La crisis política peruana ha dejado de ser una confrontación convencional entre izquierda y derecha. Lo que hoy enfrenta el país es una crisis de representación mucho más profunda, caracterizada por el desgaste de liderazgos, la pérdida de confianza en las instituciones y la incapacidad de las principales fuerzas políticas para responder a las demandas ciudadanas. Tras años de inestabilidad, la población observa con creciente escepticismo a una clase dirigente que parece más concentrada en la disputa por el poder que en resolver los problemas que afectan la vida cotidiana de millones de peruanos.
La evolución de la izquierda peruana refleja parte de este deterioro. Durante la etapa encabezada por Alfonso Barrantes y la experiencia de Izquierda Unida, existió una corriente que apostaba por las reformas sociales dentro del marco democrático. Aquella izquierda entendía que el cambio requería instituciones fuertes, diálogo político y respeto por las reglas de la República. Con el paso del tiempo, esa visión fue desplazada por sectores que privilegiaron discursos de confrontación y propuestas de refundación constitucional como respuesta a los problemas nacionales. La llegada de Pedro Castillo al poder representó el punto culminante de esa transformación. Sin embargo, la inestabilidad gubernamental, la improvisación administrativa, los continuos cambios ministeriales y los cuestionamientos por presunta corrupción terminaron debilitando la credibilidad de un proyecto que prometía representar a los sectores históricamente excluidos.
Las consecuencias fueron evidentes. La incertidumbre política se profundizó, la confianza en las instituciones continuó deteriorándose y las expectativas de cambio quedaron frustradas por la falta de resultados concretos. La promesa de transformación terminó chocando con las limitaciones de una gestión incapaz de convertir el discurso político en políticas públicas eficaces.
No obstante, reducir la crisis nacional a los errores de la izquierda sería un diagnóstico incompleto. La derecha peruana tampoco ha logrado construir una alternativa capaz de generar consensos amplios y sostenibles. Aunque ha mantenido una defensa más consistente de la economía de mercado, la inversión privada y la estabilidad jurídica, también ha mostrado serias dificultades para renovarse y conectar con una sociedad cada vez más diversa y exigente. La fragmentación partidaria y la dependencia de figuras altamente polarizantes han limitado su capacidad de convertirse en una opción mayoritaria.
El caso de Keiko Fujimori ilustra esta situación. A pesar de conservar una base electoral significativa, continúa registrando uno de los niveles de rechazo más elevados de la política nacional. De manera similar, liderazgos como el de Rafael López Aliaga han logrado movilizar importantes sectores ciudadanos, pero también generan una fuerte polarización. Esta realidad revela una contradicción persistente: la derecha mantiene presencia electoral, pero enfrenta dificultades para ampliar su legitimidad más allá de sus propios simpatizantes.
El resultado es una paradoja política. La izquierda radical perdió credibilidad tras su experiencia de gobierno, mientras la derecha no ha conseguido capitalizar plenamente ese desgaste para construir una mayoría estable. Ambos espacios conservan influencia, pero ninguno ha logrado ofrecer una visión nacional capaz de recuperar la confianza de amplios sectores de la población. La polarización permanente ha terminado debilitando a todos los actores y fortaleciendo la percepción de que el sistema político se encuentra desconectado de las prioridades ciudadanas.
La principal lección de los últimos años es que los problemas del Perú no pueden resolverse mediante discursos ideológicos ni proyectos personalistas. La inseguridad ciudadana, la informalidad económica, las brechas sociales, la debilidad institucional y el avance de las economías ilegales exigen capacidad de gestión, liderazgo responsable y políticas públicas sostenibles. Ninguna consigna política reemplaza la eficiencia del Estado ni la integridad de quienes lo administran.
Por ello, el futuro del país dependerá menos de la victoria de la izquierda o de la derecha y más de la construcción de gobiernos competentes, transparentes y orientados a resultados. En el Perú contemporáneo, las grandes demandas ciudadanas no responden a etiquetas ideológicas, sino a necesidades concretas aún insatisfechas. Lo que millones de peruanos reclaman es seguridad, salud, educación, empleo y oportunidades de progreso. La verdadera tarea nacional consiste en construir instituciones sólidas y un Estado eficaz que atienda esas demandas con honestidad y eficiencia. Más que un gobierno de izquierda o de derecha, el Perú necesita un gobierno que funcione para todos, especialmente para quienes enfrentan mayores carencias y esperan, desde hace demasiado tiempo, respuestas reales.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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