César Novoa Columnas

EVA y sistema financiero peruano: cuando la rentabilidad ya no basta para demostrar creación de valor

Por MBA. Eco. César A. Novoa Ch.

El sistema financiero peruano ha sido una de las columnas institucionales más relevantes para sostener el ahorro, canalizar crédito, financiar hogares, acompañar empresas, impulsar emprendimientos, sostener medios de pago, bancarizar territorios y ampliar progresivamente la inclusión financiera. Bancos, cajas municipales, financieras, cajas rurales, cooperativas supervisadas, empresas emisoras, entidades especializadas y nuevos actores digitales forman parte de una arquitectura financiera que cumple una función económica y social decisiva: transformar confianza en capital disponible para el desarrollo.

Ese aporte debe ser reconocido con objetividad. Sin embargo, precisamente por la relevancia estratégica del sistema financiero, resulta indispensable elevar la calidad de la conversación sobre cómo se mide su desempeño. Durante décadas, la evaluación pública de las entidades financieras se ha concentrado en indicadores necesarios, pero insuficientes: utilidad neta, crecimiento de colocaciones, ROE —Return on Equity, rentabilidad sobre patrimonio—, ROA —Return on Assets, rentabilidad sobre activos—, morosidad, cobertura de provisiones, liquidez, eficiencia operativa, ratio de capital global, participación de mercado y solvencia.

Todos esos indicadores importan. Ninguno debe ser descartado. Pero el nuevo estándar de gestión financiera exige formular una pregunta más profunda: ¿la rentabilidad obtenida supera realmente el costo del capital utilizado para generarla?

Esa pregunta conduce al EVA —Economic Value Added, Valor Económico Agregado—, uno de los indicadores más poderosos para distinguir entre utilidad contable y creación real de valor económico. El EVA no pregunta únicamente si una entidad ganó dinero. Pregunta si ganó lo suficiente después de cubrir todos sus costos, incluido el costo de oportunidad del capital. En términos simples, una organización crea valor económico cuando su rentabilidad supera el costo del capital que consume; destruye valor cuando, aun generando utilidad, no alcanza a cubrir adecuadamente ese costo.

Esta distinción es crucial. Una entidad financiera puede crecer en cartera, ampliar clientes, mejorar ingresos, mostrar utilidad positiva y exhibir indicadores tradicionales aceptables, pero aun así destruir valor si el retorno generado no compensa el riesgo, el capital regulatorio, el costo patrimonial, las provisiones, el fondeo, la mora y la complejidad operativa del negocio.

Allí aparece el punto incómodo: no todo crecimiento crea valor.

Crecer por crecer puede ampliar el balance, pero también puede deteriorar la calidad del riesgo. Colocar más créditos puede aumentar ingresos financieros, pero también elevar provisiones futuras. Digitalizar procesos puede mejorar eficiencia, pero si no genera productividad, escalabilidad y rentabilidad ajustada por riesgo, puede convertirse en gasto tecnológico sofisticado. Expandir agencias o canales puede mejorar presencia territorial, pero no necesariamente crear valor económico. Mostrar utilidad contable puede ser positivo, pero no suficiente para demostrar sostenibilidad estratégica.

Por ello, la omisión del EVA en los reportes públicos del sistema financiero peruano debe ser analizada con serenidad, profundidad y visión constructiva. No se trata de acusar, descalificar o debilitar reputaciones institucionales. Se trata de reconocer una oportunidad de madurez: pasar de una conversación centrada en rentabilidad contable hacia una conversación basada en creación integral de valor.

En los reportes públicos del sistema financiero peruano predominan las métricas regulatorias, prudenciales y contables. Esto es comprensible. La supervisión financiera debe proteger la solvencia, la liquidez, la estabilidad del sistema, la integridad del mercado y la confianza de los depositantes. Sin embargo, la estabilidad prudencial no agota la medición del desempeño económico. Una institución puede cumplir exigencias regulatorias y, al mismo tiempo, no estar generando valor suficiente frente al capital que utiliza.

