En un país donde muchas veces el debate público gira en torno al poder, al corto plazo y a los intereses individuales, la figura de Tomás Lafora y Guzmán emerge como un recordatorio silencioso pero contundente de lo que significa construir valor auténtico. Nacido en 1775, en una época marcada por profundas desigualdades y ausencia del Estado en servicios básicos, Lafora no eligió el protagonismo político ni la acumulación estéril de riqueza. Eligió algo más trascendente: dar con propósito.
Su historia no está llena de discursos ni de confrontaciones, sino de decisiones. Y es precisamente ahí donde radica su grandeza. En 1865, al final de su vida, tomó una determinación que hoy debería ser materia de estudio en escuelas, universidades y espacios de formación pública, destinó su patrimonio a la creación de un hospital en Guadalupe, con el objetivo de atender a quienes más lo necesitaban.
Este acto, que podría parecer filantrópico en su forma más simple, es en realidad una expresión avanzada de responsabilidad social. Lafora entendió que la riqueza no tiene sentido si no se convierte en bienestar colectivo. No se trató de caridad ocasional, sino de institucionalizar la ayuda, de dejar un sistema funcionando más allá de su propia existencia.
Hoy, cuando el Perú enfrenta desafíos estructurales en salud, educación y gobernanza, el ejemplo de Lafora cobra una vigencia extraordinaria. Nos obliga a replantear una pregunta incómoda pero necesaria, ¿qué estamos haciendo con lo que tenemos? No solo desde el Estado, sino también desde el sector privado, desde la sociedad civil y desde cada ciudadano con capacidad de influir en su entorno.
El país no necesita únicamente más recursos; necesita mejores decisiones. Necesita líderes empresariales, políticos y sociales, que comprendan que el verdadero éxito no se mide en cifras acumuladas, sino en impacto generado. En esa línea, Lafora representa un modelo de acción concreta: transformar el privilegio en oportunidad para otros.
Pero su legado también interpela a las nuevas generaciones. En un contexto global donde se promueve el emprendimiento, la innovación y el crecimiento económico, es fundamental incorporar una dimensión ética. Crear valor no es solo generar riqueza, es también redistribuir oportunidades, construir comunidad y dejar huella positiva.
El hospital que lleva su nombre no es solo una infraestructura; es una idea viva. Es la prueba de que una decisión individual puede convertirse en un bien colectivo sostenido en el tiempo. Es, en esencia, una lección de país.
En tiempos donde abundan los discursos y escasean los ejemplos, Tomás Lafora nos deja una enseñanza clara: hacer y dar no son actos separados, son parte de una misma responsabilidad. Y quizás ahí esté la clave para el Perú que queremos construir: un país donde el éxito personal esté inseparablemente ligado al bienestar común.con responsabilidad Rafael Aita Campodónico.
Rafael Antonio Aita Campodónico.
Licenciado en Administración de Empresas, desarrollándose en el sector turismo y comercial. Dirigente deportivo y miembro activo en diferentes instituciones de fomento al deporte. Vicepresidente de la Cámara de Comercio de Lambayeque 1998-2000.Congresista de la República para el período 2001 – 2006 por el distrito electoral de Lambayeque.


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