Columnas Manuel Escorza

Las olas de un mismo tsunami

Anoche tuve un sueño. Soñé que caminaba por Lima. La ciudad estaba vacía. No había carros. tampoco vendedores ambulantes. Ni bocinas ni combis. Ni siquiera los perros ladraban. Apenas algunas ventanas encendidas, pero muy pocas. Algo ocurría que la gente prefería vivir apagada.

La garúa caía despacio sobre las pistas y les daba a las avenidas ese brillo color petróleo. La ciudad parecía abandonada. Todos estaban dentro de sus casas, a oscuras, como exiliados en sus propios hogares. Sin embargo, en las calles había propaganda política por todos lados. Paneles gigantescos. Banderolas. Rostros sonrientes colgados de edificios viejos.

Algunos paneles estaban mal instalados y otros torcidos. Un candidato prometía un país de helicópteros en vez de carreteras para solucionar el tráfico. Otro decía que lo del gas a doce soles había sido un engaño, pero que él sí lo bajaría a ocho. Todos sonreían por igual. Sonrisas blancas. Sonrisas impresas. Sonrisas Photoshop. Inmóviles, bajo la humedad de la madrugada.

Yo caminaba. Y mientras avanzaba apareció algo llamativo. Se trataba de un panel luminoso, enorme, encendido en medio de la noche. Se prendía y apagaba con promesas electorales. Me acerqué. Entonces vi cómo desde esa pantalla comenzaron a salir diversos símbolos electorales. Casas, trenes, sombreros, corazones, estrellas, escobas. También un caballo. Después apareció una gran letra A de color azul encerrada en un círculo rojo.

La letra giró en el aire sobre sí misma y quedó suspendida unos segundos, como queriendo decir algo. Pero no se dejó entender. Al parecer, su lenguaje era algo incomprensible. Finalmente, al igual que los otros símbolos, cayó al suelo.

Fue ahí cuando sentí el verdadero vacío. No estaba solamente una ciudad sin gente, estaba en una ciudad cansada. La gente se había encerrado en sus casas porque ya no esperaba nada. O quizás porque estaba cansada de esperar demasiado. Tal vez ambas cosas.

En el sueño yo seguía caminando. No sabía hacia dónde iba. La garúa continuaba humedeciendo las veredas. Fue entonces cuando apareció un sonido. Primero fue como un rumor lejano. Algo difícil de identificar. “Qué raro”, pensé.

Después se convirtió en una vibración cada vez más intensa. El piso no temblaba. Era raro. La ciudad seguía quieta. Pero la vibración siguió creciendo hasta que algo comenzó a resonar en el aire con una fuerza aterradora.

Entonces apareció mucha agua y en forma agresiva fue tomando distintos puntos de la ciudad, como asegurando su paso, y para luego entrar de lleno arrastrando todo lo que encontraba con una brutalidad impresionante. Quise despertar. No pude. Lo intenté otra vez. Tampoco pude.

Me quedé atrapado dentro del sueño mientras veía cómo el agua destruía los paneles políticos. Era una marea negra y helada.

Se llevaba a su paso sillas, trozos de madera, ladrillos, ventanas, hasta una refrigeradora. También arrancaba las fotos de los candidatos. Ya no sonreían. Más bien parecían disolverse en ese mar que avanzaba calle por calle.

Se llevaba todo. Entonces entendí algo: un tsunami no es una sola ola. Las primeras arrastran objetos. Las siguientes pueden arrastrar ciudades enteras.

Así era el sueño. ¿Y qué podía hacer? Nada. Era un sueño. Cuando un tsunami llega, las olas son incontenibles. Arrasan. Traen aguas muy profundas que vienen de muy lejos.

El mar seguía invadiendo las calles de Lima. Avanzaba con una lentitud casi reflexiva, como si escogiera cuidadosamente aquello que iba a destruir. Y entonces recordé algo.

Recordé el famoso tsunami electoral de Fujimori. Cómo apareció casi de la nada. Cómo la gente comenzó a subirse a esa ola cuando todo parecía indicar que ganaría otro candidato. Cómo ese tsunami crecía casi un punto diario y no se detuvo hasta imponerse en segunda vuelta.

Muchos creen que esos votos nacen de la ignorancia. Pero no es así. Nacen del abandono, del resentimiento, de la humillación acumulada. De la necesidad de sentirse vistos por gobiernos que muchas veces solo recuerda a ciertas poblaciones durante las campañas electorales.

Por eso cada proceso electoral parece traer una nueva ola. Y quizás lo más inquietante es que el Perú ya se acostumbró a verla venir. La política peruana sigue sin entender qué hay dentro de esas aguas.

Y lo que hay dentro no es solamente rabia. También hay abandono. Necesidad de atención. Urgencia de desarrollo. Deseo de pertenecer a un país que demasiadas veces les habla desde lejos.

Pienso en los damnificados del norte recibiendo casas de cartón. Casas cuyas paredes podían perforarse con un simple lapicero. Casas sin baños. Pienso en pueblos donde el Estado asoma solamente en época electoral, como quien hace una visita breve y oportunista.

Tal vez por eso el Perú vive atrapado en este ciclo de olas sucesivas. Cada elección parece anunciar una nueva. Y mientras la política siga sin comprender aquello que se mueve debajo del agua, el tsunami continuará activo. Las primeras olas siempre parecen pequeñas. Las devastadoras vienen después.

De pronto, desperté. Me levanté y prendí el televisor. Ya no había propaganda electoral, sino una tremenda discusión por la ineficacia de la ONPE, ineficacia e ineptitud, discusión tan grande que nadie se preguntaba por qué la izquierda se acerca al poder, por qué hay personas o pueblos enfrentados a Lima, al punto que si pudieran tal vez hasta nos mandarían un tsunami de verdad.

Entonces entendí que quizás el tsunami todavía no ha terminado, que tal vez en las próximas elecciones vuelva a aparecer. Si sueño una segunda parte, ya se los contaré.

Manuel Escorza Hoyle
Abogado y psicoterapeuta

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