Columnas Jorge Céliz

El Perú cae, pero todavía puede levantarse

El problema del Perú no es solo quién gobierna, sino cómo se ha ido vaciando la política de sentido. Desde hace más de veinte años, el país vive entre escándalos, promesas incumplidas y una corrupción que no descansa. Cada presidente que llega promete un cambio, pero termina igual o peor que el anterior. Los Congresos se enfrentan con los gobiernos, las instituciones no funcionan y los ciudadanos ya no creen en nadie. La política, que debería servir para mejorar la vida de la gente, se ha convertido en un campo de pelea y negocios personales.

Hoy seguimos teniendo elecciones, Congreso y ministros, pero todo parece una fachada. El Estado ya no manda ni protege. Los poderosos hacen lo que quieren, y los delincuentes se sienten dueños de las calles. El sicariato, la extorsión y la minería ilegal crecen sin control. La corrupción se mete en todos los rincones: desde las obras públicas hasta los municipios más pequeños. Nadie confía en la justicia, y la policía muchas veces parece parte del problema. Mientras tanto, el ciudadano común vive con miedo, pagando el precio de un Estado que dejó de cumplir su función.

El Perú no está en una dictadura, pero vive atrapado en una democracia que ya no cumple su promesa. Hay elecciones, sí, pero no hay opciones. Se cambian los nombres, pero no las costumbres. Los políticos tradicionales siguen apareciendo, disfrazados de nuevos, y los “rostros nuevos” repiten los mismos errores. No hay proyectos de país, solo promesas vacías. La política se volvió una competencia por el poder, sin ideas ni compromiso.

La verdad es que el poder en el Perú ya no está en manos del Estado, sino repartido entre grupos que buscan su propio beneficio. Donde el Estado no llega, mandan las mafias, las redes ilegales y los intereses económicos. No se trata solo de incapacidad, sino de un sistema cooptado que ya no trabaja para la gente. La democracia se mantiene en pie, pero sobre ruinas.

Aun así, el Perú no está condenado. Salir de esta crisis requiere mucho más que cambiar de presidente o Congreso. Hay que reconstruir las instituciones desde la base, con reglas claras y con gente honesta que sirva al país, no que se sirva de él. Se necesita también una ciudadanía que participe, que no vote por costumbre ni por rabia, sino con conciencia. Hay que exigir transparencia, meritocracia y justicia real, sin privilegios para nadie.

La corrupción y la violencia no se van a acabar de un día para otro, pero se puede empezar por recuperar el respeto, la confianza y la autoridad. Todos tenemos una parte en esta tarea: los políticos, los empresarios, los medios, los trabajadores, los jóvenes. No hay salvadores; hay responsabilidades compartidas.

El Perú se cae porque lo dejamos caer. Pero todavía puede levantarse si aprendemos a mirar más allá de la rabia y empezamos a creer, no en los políticos, sino en nosotros mismos. La democracia no se defiende con discursos, sino con compromiso. Y esa, hoy más que nunca, es tarea de todos los peruanos.

Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.

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