Las campañas electorales suelen revelar tanto las fortalezas como las debilidades de una democracia. Entre estas últimas destaca la tentación recurrente de recurrir a viejos agravios históricos para movilizar emociones y captar adhesiones políticas. En el Perú, algunas voces han vuelto a plantear la recuperación de Arica como una supuesta causa nacional pendiente. Sin embargo, lejos de constituir una propuesta seria de política exterior, estas declaraciones reflejan una visión anacrónica de la realidad internacional, alimentada por el oportunismo electoral y desconectada de las condiciones políticas, jurídicas y estratégicas que definen el siglo XXI.
La geopolítica contemporánea no se construye sobre nostalgias territoriales ni sobre relatos épicos destinados al consumo interno. Las fronteras entre Perú y Chile quedaron definitivamente establecidas por el Tratado de Lima de 1929 y consolidadas dentro del marco jurídico internacional. Posteriormente, el fallo de la Corte Internacional de Justicia de 2014 permitió resolver los asuntos pendientes de delimitación marítima, fortaleciendo la estabilidad regional. Pretender reabrir ese capítulo no solo carece de sustento legal, sino que contradice los principios que sostienen el actual orden internacional basado en el respeto a los tratados y la seguridad jurídica entre los Estados.
Más preocupante aún es que estas propuestas suelen provenir de sectores aferrados a concepciones geopolíticas trasnochadas que ignoran las transformaciones experimentadas por América del Sur durante las últimas décadas. No existe fundamento técnico, militar, económico ni diplomático que respalde semejantes planteamientos. Ningún estudio estratégico serio contempla escenarios de reivindicación territorial como alternativa viable para el desarrollo nacional. Por el contrario, cualquier intento de desconocer acuerdos internacionales vigentes generaría aislamiento diplomático, pérdida de credibilidad internacional, deterioro de las inversiones y severos costos económicos para el país.
La realidad muestra un escenario completamente distinto. Perú y Chile han desarrollado una relación caracterizada por una creciente interdependencia económica. Ambos países ocupan posiciones estratégicas en la producción mundial de minerales críticos, especialmente cobre, cuya demanda se incrementa debido a la transición energética global. Las inversiones cruzadas, el comercio bilateral y la integración de cadenas productivas han creado una red de intereses compartidos que convierte la estabilidad regional en una necesidad económica antes que en una simple aspiración política.
A ello se suma un hecho fundamental: los principales desafíos de seguridad ya no provienen de disputas territoriales entre Estados. Las amenazas reales se encuentran en la expansión del crimen organizado transnacional, el tráfico ilícito de personas, el narcotráfico y las economías ilegales que operan a través de las fronteras. El eje Tacna-Arica enfrenta precisamente estos desafíos. En consecuencia, la cooperación bilateral resulta mucho más relevante para la seguridad de los ciudadanos que cualquier discurso destinado a reabrir conflictos superados por la historia y el derecho internacional.
Incluso en el ámbito militar, frecuentemente utilizado por los sectores más radicales para alimentar narrativas nacionalistas, la realidad contradice las fantasías revanchistas. La reciente modernización de capacidades de las Fuerzas Armadas peruanas responde a necesidades legítimas de renovación tecnológica y fortalecimiento institucional. Como ocurre en cualquier Estado soberano, la preparación militar está orientada al cumplimiento de su misión constitucional: garantizar la independencia, la soberanía y la integridad territorial de la República. No existe doctrina oficial alguna orientada a reivindicaciones territoriales contra países vecinos. Por el contrario, las Fuerzas Armadas modernas entienden que la disuasión, la cooperación y la estabilidad regional constituyen pilares indispensables para el desarrollo nacional.
La verdadera fortaleza de una nación no se mide por su capacidad para explotar resentimientos históricos, sino por su habilidad para construir instituciones sólidas y proyectar confianza hacia el exterior. Los países que prosperan son aquellos que transforman antiguas rivalidades en oportunidades de cooperación estratégica. Perú necesita una política exterior estable, profesional y blindada frente a los impulsos coyunturales de la política interna.
La ruta hacia el futuro pasa por fortalecer los mecanismos de integración económica, consolidar la cooperación fronteriza, enfrentar conjuntamente al crimen organizado y profundizar los espacios de coordinación bilateral. El Pacífico Sur demanda visión estratégica, no consignas electorales. Mientras algunos insisten en resucitar fantasmas del siglo XIX, la realidad del siglo XXI exige construir alianzas capaces de generar seguridad, crecimiento y prosperidad compartida. El verdadero patriotismo consiste en fortalecer al Estado y ampliar las oportunidades de sus ciudadanos, no en alimentar ilusiones revanchistas condenadas por la historia, el derecho y la propia realidad geopolítica.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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