Columnas Rafael Antonio Aita Campodónico

Memoria, estabilidad y futuro, más allá del antifujimorismo, el desafío es gobernar bien el Perú

El debate sobre el fujimorismo sigue siendo, a más de dos décadas, uno de los ejes más intensos de la política peruana. Para algunos, el período encabezado por Alberto Fujimori representa orden, estabilización económica y reformas estructurales necesarias en un país al borde del colapso. Para otros, simboliza graves vulneraciones al Estado de derecho, concentración de poder y corrupción sistemática. Ambas miradas conviven, tensionan y explican el Perú de hoy.

Es innegable que en los años noventa se implementaron medidas económicas que cambiaron radicalmente el rumbo del país. La nueva Constitución Política del Perú de 1993 introdujo un modelo orientado al mercado, promovió la inversión privada y permitió la reducción de la hiperinflación que venía devastando la economía desde finales de los ochenta. La privatización de empresas estatales , muchas de ellas ineficientes y altamente deficitarias, alivió una carga fiscal que, como se menciona, consumía gran parte del presupuesto nacional.

Asimismo, el control del gasto público, la apertura comercial y la disciplina macroeconómica sentaron bases que, con matices, han sido continuadas por distintos gobiernos. Esto explica en parte por qué el Perú ha logrado, durante varios años, estabilidad monetaria, crecimiento sostenido y una reducción significativa de la pobreza en determinados periodos.

Sin embargo, ese mismo proceso no puede analizarse sin reconocer sus costos institucionales. El debilitamiento de los contrapesos democráticos, la intervención en el sistema judicial y los casos de corrupción asociados al régimen, muchos de ellos evidenciados tras la caída del gobierno, dejaron heridas profundas en la institucionalidad. Por ello, el llamado “antifujimorismo” no surge solo como una postura ideológica, sino también como una reacción frente a esos excesos.

Hoy, el Perú enfrenta una nueva encrucijada. La fragmentación política, la desconfianza ciudadana y la precariedad institucional han generado un escenario donde el pasado se utiliza más como arma que como aprendizaje. El riesgo está en caer en simplificaciones: ni idealizar el pasado como solución total, ni demonizarlo sin reconocer los avances que sí ocurrieron.

El verdadero desafío es construir un modelo que rescate lo mejor de cada etapa, estabilidad económica, disciplina fiscal, promoción de la inversión, pero con instituciones sólidas, transparencia y respeto irrestricto a la democracia. La seguridad jurídica y el orden son indispensables, pero deben estar acompañados de legitimidad y justicia.

Recomendación final

El Perú necesita superar los antagonismos estériles y avanzar hacia un pacto nacional basado en resultados y valores. Recordar no debe ser sinónimo de polarizar, sino de aprender. Reconocer aciertos ,como la estabilización económica, no implica justificar errores. Del mismo modo, criticar abusos no debería llevar a negar avances.

La estabilidad verdadera no es solo económica: es institucional, social y moral. Y esa solo se logra con liderazgo responsable, políticas inclusivas y una ciudadanía vigilante. El futuro del Perú no está en revivir enfrentamientos del pasado, sino en construir, con firmeza y orden, un proyecto común donde todos tengan lugar. Una excelente explicación para todos, con responsabilidad, Rafael Aita Campodónico.

Rafael Antonio Aita Campodónico.
Licenciado en Administración de Empresas, desarrollándose en el sector turismo y comercial. Dirigente deportivo y miembro activo en diferentes instituciones de fomento al deporte. Vicepresidente de la Cámara de Comercio de Lambayeque 1998-2000. Congresista de la República para el período 2001 – 2006 por el distrito electoral de Lambayeque.

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