El texto de Felipe Hasson aborda una pregunta incómoda pero necesaria, ¿para qué existe la soberanía si se usa para destruir a quienes viven dentro del Estado? Su planteamiento es directo: ningún principio jurídico puede servir de excusa para tolerar un poder que oprime, empobrece y silencia de forma sistemática a su propio pueblo.
Desde el derecho internacional, esta idea no es radical, aunque muchos finjan que lo es. Después de la Segunda Guerra Mundial, el mundo aceptó que la soberanía no es absoluta. Los Estados no solo tienen derechos frente a otros Estados, también tienen deberes básicos hacia su población. Cuando esos deberes se rompen. cuando no hay elecciones reales, justicia independiente, libertad de expresión ni condiciones mínimas de vida,la soberanía pierde su sentido moral.
El texto también denuncia una contradicción frecuente: el uso selectivo del derecho internacional. Se invoca la “no intervención” cuando conviene políticamente, pero se ignora el sufrimiento humano que esa postura protege. Así, el derecho deja de ser una herramienta de justicia y se convierte en un escudo para los abusos.
Un punto clave es el cambio de enfoque moral. En lugar de preguntar solo por las intenciones de los actores externos, el autor invita a mirar la realidad interna: hambre, miedo, persecución y ausencia total de protección legal. Cuando un pueblo no tiene tribunales que lo defiendan ni elecciones que le permitan cambiar su destino, exigir “soluciones internas” no es respeto jurídico, es abandono.
La referencia histórica a Europa en los años 40 no busca igualar tragedias, sino recordar una verdad constante: la neutralidad frente al sufrimiento masivo nunca es neutral. Cuando el derecho se usa para justificar la inacción, deja de cumplir su función esencial.
Recomendación al mundo
El mundo debe recordar algo simple: el derecho internacional existe para proteger personas, no regímenes. Defender principios vacíos mientras millones sobreviven en la miseria no es ética, es comodidad.
La comunidad internacional debe escuchar más a las víctimas que a los discursos oficiales, y entender que la soberanía solo tiene valor cuando sirve a la dignidad humana. Cuando no lo hace, el silencio no es prudencia: es complicidad.
Si el derecho no se siente en la vida real de quienes sufren, entonces ya no es derecho. Y ningún principio vale más que la vida de un pueblo.con responsabilidad, Rafael Aita Campodónico.
Rafael Antonio Aita Campodónico.
Licenciado en Administración de Empresas, desarrollándose en el sector turismo y comercial. Dirigente deportivo y miembro activo en diferentes instituciones de fomento al deporte. Vicepresidente de la Cámara de Comercio de Lambayeque 1998-2000.Congresista de la República para el período 2001 – 2006 por el distrito electoral de Lambayeque


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