El Perú ha sido, en distintos momentos de su historia reciente, un país que ha tenido que aprender a gestionar tanto la abundancia como la tragedia. En los años más duros, cuando el caos económico y el terrorismo amenazaban la viabilidad del Estado, la figura de Alberto Fujimori emergió como una respuesta pragmática a una crisis existencial. Más allá de los debates que su legado genera, existe una percepción instalada en amplios sectores, la de un gobernante que, en momentos límite, tomó decisiones y no abandonó al país.
Hoy, en un contexto distinto pero igualmente desafiante, marcado por la desconfianza institucional, la fragmentación política y la desigualdad persistente, surge la pregunta de fondo, ¿estamos preparados para gestionar la abundancia cuando llegue y, sobre todo, para enfrentar la tragedia cuando aparezca?
La candidatura de Keiko Fujimori se inscribe en esa tensión histórica. Su propuesta, más allá de nombres o etiquetas, plantea una continuidad conceptual, el Perú no puede darse el lujo de empezar de cero cada cinco años. Las políticas públicas eficaces, especialmente los programas sociales, deben ser fortalecidas sin prejuicios ideológicos. No importa quién los creó; importa que funcionen, que lleguen a los más vulnerables y que generen movilidad social real.
El principio rector debería ser claro, el Estado no es un botín político, sino una herramienta de servicio. Gestionar la abundancia implica institucionalizar el crecimiento, convertir los ciclos favorables en oportunidades sostenibles, invertir en educación, salud y tecnología. Pero gestionar la tragedia exige algo más profundo, liderazgo, decisión y sentido de urgencia.
En ese punto, el debate deja de ser técnico y se vuelve ético. Gobernar no es solo administrar recursos, sino tomar decisiones difíciles cuando el país lo exige. Es ahí donde se mide la verdadera vocación de servicio. La historia no recuerda a quienes dudaron en exceso, sino a quienes asumieron el costo de actuar.
El Perú necesita hoy una narrativa de continuidad, no de ruptura permanente. Una visión que entienda que cada gobierno es un eslabón, no una isla. Que el desarrollo no se construye destruyendo lo anterior, sino perfeccionándolo.
“A la hora ene”, como en los momentos más críticos de nuestra historia, lo que define el rumbo no es solo el programa, sino la convicción. La capacidad de poner al país por encima de intereses personales o partidarios.
Porque, al final, toda decisión política debe responder a un principio superior, la persona humana como fin y no como medio. Apostar por ella ,por su dignidad, su desarrollo y su futuro, es la única jugada que verdaderamente vale la pena. Con amor a mí querido Perú, Rafael Aita Campodónico.
Antonio Aita Campodónico.
Licenciado en Administración de Empresas, desarrollándose en el sector turismo y comercial. Dirigente deportivo y miembro activo en diferentes instituciones de fomento al deporte. Vicepresidente de la Cámara de Comercio de Lambayeque 1998-2000.Congresista de la República para el período 2001 – 2006 por el distrito electoral de Lambayeque.


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