¿Es lo mismo ser una buena persona que una persona buena? El adjetivo tras el sustantivo, convierte esta pregunta en algo contundente. Una persona buena es aquella en la que sus actos están rodeados de bondad y altruismo. Ser bueno es haber internalizado suficientemente los valores de conciencia como para no provocarle un daño al otro. Las personas buenas son incapaces de ejercer antivalores y, siempre, están al servicio de los demás. Ser bueno no es necesariamente tener un buen carácter, sino realizar buenas acciones que contribuyan a la realización del Bien Común y a la autorrealización propia y del semejante.
Cuando las personas no están interiorizadas, ni lo suficientemente formadas como para hacer posibles los valores morales, cometen malas acciones, se corrompen, se degradan. Nunca pierden su esencia natural de ser personas, pero nos encontramos ante un ser humano o una persona deformada moralmente, tanto, que si eligen la práctica de antivalores, no solo se faltan el respeto a sí mismas sino al otro y a la sociedad.
La corrupción no es más que la falta del respeto del hombre por el hombre mismo, una ignorancia y falta de principios para su propio ser y el de sus congéneres. La corrupción y las malas acciones que atentan contra la vida de los demás están circunscritas en una atmósfera de no ser.
Ser una buena persona o, más contundentemente, una persona buena está lejos de ser una tarea fácil. Los intereses individualistas y la vida fácil están constantemente acechando al individuo al punto de convertirlo en un títere de los malos actos, en los que cae fácilmente no solo por la tentación, sino por la baja autoestima que tienen, la falta de valores sólidos en su formación temprana y los malos ejemplos recibidos.
Muchos se preguntan si Abimael Guzmán perdió su dignidad de persona por el hecho de haber sido el autor de múltiples genocidios y, de haberle torcido la mente a tantos jóvenes, habiendo provocado una de las peores masacres en nuestro país. Lo mismo podríamos pensar de Hitler y de otros personajes macabros de la Historia.
La dignidad de ser personas no la perdieron nunca, sino que se la degradaron ellos mismos y, atentaron contra la dignidad de los demás. El que atenta contra la persona del otro, sea la forma que fuere, rompe el respeto que se debe a su ser personal y, a aquél o aquéllos contra quienes atentó. La dignidad de personas nunca se pierde pero se magulla.
Muy distinto es el caso del sufrimiento humano. El sufrimiento es concomitante a la vida y nunca produce una degradación del hombre. Tanto el sufrimiento físico como moral son parte de la vida y hay que tratarlos como lo que son, un ineludible aspecto de la existencia. Quien sufre no padece alteración alguna de su dignidad ni de su ser personal, pero si en medio de este contexto comete acciones que atentan contra ese ser personal que porta en sí mismo o, lo hace en desmedro de la sociedad, entonces, estamos ante un cuadro distinto. Si el sufrimiento no es paliado como un evento inevitable para el individuo humano, el mismo hombre sufriente se degrada y degrada a quiénes pide una ayuda equivocada en nombre de una dignidad mal entendida.
Ser una persona buena es realizar actos que vayan de acuerdo con la moral entendida como el camino que nos conduce por la recta razón a la realización personal y social. El haber internalizado los valores correctos y, luego, ponerlos en práctica en el transcurso de la vida es lo que hace a una persona buena. Todo aquello que la aleje de este camino o, la haga transitar una senda de inmoralidad, constituye la corrupción. La corrupción no surge solo de la inmoralidad sino, principalmente, de la amoralidad. La ausencia de moral en una sociedad crea confusión y hace pasar lo malo por bueno o indiferente. Valores como la verdad, el bien, la honestidad, el perdón, la gratitud, la ayuda mutua, permiten a las personas convertirse en buenas. Todo aquello que contribuya a enaltecer la dignidad personal del ser humano está al servicio de las personas bondadosas. En un mundo tan alterado y con tanta necesidad de valores como al que asistimos hoy, convierte a las personas buenas en una meta, un desafío que por nada hay que eludir, sino al contrario, perseguir y realizar.
Miryam Patricia Falla Guirao
Licenciada en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Doctora en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA). Exbecaria de Investigación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de la República Argentina en el área de Ética y Bioética. Docente Universitaria en pre y post-grado. Conferencista en universidades, colegios profesionales e instituciones jurídicas y de salud.


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