Entre los años 2020 y 2025, la forma de hacer la guerra cambió de manera profunda. Ya no se trata solo de ejércitos enfrentándose en el campo de batalla, como ocurría en el siglo XX. Hoy la guerra es un fenómeno mucho más amplio: combina fuerza militar, tecnología avanzada, producción industrial y la capacidad de una sociedad para resistir la presión prolongada. Este cambio marca un antes y un después en la historia de los conflictos.
El primer gran cambio fue el regreso de la competencia entre potencias. Después de años centrados en la lucha contra el terrorismo y operaciones limitadas, el mundo volvió a dividirse en bloques. Estados Unidos y sus aliados enfrentan a un grupo de países que actúan de manera coordinada, como China, Rusia, Irán y Corea del Norte. Este nuevo escenario se refleja en el fuerte aumento del gasto militar global, que para el 2024 superó los 2,4 billones de dólares anuales, la cifra más alta registrada. Al mismo tiempo, la diplomacia se volvió más selectiva, con acuerdos entre pocos países y objetivos concretos, dejando de lado los grandes consensos globales.
El segundo rasgo clave fue el retorno de las guerras largas y de desgaste. Los conflictos en Ucrania y en Oriente Medio mostraron que la tecnología no garantiza victorias rápidas. Por el contrario, las guerras actuales duran años y afectan gravemente a la población civil. La clave del éxito ya no está solo en la estrategia militar, sino en la capacidad de producir armas y municiones de forma constante. En el 2024, algunos frentes de combate consumieron millones de proyectiles de artillería al año. En este contexto, los drones se convirtieron en armas centrales: son baratos, fáciles de fabricar y difíciles de detener. Su uso masivo eliminó la idea de zonas completamente seguras.
Hacia el 2025, la tecnología pasó a ocupar el centro del conflicto. La inteligencia artificial permite analizar información y tomar decisiones en segundos, reduciendo el tiempo de reacción en el campo de batalla. Además, la guerra se extendió al ciberespacio y al espacio exterior. Ataques informáticos han demostrado que es posible paralizar sistemas eléctricos, comunicaciones o servicios financieros sin necesidad de un ataque militar directo. Los satélites, por su parte, se convirtieron en objetivos estratégicos, ya que de ellos dependen las comunicaciones y la navegación modernas.
Sin embargo, el factor humano sigue siendo decisivo. La llamada guerra híbrida combina propaganda, desinformación, ciberataques y el uso de grupos indirectos para debilitar a un país sin declarar una guerra formal. En este escenario, la seguridad de un Estado depende también de su sociedad. Una población desinformada, dividida o con servicios básicos frágiles es más vulnerable. Por eso, la resistencia social y la cohesión interna se han convertido en objetivos estratégicos.
Finalmente, la disuasión nuclear volvió a ocupar un lugar central. El aumento del arsenal chino y las tensiones en Europa incrementaron el riesgo de escaladas peligrosas, recordando que el equilibrio actual se sostiene en la amenaza constante.
En conclusión, entre el 2020 y el 2025 la guerra dejó de ser solo un asunto militar. Hoy es una prueba completa para los Estados: tecnológica, económica y social. La victoria ya no se mide solo en territorio, sino en capacidad industrial, control tecnológico y fortaleza de la sociedad. Entender esta nueva forma de conflicto es esencial para enfrentar el mundo que viene.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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