Por Jorge Céliz Kuong
20 de marzo de 2026
La crisis en el Estrecho de Ormuz ha alcanzado un punto crítico que revela no solo una disrupción energética global, sino una fractura política en el núcleo del sistema internacional. El bloqueo funcional de esta arteria estratégica (por donde transita cerca de un tercio del petróleo mundial) ha impulsado el precio del crudo por encima de los 120 dólares, generando presiones inflacionarias y alterando las cadenas logísticas globales. Este escenario ha expuesto tensiones dentro de la OTAN, donde la vacilación inicial europea frente a una respuesta militar evidenció divergencias profundas en la percepción de amenazas y en la voluntad de empleo de la fuerza.
El diagnóstico es inequívoco: la crisis es simultáneamente geopolítica, energética y sistémica. Europa ha intentado afirmar una “autonomía estratégica” que refleja fatiga frente a intervenciones militares, mientras Estados Unidos mantiene una visión clásica basada en la protección activa de bienes públicos globales como la libertad de navegación. La reciente declaración del G7, condenando las acciones de Irán y comprometiéndose a garantizar el tránsito marítimo, constituye un intento de recomposición, aunque revela una cohesión más reactiva que estructural.
Sin embargo, la dimensión más crítica radica en la naturaleza dual de la amenaza iraní: externa e interna. En el plano estratégico, informes del Organismo Internacional de Energía Atómica y del International Institute for Strategic Studies advierten que Teherán se encuentra peligrosamente cerca del umbral nuclear, acumulando uranio enriquecido y capacidades técnicas que reducen significativamente los tiempos de ruptura. Esta capacidad latente, combinada con su red de actores proxy y su poder misilístico, proyecta inestabilidad más allá de su entorno inmediato.
Pero esta proyección externa ocurre en paralelo a una profunda crisis interna. Desde finales del 2025, Irán enfrenta protestas masivas de carácter nacional impulsadas por una combinación de deterioro económico, inflación persistente y agotamiento social frente al modelo político vigente. La respuesta del régimen ha sido una represión sistemática, con miles de víctimas mortales y un uso intensivo de la fuerza letal contra manifestantes, además de apagones de internet diseñados para ocultar la magnitud de la violencia estatal . Informes independientes estiman que las cifras de fallecidos podrían escalar a decenas de miles, reflejando uno de los episodios represivos más severos de su historia reciente . Este contexto configura un régimen bajo presión interna, pero con incentivos para externalizar la crisis mediante confrontación estratégica.
Las implicancias son significativas. Un régimen internamente debilitado pero externamente agresivo incrementa el riesgo de escaladas no lineales. La crisis en Ormuz no solo afecta mercados, sino que amplifica la volatilidad geopolítica en un entorno donde las decisiones pueden estar condicionadas por dinámicas de supervivencia política interna. A su vez, la cautela de actores regionales como Arabia Saudita o Emiratos Árabes Unidos evidencia un cálculo racional orientado a evitar convertirse en el epicentro de un conflicto mayor.
Frente a este escenario, la respuesta debe ser integral. Primero, consolidar un esquema multinacional de seguridad marítima con demostraciones claras de disuasión y coordinación operativa. Segundo, fortalecer mecanismos de presión internacional selectiva sobre el programa nuclear iraní, combinando sanciones inteligentes con incentivos verificables. Tercero, integrar la dimensión interna iraní en cualquier estrategia, apoyando mecanismos internacionales de monitoreo de derechos humanos y evitando lecturas simplistas del conflicto. Cuarto, reconstruir la cohesión transatlántica mediante compromisos explícitos que alineen intereses y capacidades.
En conclusión, la crisis de Ormuz refleja la convergencia de múltiples fallas estructurales del orden internacional: fractura occidental, vulnerabilidad energética y la inestabilidad de un actor clave como Irán. La solución no pasa únicamente por la coerción, sino por una estrategia coherente que integre disuasión, diplomacia y comprensión de las dinámicas internas del adversario. Solo así será posible contener la crisis sin escalar hacia un conflicto de mayor envergadura.
https://www.facebook.com/share/1BWeMxRJmn/?mibextid=wwXIfr
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


0 comments on “Ormuz, Irán y la fragilidad del orden internacional”