En abril de 2026, el Perú volverá a las urnas. Será una nueva oportunidad para definir el rumbo de un país que, durante los últimos años, ha vivido entre la esperanza y la frustración. Muchos ciudadanos se sienten decepcionados, cansados de promesas incumplidas, escándalos de corrupción y una clase política que parece desconectada de la realidad. Pero el desánimo no puede convertirse en indiferencia, ni la rabia en brújula. Si el voto se transforma en un grito impulsivo, corremos el riesgo de repetir los mismos errores.
Lo que acaba de ocurrir en Nueva York es una señal del clima político global. Zohran Mamdani, joven de 34 años, hijo de inmigrantes y de discurso radical, derrotó al aparato tradicional con propuestas tan audaces como congelar los alquileres, subir el salario mínimo a 30 dólares la hora y hacer gratuito el transporte público. Su triunfo refleja un hartazgo generalizado frente a la desigualdad y la vida cada vez más cara. Pero también advierte que el descontento, cuando se canaliza solo por impulso emocional, puede llevar a decisiones extremas e inciertas.
En el Perú lo vimos de cerca. En 2021, Pedro Castillo encarnó la voz del Perú olvidado: campesinos, maestros, trabajadores y pueblos históricamente excluidos. Su elección fue un acto de protesta contra el centralismo y la indiferencia de Lima. Sin embargo, la falta de preparación, los errores de gestión y los escándalos que rodearon su gobierno terminaron agravando la crisis que pretendía resolver. El país quedó más dividido, la economía se enfrió y la confianza en la política se desplomó. La lección fue clara: cambiar de gobernante no basta si no cambiamos también la manera de elegir.
Por eso, las elecciones de 2026 deben ser un punto de inflexión. No se trata de votar por rabia ni por moda, sino con conciencia. El voto debe ser un acto de reflexión, no un castigo. Debemos informarnos más allá del ruido de las redes sociales y de los eslóganes fáciles. Mirar la trayectoria, no solo el discurso; exigir planes realistas, no promesas imposibles; y entender que la democracia no termina el día de la votación. Empieza ahí, cuando cada ciudadano asume su rol de vigilante y exige resultados.
El poder no es un regalo que se entrega a un político: es una responsabilidad que el pueblo le presta temporalmente. Cada voto tiene consecuencias, y cada elección define el tipo de país que dejamos a nuestros hijos. No podemos seguir eligiendo a ciegas ni apostando por salvadores improvisados. El verdadero cambio no vendrá de un rostro nuevo, sino de una ciudadanía más crítica, informada y participativa.
En abril de 2026, el Perú no necesita gritar: necesita pensar. Porque el voto no es un desahogo, es una construcción consciente. Y solo cuando votemos con responsabilidad, el futuro dejará de ser una promesa para convertirse en una realidad.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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