Durante los últimos años, el Perú ha vivido un proceso de involución económica disfrazado de justicia social. Desde el gobierno de Ollanta Humala hasta la actual gestión de Dina Boluarte, la promesa de redistribuir la riqueza se convirtió en un freno al crecimiento y, peor aún, en una trampa de estancamiento estructural.
Los periodos de orientación izquierdista confundieron crecimiento ,con distribución. pensaron que repartir era crear, cuando en realidad la verdadera justicia económica nace de producir más, invertir mejor y distribuir con eficiencia. La redistribución sin creación de valor es una ilusión costosa, y los resultados están a la vista: gasto público sin retorno, endeudamiento creciente, y una infraestructura nacional que revela más abandono que avance.
El país perdió el equilibrio entre crecimiento e inversión, dejando de priorizar el desarrollo productivo por una expansión fiscal sin sustento. La obra pública, que debía ser motor de progreso, se convirtió en sinónimo de corrupción o de abandono. El déficit de infraestructura supera los 150 mil millones de dólares, mientras regiones enteras siguen sin agua potable, sin hospitales funcionales y sin carreteras transitables.
Y mientras la economía se desgasta, los poderes del Estado también se han erosionado. El Congreso perdió legitimidad, el Ejecutivo perdió dirección, y el sistema judicial perdió la confianza ciudadana. Muchos congresistas hicieron uso y abuso del poder, defendiendo intereses personales por encima del mandato moral y constitucional. Salvo contadas excepciones, el Parlamento se ha vuelto símbolo de lo que el Perú no debe repetir.
Por eso, el tránsito democrático no es solo un cambio de autoridades, sino un cambio de conciencia. Requiere escuchar más, decidir mejor y escoger con criterios de salud institucional, de responsabilidad y de justicia. No se trata de improvisar, sino de restablecer el sentido del deber público.
La verdadera democracia no se mide por cuántos votan, sino por cuántos confían.
Es hora de buscar esa confianza perdida, no con discursos, sino con resultados. De promover un Estado que escuche, que planifique y que no se rinda ante la mediocridad. De mirar hacia adelante, sin revancha pero con memoria.
Porque el error no está en equivocarse una vez, sino en no aprender jamás.
Y el Perú ya no puede darse el lujo de equivocarse otra vez.
Estamos prohibidos de volvernos a equivocar, hoy día la información es el remedio fácil de encontrar, analizar que permite el equilibrio de una democracia integral,con responsabilidad, Rafael Aita Campodonico.
Rafael Antonio Aita Campodónico.
Licenciado en Administración de Empresas, desarrollándose en el sector turismo y comercial. Dirigente deportivo y miembro activo en diferentes instituciones de fomento al deporte. Vicepresidente de la Cámara de Comercio de Lambayeque 1998-2000.Congresista de la República para el período 2001 – 2006 por el distrito electoral de Lambayeque


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