Por Jorge Céliz Kuong
5 de marzo de 2026
El conflicto militar que hoy involucra a Estados Unidos, Israel e Irán no solo representa una nueva fase de tensión en Medio Oriente; también marca un punto de inflexión en la forma en que se libran las guerras modernas. Lo que estamos observando es el inicio de una etapa donde la Inteligencia Artificial deja de ser una herramienta auxiliar para convertirse en el verdadero sistema nervioso de las operaciones militares.
En la última semana, los enfrentamientos y ataques cruzados han provocado bajas militares y daños en varios países de la región, mientras rutas comerciales, embajadas e infraestructura estratégica han tenido que cerrar o elevar sus niveles de seguridad. Esto demuestra que el conflicto ya no es solo bilateral: su impacto se extiende por todo Medio Oriente y amenaza con alterar el equilibrio geopolítico global.
Uno de los cambios más importantes en esta guerra es lo que los estrategas llaman “compresión del tiempo de decisión”. Gracias a sistemas de inteligencia artificial capaces de procesar enormes volúmenes de datos (provenientes de satélites, sensores, vigilancia electrónica y redes abiertas) los ejércitos pueden identificar objetivos y evaluar escenarios en cuestión de segundos. Plataformas de análisis avanzadas permiten realizar simulaciones de combate casi en tiempo real, calculando riesgos militares, políticos e incluso legales antes de ejecutar un ataque. En términos simples, las máquinas están acelerando el ritmo de la guerra más allá de lo que los humanos podían manejar hace apenas una década.
Pero la revolución no se limita al ámbito digital. En el terreno físico también se están desplegando tecnologías que cambian la lógica tradicional del combate. Un ejemplo emblemático es el sistema israelí Iron Beam, un escudo defensivo basado en láser de alta potencia. Este sistema fue entregado al ejército israelí a finales de 2025 y está diseñado para interceptar drones, cohetes y morteros como parte de la red de defensa aérea del país.
La gran ventaja de esta tecnología es económica y estratégica: mientras los interceptores tradicionales pueden costar decenas de miles de dólares por disparo, el láser funciona esencialmente con energía eléctrica, lo que reduce drásticamente el costo por intercepción y permite disparos prácticamente ilimitados. En un conflicto donde los enemigos utilizan grandes cantidades de drones y proyectiles baratos, esta diferencia puede definir quién gana una guerra de desgaste.
Frente a esta ventaja tecnológica, Irán ha respondido con una estrategia diferente basada en la guerra asimétrica. En lugar de competir directamente con las capacidades tecnológicas y militares de sus adversarios, ha apostado por la saturación tecnológica: enjambres de drones, misiles de menor costo y sistemas no tripulados diseñados para abrumar las defensas enemigas mediante volumen y dispersión. Este tipo de estrategia busca compensar las diferencias de poder militar utilizando creatividad táctica, flexibilidad operativa y menor costo por sistema desplegado.
A esto se suma un componente cada vez más relevante: la guerra híbrida. En este modelo de conflicto, las operaciones militares tradicionales se combinan con ataques cibernéticos, presión económica, manipulación informativa y operaciones psicológicas. La inteligencia artificial generativa juega un papel central en este terreno, permitiendo producir campañas de desinformación altamente sofisticadas: videos manipulados, audios sintéticos y narrativas digitales capaces de alterar la percepción pública, generar confusión entre los adversarios y erosionar la confianza en las instituciones.
De esta manera, el campo de batalla ya no es solo físico. También es informacional, económico, tecnológico y cognitivo. Las redes sociales, los sistemas de comunicación y las plataformas digitales se han convertido en escenarios estratégicos donde se disputa la legitimidad del conflicto y se intenta influir tanto en la opinión pública internacional como en la moral de las poblaciones involucradas.
En este contexto, la superioridad militar ya no depende únicamente del tamaño del ejército o del número de tanques y aviones. Hoy depende de quién procesa más rápido la información, quién automatiza mejor sus decisiones y quién puede sostener el costo tecnológico de una guerra prolongada.
Sin embargo, existe una dimensión aún más delicada que no puede descartarse: la amenaza nuclear. Aunque ninguno de los actores involucrados parece buscar una escalada de ese nivel, la creciente complejidad del entorno tecnológico (sumada a la velocidad de decisión impulsada por algoritmos) aumenta el riesgo de errores de cálculo o interpretaciones equivocadas. En un sistema de guerra acelerado por inteligencia artificial, donde las decisiones pueden tomarse en segundos, incluso un incidente limitado podría escalar de manera impredecible.
Estamos entrando en una era de guerra algorítmica. La inteligencia artificial, los sistemas autónomos, las armas de energía dirigida y la manipulación informativa están redefiniendo las reglas del conflicto. Si esta tendencia continúa, las futuras guerras se decidirán menos por la fuerza bruta y más por la velocidad del procesamiento de datos, la resiliencia tecnológica y la capacidad de integrar inteligencia artificial en cada nivel de la estrategia militar. En ese mundo emergente, quien domine los algoritmos dominará también el campo de batalla.
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Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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