La expresión “el pez en el agua”, popularizada por Alberto Fujimori durante su campaña, describía la capacidad de moverse con naturalidad en un entorno adverso. Hoy, ese concepto puede interpretarse, como metáfora de adaptación, pero también de riesgo, cuando la política se vuelve demasiado cómoda en medio de la informalidad, la precariedad o la confrontación, deja de transformar y empieza a sobrevivir.
El Perú actual parece un país donde muchos actores se han acostumbrado a “nadar” en aguas turbulentas: crisis institucional recurrente, fragmentación política, debilidad del Estado y una ciudadanía que oscila entre la indignación y la resignación. En ese contexto, la cintura política , entendida como capacidad de negociación, adaptación y lectura estratégica, es necesaria, pero insuficiente si no está acompañada de propósito y responsabilidad social.
El problema no es la flexibilidad, sino la falta de dirección. Se negocia sin horizonte, se pacta sin proyecto, se gobierna sin visión. Y así, el país avanza, pero no progresa. En paralelo, el mundo exige cada vez más coherencia,, sostenibilidad, transparencia, gobernanza y compromiso social. No basta con crecer; hay que crecer bien.
Definir el mundo hoy implica entender que vivimos en una era de interdependencia. Las decisiones locales tienen impacto global y viceversa. El cambio climático, la transformación digital, la desigualdad y la gobernabilidad democrática son desafíos compartidos. En ese escenario, el Perú no puede seguir operando como una isla política.
Para mejorar nuestros propósitos y asumir una verdadera responsabilidad social, se requieren cambios estructurales,,,.
Primero, redefinir el rol del Estado. Un Estado que no solo administre, sino que articule, regule con eficiencia y promueva desarrollo inclusivo. Menos burocracia, más capacidad de ejecución.
Segundo, alinear crecimiento económico con impacto social. La empresa privada debe ser aliada estratégica del desarrollo, incorporando criterios ESG (ambientales, sociales y de gobernanza) como estándar, no como excepción.
Tercero, fortalecer la ciudadanía activa. No hay democracia sólida sin ciudadanos informados, exigentes y comprometidos. La participación no debe limitarse al voto, sino extenderse al control y la propuesta.
Cuarto, profesionalizar la política. La cintura política debe estar al servicio del bien común, no de la supervivencia individual. Se necesita formación, ética y meritocracia en la gestión pública.
Quinto, proyectar al Perú internacionalmente con coherencia. Aprovechar tratados, atraer inversión responsable y posicionar al país como un socio confiable, con reglas claras y estabilidad jurídica.
El verdadero desafío no es ser “pez en el agua”, sino cambiar la calidad del agua. No adaptarse a la crisis, sino transformarla. No sobrevivir en el desorden, sino construir orden con sentido.
Conclusiones
El Perú tiene la capacidad de redefinirse, pero requiere decisión colectiva. La cintura política es valiosa cuando se usa para construir consensos duraderos, no para perpetuar la improvisación. El país necesita pasar de la reacción a la planificación, de la fragmentación a la articulación, de la comodidad en la crisis a la incomodidad del cambio.
Si logramos alinear propósito, responsabilidad social y visión global, el Perú no solo nadará mejor, sino que elegirá aguas más limpias, más justas y más sostenibles. Ese es el verdadero reto, dejar de adaptarnos a lo que somos y empezar a construir lo que podemos ser. con respuesta y dignidad, Rafael Aita Campodónico.
Rafael Antonio Aita Campodónico.
Licenciado en Administración de Empresas, desarrollándose en el sector turismo y comercial. Dirigente deportivo y miembro activo en diferentes instituciones de fomento al deporte. Vicepresidente de la Cámara de Comercio de Lambayeque 1998-2000. Congresista de la República para el período 2001 – 2006 por el distrito electoral de Lambayeque.


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