Yo nací en 1950; en pleno auge de la llamada “Revolución Verde”. A ese respecto, la “Revolución Verde” pasó sobre mí, sin que yo me diera cuenta. Efectivamente, cuando se es niño, uno da por hecho cosas que suceden a su alrededor, sin prestarle la debida atención. Y mi alrededor – en ese entonces – era ese paraíso terrenal llamado Hacienda San José, El Carmen – Chincha… ¡cuna de campeones!
La “revolución verde” se basó en el desarrollo de semillas resistentes a climas extremos y a plagas; en la mecanización de faenas agrícolas; y en el uso de fertilizantes y plaguicidas; lo cual propició una significativa elevación de los rendimientos productivos de la agricultura, a nivel mundial.
Lamentablemente para nuestro país, la “revolución verde” se truncó en el año 1969, por la malhadada Reforma Agraria de Velasco; la cual devino en las terribles “décadas perdidas” de los años 70’s y 80´s: ¡Veinte años interminables de destrucción y pauperización del agro peruano! ¡Veinte años eternos de precariedad y empobrecimiento de campesinos y trabajadores del campo!
Después de la “revolución verde” – cuando nuestro país estaba en plena Reforma Agraria – vino la “revolución del fertirriego”. La cual se desarrolló principalmente en los desiertos de Israel.
En ese entonces, yo ya tenía cierta consciencia respecto de lo que pasaba a mi alrededor. Efectivamente, durante mi adolescencia tuve el privilegio de ver los primeros sistemas de riego y fertilización tecnificada. Es decir, aplicaciones de agua y nutrientes a través de mangueras y goteros, directamente a las raíces de las plantas, en pequeños caudales, y a baja presión. ¡Una maravilla tecnológica de la época!
Pocos años después – gracias a que Dios es peruano – la Reforma Agraria de Velasco murió. Y a partir de los 90´s, el Perú retomó su vocación agrícola y empezó lo que hoy se conoce en todo el mundo, como el milagro agrícola peruano.
Bueno pues, si la “revolución verde” duplicó o triplicó la productividad de la agricultura algodonera, azucarera y cerealera a nivel mundial; la “revolución del fertirriego” la quintuplicó… y más.
Pero ahí no acabó el desarrollo tecnológico en el agro peruano. Los productores actuales de arándanos y uvas de mesa del Perú tenemos mucho qué decir al respecto. Me refiero a la recientísima “revolución genética vegetal”. Variedades de arándanos y uvas de mesa – y otros cultivos también – que producen más, cuestan menos, duran más, son más bonitos, son más sabrosos, son más crocantes, valen mucho más…
Por otro lado, el Perú también le debe mucho a las nuevas generaciones de agricultores peruanos – jóvenes brillantes – que están gestionando con gran acierto los estupendos campos de arándanos, uvas de mesa, y otros cultivos.
Por último – valgan verdades – la agricultura moderna del Perú, también le debe mucho al SENASA (el Servicio Nacional de Sanidad Agraria del Perú); por la gran labor desplegada en mantener la sanidad e inocuidad de nuestra producción agrícola. Sobre todo, de las frutas y hortalizas de exportación.
A ese respecto, debo confesar que habiendo visto – de niño – la mejor agricultura algodonera del mundo, jamás había visto algo parecido a la súper agricultura peruana del presente: arándanos en macetas con sustratos de turba de musgo mezclada con fibra de coco; agricultura bajo plástico y mallas anti pájaros; campos iluminados artificialmente para mejorar el crecimiento y la calidad de los frutos; sistemas de ósmosis inversa para desalinizar el agua de pozos salobres; energía solar para bombear agua y presurizar sistemas de fertirriego en zonas remotas; trampas con feromonas para capturar selectivamente insectos y plagas dañinas; agricultura de punta en desiertos y laderas de cerros… ¡Nuestros agricultores modernos son unos fuera de serie!
Y qué decir de la digitalización y automatización en nuestra agricultura moderna: sistemas satelitales de teledetección; drones que aplican nutrientes y agroquímicos; tractores a control remoto; estaciones meteorológicas y sensores de humedad bajo tierra que activan automáticamente sistemas de fertirriego; sensores de colores para la selección y empacado de frutas; robótica e Inteligencia Artificial para todo tipo de faenas agrícolas… ¡Cómo que la agricultura no requiere lo último en materia de tecnología!
Bueno pues, gracias a todo ello – a la “revolución verde”, a la “revolución del fertirriego”, a la “revolución genética vegetal “, a la “revolución digital”, al SENASA, y a nuestros brillantes agricultores modernos – el Perú se ha posicionado como líder indiscutible de las exportaciones mundiales de arándanos, uvas de mesa, paltas, espárragos y demás.
A ese respecto – salvo los envidiosos y amargados de siempre – muchos peruanos y extranjeros estamos encantados por ello: empresarios, productores, trabajadores, investigadores, proveedores, distribuidores, consumidores… ¡un aplauso para todos ellos!
Fernando Cillóniz.
Culminó sus estudios de Ingeniería Económica en la Universidad Nacional de Ingeniería (Perú). Estudió un MBA en Escuela de negocios Wharton de la Universidad de Pennsylvania. Ha sido director del Banco Internacional y miembro del Consejo Consultivo del Diario El Comercio. Fue ex regidor de Ica.


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