Por Jorge Céliz Kuong
La Conferencia de Seguridad de Múnich 2026 ha confirmado que el orden internacional posterior a la Guerra Fría atraviesa una mutación profunda. El discurso del secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, dejó claro que Washington abandona la lógica del libre comercio irrestricto y la cesión progresiva de soberanía en favor de una estrategia que prioriza producción nacional, control de cadenas de suministro y seguridad hemisférica. La idea central es sencilla: economía, energía y tecnología ya no son solo motores de crecimiento, sino instrumentos de poder.
Este giro redefine la relación transatlántica. Rubio defendió la alianza histórica con Europa, pero bajo criterios más exigentes y menos ideológicos. La cooperación continúa, aunque marcada por una lógica transaccional y por la presión para que los socios asuman mayor responsabilidad en defensa y competitividad industrial. En paralelo, la rivalidad con China se ha convertido en el eje estructural de la política exterior estadounidense. Washington considera que Beijing utilizó la globalización para expandir influencia tecnológica y financiera en sectores estratégicos, desde puertos hasta telecomunicaciones y minerales críticos.
En este escenario, América Latina deja de ser periferia y se convierte en frente estratégico. La región concentra recursos esenciales (litio, cobre, petróleo y biodiversidad) y controla corredores logísticos clave para el comercio global. Estados Unidos ha articulado una estrategia de seguridad regional que busca frenar redes del crimen organizado, reducir espacios para economías ilícitas y limitar la penetración tecnológica y financiera china en infraestructura crítica. La captura de Nicolás Maduro a inicios de año, presentada por Washington como operación contra estructuras criminales transnacionales, marcó un punto de inflexión político en el hemisferio y evidenció que la doctrina de no intervención ha perdido fuerza frente a la noción de seguridad ampliada.
Las repercusiones económicas son inmediatas. América Latina crecería en torno al 2 %–2,5 % en el 2026, pero bajo alta volatilidad externa. La presión comercial estadounidense, la revisión de acuerdos estratégicos y la competencia por inversiones generan incertidumbre. Al mismo tiempo, la región atrae capital por su papel en la transición energética global. Fondos internacionales y empresas energéticas buscan asegurar suministros de cobre, litio y gas natural, mientras gobiernos locales intentan maximizar rentas sin ahuyentar inversión. La tensión entre nacionalismo de recursos y apertura regulada define la discusión económica del año.
El Perú encarna con claridad este dilema. Mantiene fundamentos macroeconómicos relativamente sólidos y proyecciones de crecimiento cercanas al 3 %, apoyadas en minería e infraestructura. Sin embargo, el país se encuentra en el centro de la competencia geopolítica. El megapuerto de Chancay, desarrollado con fuerte inversión china, ha generado advertencias desde Washington sobre riesgos de dependencia estratégica. Al mismo tiempo, Perú es uno de los mayores productores mundiales de cobre, mineral indispensable para electrificación y tecnología, lo que lo coloca en la primera línea de la disputa por cadenas de suministro seguras.
En materia de seguridad, el país enfrenta desafíos internos persistentes: economías ilegales, minería informal y corredores del narcotráfico que requieren cooperación internacional sostenida. Estados Unidos ha intensificado el diálogo en inteligencia y control financiero, mientras China mantiene una presencia económica robusta. El equilibrio no es sencillo.
El 2026 inaugura una etapa donde América Latina (y especialmente el Perú) debe gestionar con precisión quirúrgica su inserción internacional. El mundo ya no opera bajo consensos abstractos, sino bajo competencia estratégica abierta. La región puede capitalizar su relevancia energética y minera, pero solo si fortalece instituciones, protege soberanía regulatoria y evita quedar atrapada en una confrontación de potencias que no admite ingenuidad.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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