El año 2025 será recordado como un periodo de fuerte inestabilidad global. No se trató solo de una suma de crisis aisladas, sino de un cambio profundo en la forma en que los países se relacionan entre sí. La cooperación perdió peso frente a la presión política, económica y militar. El resultado fue un mundo más dividido, con mayor desconfianza y con sociedades cada vez más tensas.
Durante la primera mitad del año se hizo evidente la fragmentación del sistema internacional. Las grandes potencias priorizaron sus intereses inmediatos y debilitaron los acuerdos multilaterales. El comercio mundial se desaceleró de forma notable: el crecimiento global cayó a alrededor del 1,5 %, uno de los niveles más bajos de las últimas décadas. Al mismo tiempo, cerca de un tercio del comercio internacional quedó afectado por nuevos aranceles, sanciones o restricciones, lo que elevó los precios y redujo la inversión.
En el plano interno, muchos países enfrentaron un aumento del malestar social. Las decisiones económicas duras, las políticas migratorias restrictivas y la falta de respuestas a problemas cotidianos provocaron protestas masivas. En comparación con el 2024, la conflictividad social creció cerca de un 25 %. Las calles se convirtieron en espacios de presión política, reflejando una pérdida de confianza en las instituciones y en los liderazgos tradicionales.
En el ámbito de la seguridad internacional, el segundo y tercer trimestre del año estuvieron marcados por conflictos armados de alta intensidad. En Europa del Este, la guerra en Ucrania se agravó, con ataques frecuentes a infraestructura civil y energética. Ante la incertidumbre sobre el apoyo externo, la Unión Europea respondió aumentando su gasto en defensa, que superó en promedio el 2,2 % del producto interno bruto. Este cambio marcó un giro histórico hacia una mayor militarización del continente.
Oriente Medio también vivió momentos críticos. Los enfrentamientos directos entre Estados elevaron el riesgo de una guerra regional de gran escala. Aunque se lograron treguas parciales, el costo humano fue alto. Más de 120.000 personas se sumaron a las cifras de desplazados en pocos meses, y la región cerró el año en una situación frágil y sin soluciones duraderas.
En América Latina, el tercer trimestre mostró un reordenamiento político y económico. Algunos gobiernos lograron reducir la inflación de niveles extremos (en ciertos casos superiores al 200 % anual) a cifras cercanas al 40 %. Sin embargo, estos logros se consiguieron mediante ajustes severos que aumentaron la pobreza, el desempleo y la polarización social. La estabilidad macroeconómica avanzó más rápido que el bienestar de la población.
África enfrentó una realidad aún más dura. Conflictos prolongados y el abandono internacional agravaron crisis humanitarias ya existentes. En regiones como Sudán y el Sahel, más de 10 millones de personas quedaron desplazadas o en situación de inseguridad alimentaria grave, convirtiendo al continente en uno de los grandes perdedores del año.
El último trimestre de 2025 estuvo marcado por un fenómeno global: la movilización de la Generación Z. Jóvenes de más de 40 países salieron a las calles para exigir oportunidades, lucha contra la corrupción y mayor participación política. No fue un movimiento ideológico clásico, sino una reacción generacional frente a sistemas que no ofrecen futuro ni estabilidad.
Entonces en el 2025 se confirmó el desgaste del orden internacional construido tras la Guerra Fría. La presión sustituyó al diálogo y la fragmentación se volvió normal. Sin cooperación, sin inclusión social y sin instituciones creíbles, la inestabilidad seguirá creciendo. El desafío del futuro inmediato será reconstruir equilibrios antes de que el desorden se convierta en una condición permanente del mundo.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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