El EVA complementa, no reemplaza. No sustituye la supervisión de la Superintendencia de Banca, Seguros y AFP (SBS), ni los requerimientos de la Superintendencia del Mercado de Valores (SMV), ni los indicadores de riesgo crediticio, liquidez o solvencia. Los integra dentro de una visión más exigente: la disciplina de capital. Su aporte consiste en obligar a la alta dirección a evaluar no solo cuánto se gana, sino cuánto valor neto se crea después de descontar el costo económico de los recursos utilizados.

En bancos, cajas y financieras, esta pregunta es particularmente relevante porque el capital es escaso, costoso y regulado. Cada sol de patrimonio que respalda una operación debería asignarse a negocios, segmentos, canales y territorios donde el retorno ajustado por riesgo justifique su utilización. Sin una métrica de creación de valor, el sistema puede terminar premiando volumen, crecimiento y rentabilidad aparente, sin identificar adecuadamente si esas decisiones fortalecen o debilitan la sostenibilidad económica de largo plazo.

El EVA permitiría responder preguntas que hoy deberían formar parte de toda agenda de directorio:

¿Qué productos financieros crean valor y cuáles solo generan volumen?

¿Qué segmentos de clientes producen rentabilidad ajustada por riesgo?

¿Qué agencias, territorios o canales digitales consumen capital sin retorno suficiente?

¿Qué carteras crecen, pero deterioran valor por mora, provisiones o costo operativo?

¿Qué unidades de negocio tienen utilidad contable, pero destruyen valor económico?

¿Qué estrategias de inclusión financiera son sostenibles y cuáles requieren rediseño?

¿Qué decisiones comerciales elevan colocaciones, pero deterioran la calidad del capital?

Estas preguntas no buscan restringir el crecimiento; buscan mejorar su calidad. No buscan frenar la inclusión financiera; buscan hacerla sostenible. No buscan sustituir la gestión comercial; buscan conectarla con riesgo, capital, productividad y valor económico.

En el caso de las cajas municipales, la reflexión adquiere una dimensión aún más profunda. Estas entidades no nacieron únicamente para competir por rentabilidad financiera. Tienen una vocación territorial, productiva e inclusiva. Su legitimidad institucional no debería medirse solo por utilidades, colocaciones o participación de mercado, sino por su capacidad de transformar ahorro local en crédito productivo, formalización empresarial, desarrollo regional y bienestar económico sostenible.

Una caja municipal moderna debería preguntarse no solo cuánto gana, sino qué tipo de valor genera. ¿Está financiando productividad o solo consumo? ¿Está fortaleciendo emprendimientos locales o ampliando endeudamiento vulnerable? ¿Está creando inclusión financiera responsable o profundizando riesgos sociales? ¿Está asignando capital con disciplina o sosteniendo modelos comerciales de baja productividad? ¿Está cumpliendo su mandato territorial de manera financieramente sostenible?

La inclusión financiera sin sostenibilidad puede convertirse en fragilidad. La rentabilidad sin propósito puede convertirse en extracción de valor. El crecimiento sin disciplina de capital puede convertirse en deterioro futuro. La eficiencia sin visión estratégica puede reducir costos, pero no necesariamente transformar capacidades. La digitalización sin EVA puede modernizar la apariencia del negocio, pero no garantizar creación económica.

Por eso, el EVA debe entenderse como una brújula estratégica. Una métrica que ayuda a diferenciar resultado de valor, crecimiento de sostenibilidad, volumen de calidad, rentabilidad contable de rentabilidad económica. No es un indicador frío ni meramente técnico. Es una herramienta de gobierno corporativo, planeamiento estratégico, gestión de riesgos, asignación de capital y responsabilidad institucional.

