudieran expresarse.

Incluso quería ser candidato, y aunque no se lo contaba a nadie, soñaba con llegar a ser alcalde de su distrito, o quien sabe, por qué no, congresista.
Sin embargo, conforme se acercaba la campaña, las cosas comenzaron a cambiar. Llegaron nuevas personas que lo miraban con recelo. Poco a poco fue sintiéndose relegado, casi arrimado. Entre sus amigos del partido circulaban rumores: se decía que se estaban vendiendo los puestos de las listas de candidatos. Incluso se hablaba de personas con nombre propio que ya habían comprado un lugar en esas listas.

Los pre candidatos de provincias – eso se rumoreaba – tenían que pasar una lana para ser considerados. ¿A dónde iba esa plata?, se preguntaba. Nadie lo sabía. ¿Quién la cobraba? Todo era simples rumores. Al parecer había un par de operadores que se encargaban de eso. No es que el partido lo exigiera públicamente, eso no ocurría, sino que cuando ellos se acercaban porque querían postular, algo se hablaba por fuera y como que tenían que pasar por caja. ¿Será cierto? Quién sabe.

Fernanda no miraba bien eso. Para ella era una señal de que eso terminaría mal para Marcelo. No era peruana, lo observaba desde fuera, y quizás por eso, podía mirarlo con más claridad.

Pero el dilema de Marcelo no era sólo un problema personal. Se trataba de un patrón – la venta de puestos en las listas – que se repetía en muchos partidos y desde hacía años. Y no sólo eso: en su afán por llegar al Congreso, siempre había candidatos que invertían sumas exorbitantes para asegurar los primeros puestos de las listas. Luego, durante las campañas gastaban aún más, dinero que obviamente jamás recuperarían con sus sueldos de congresistas.
Por eso, más de un partido era una simple maquinaria electoral para hacer negocios. Los puestos, especialmente los primeros, tenían un precio.

Hace unos años, un candidato invirtió más de un millón de dólares en su campaña electoral. Hasta tuvo una canción propia que salía unas 60 veces al día en las principales emisoras. Invirtió tanto, que una radio cubrió su planilla completa para lo que restaba del año. Al final, el candidato a la presidencia de ese partido se retiró de la contienda, y perdió soga y cabra.

Pero volviendo al tema de Marcelo Y Fernanda, algo más estaba por salir:

– Marcelo, le dijo a ella mirándolo fijamente.
– Dime amor, respondió algo alerta.
– Me vas a matar…pero pedí información a Infocorp. ¿Sabes que el presidente del partido y el secretario general están hasta el cuello de deudas?
– ¿En serio? No lo sabía.
– Tal vez ya saben que los busqué ahí. No sé si Infocorp informa a los que preguntaron por ellos. Pero ya lo hice. ¿Qué crees que harán con la plata que van a recibir del Estado?
– No lo sé, respondió Marcelo algo pensativo.
– ¡Y quizá utilicen parte de ese dinero para pagar sus deudas!
– No sé.
– ¿Les han informado en qué gastaran ese dinero?
– No.

Cada año, los partidos políticos que están en el Congreso reciben una suma de dinero para auto sostenerse.

Los demás partidos también reciben ese generoso financiamiento por el sólo hecho de postular. El resultado: más de cuarenta partidos inscritos sin contar las agrupaciones regionales y/o municipales. Esta suma alcanza a la fecha algo más de 70 millones de soles.

¿Ha servido para fortalecer la democracia? No. ¿Se ha logrado un Congreso de calidad? Tampoco. Un partido incluso ha construido un edificio con esos fondos. ¿Quién se quedará con el edificio si no superan la valla electoral? Otros han destinado el dinero a consultorías de imagen, talleres de capacitación o gastos administrativos de dudosa transparencia.

Si la gran mayoría de estos partidos fueran empresas, prácticamente todos estarían quebrados: con procesos de selección opacos u oscuros, y una profunda ineficiencia en el manejo de sus recursos.

Eso, sin contar otros ingresos de dinero: el proveniente del narcotráfico y la minería ilegal, que tampoco están debidamente fiscalizados.
La campaña está por comenzar y nada indica que se estén tomado medidas al respecto. A la fecha, sólo un partido ha anunciado que renuncia al financiamiento del Estado. Es el partido de un abogado y periodista, que competirá por vez primera y que sí cree en unas elecciones sin vicios de ningún tipo. Hace dos semanas su partido envío una circular a sus correligionarios informándoles que no se cobrarían cupos ni se aceptaría dinero a cambio de puestos en sus listas. Que se sepa, las demás agrupaciones no están optando por ese camino.
El JNE o la institución competente debería habilitar una línea confidencial para que la gente pueda denunciar el cobro de cupos en las listas o los ingresos ilegales.

– ¿Y esas bases son de verdad?, preguntó Fernanda.
– No lo sé, respondió Marcelo.
– ¿Sabes de alguna?
– Nunca he preguntado.

La ley exige al menos 65 bases por agrupación. Esto, por cuarenta partidos, hace unos 2,600 comités. La verdad, no se ven por ningún lado. Se supone que la ONPE las está supervisando, pero de esto la ciudadanía tampoco está informada.

Todos los martes Marcelo se sube a su moto y va a las reuniones de su partido. Lo que al comienzo fue para él una participación entusiasta se estaba convirtiendo de a pocos en una decepción. Está pensando en renunciar. Y cada día, más y más jóvenes se alejan de las maquinarias partidarias por decepción, porque no encuentran canales adecuados para desarrollar sus inquietudes y motivaciones, y porque ven, al final de cuentas, más de lo mismo.

Todos lo saben. Y se guarda silencio.

El faro de la moto de Marcelo parece iluminar también su desencanto, desencanto que muy probablemente lo alejará para siempre de la política. “Para esto milité cuatro años”, se pregunta, mientras circula por la ciudad.

Manuel Escorza Hoyle
Abogado y psicoterapeuta

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