El sistema financiero peruano podría dar un salto cualitativo si incorporara progresivamente un Panel de Creación de Valor Económico, compuesto por indicadores como EVA patrimonial, spread de creación de valor —ROE menos costo de capital propio—, RAROC —Risk-Adjusted Return on Capital, retorno ajustado por riesgo sobre capital—, rentabilidad por segmento ajustada por riesgo, EVA por producto, EVA por agencia, EVA por canal digital, EVA por territorio y EVA social-productivo asociado a inclusión financiera sostenible.

Este panel permitiría clasificar con mayor precisión tres tipos de desempeño: entidades que crean valor real, entidades que preservan rentabilidad contable sin clara creación económica y entidades que podrían estar destruyendo valor aunque reporten resultados positivos. Esta lectura puede ser incómoda, pero sería profundamente útil para inversionistas, socios, reguladores, directorios, clasificadoras, clientes y sociedad.

La transparencia financiera del futuro no consistirá únicamente en publicar estados financieros, memorias anuales o indicadores regulatorios. Consistirá en demostrar la calidad económica de los resultados. La pregunta superior ya no será solo: ¿cuánto ganó la entidad? La pregunta será: ¿cuánto valor creó, con cuánto capital, bajo qué riesgo, en qué segmentos y con qué impacto sostenible?

El Perú necesita un sistema financiero fuerte, solvente, rentable e innovador. Pero también necesita un sistema financiero más consciente del valor que crea o destruye. Un sistema que no confunda utilidad con excelencia, expansión con desarrollo, digitalización con productividad, inclusión con sostenibilidad o rentabilidad contable con creación económica.

El llamado es positivo y constructivo. Incorporar el EVA no debe verse como una amenaza, sino como una oportunidad de liderazgo. Los bancos pueden usarlo para mejorar la asignación de capital y sofisticar su gestión por unidades de negocio. Las cajas municipales pueden utilizarlo para alinear misión territorial con sostenibilidad financiera. Las financieras pueden aplicarlo para ordenar crecimiento, riesgo y rentabilidad. Las fintech pueden integrarlo para demostrar escalabilidad económica real. Las clasificadoras pueden enriquecer sus análisis. Las universidades pueden incorporarlo en la formación directiva. Los reguladores pueden promover mejores prácticas de divulgación voluntaria.

La agenda es clara: llevar el EVA a los directorios, comités de riesgos, planes estratégicos, reportes integrados, modelos de compensación gerencial, procesos de pricing, gestión de cartera, evaluación de productos, transformación digital y medición de impacto territorial.

Cuando una institución mide valor, decide mejor. Cuando decide mejor, asigna mejor el capital. Cuando asigna mejor el capital, reduce riesgos. Cuando reduce riesgos, protege mejor a sus clientes. Cuando protege mejor a sus clientes, fortalece la confianza. Y cuando fortalece la confianza, contribuye al desarrollo sostenible del país.

La omisión del EVA en los reportes del sistema financiero peruano no debería leerse como un defecto irreversible, sino como una brecha estratégica que puede convertirse en oportunidad. El país necesita una nueva conversación financiera: más técnica, más transparente, más prospectiva y más alineada con la creación de valor.

El sistema financiero peruano ya no debe limitarse a demostrar que gana dinero. Debe demostrar que crea valor económico, social y productivo de manera sostenible. Esa es la verdadera prueba de madurez.

César Augusto Novoa Chávez
CEO de Noza Investment Company SAC Perú, con 25 años de experiencia en servicios financieros, retail y consultoría. Con trayectoria como Gerente de Negocios en Derrama Magisterial, Gerente de Créditos en Banco Azteca y Jefe de Créditos en Banco del Trabajo y Caja Piura. Docente de posgrado, columnista y experto en transformación digital y gestión de riesgos. Economista con MBA (ESAN), especializado en Finanzas, Riesgos (ESAN, Tec de Monterrey) e Innovación (ESADE).

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