Columnas Jorge Céliz

El ocaso de la fuerza bruta: Lo que deja la guerra del Golfo

La reciente firma del acuerdo de paz entre Estados Unidos, Israel e Irán pone fin a casi cuatro meses de enfrentamientos que mantuvieron en tensión al mundo entero. Aunque el alto al fuego representa una buena noticia, sería un error interpretarlo como una victoria clara para alguno de los actores involucrados. Más bien, el conflicto deja una lección importante: la fuerza militar por sí sola ya no garantiza resultados políticos duraderos.

Cuando comenzaron las hostilidades, la expectativa era que la superioridad tecnológica de Estados Unidos e Israel permitiera alcanzar rápidamente sus objetivos. Sus fuerzas contaban con aviones avanzados, sistemas de inteligencia sofisticados y armamento de precisión capaz de atacar objetivos estratégicos con gran eficacia.

Sin embargo, la guerra mostró una realidad diferente. Irán logró resistir mucho más de lo previsto. Lo hizo utilizando una estrategia basada en drones y misiles de menor costo, pero producidos en grandes cantidades. Esta táctica obligó a sus adversarios a gastar enormes recursos para mantener activas sus defensas. La guerra demostró que la tecnología sigue siendo importante, pero también que la capacidad de resistencia y adaptación puede equilibrar las diferencias de poder.

El conflicto también expuso una debilidad cada vez más evidente en las guerras modernas. Los sistemas militares más avanzados dependen de cadenas de suministro complejas y de municiones costosas que no siempre pueden reponerse con rapidez. Cuando una guerra se prolonga, incluso las mayores potencias enfrentan límites logísticos y financieros difíciles de ignorar.

Las consecuencias económicas fueron todavía más graves. El cierre del Estrecho de Hormuz afectó una de las rutas energéticas más importantes del planeta. Millones de barriles de petróleo dejaron de circular con normalidad, provocando fuertes aumentos en los precios internacionales de la energía.

El impacto se sintió rápidamente en todo el mundo. Los costos del transporte aumentaron, los alimentos se encarecieron y muchas economías volvieron a enfrentar presiones inflacionarias. Los países dependientes de las importaciones energéticas fueron los más afectados. Lo ocurrido confirmó que, en una economía global interconectada, una guerra regional puede generar consecuencias globales en cuestión de semanas.

Esta situación obliga a una reflexión más profunda. La guerra mostró que destruir infraestructura o debilitar temporalmente a un adversario no equivale necesariamente a alcanzar una solución política. Ninguno de los participantes logró imponer completamente su voluntad. Después de meses de combates, enormes gastos y miles de millones de dólares en pérdidas económicas, todos terminaron regresando a la mesa de negociación.

Esa es quizás la principal lección del conflicto. La fuerza militar puede servir para disuadir o contener amenazas, pero difícilmente puede reemplazar a la diplomacia. Cuando las operaciones militares no están acompañadas por objetivos políticos realistas, el resultado suele ser un desgaste costoso para todas las partes.

Mirando hacia adelante, la prioridad debe ser evitar que la región vuelva a caer en un ciclo similar. Para ello se necesita fortalecer los canales de diálogo, ampliar los mecanismos internacionales de supervisión y promover acuerdos que reduzcan los riesgos de una nueva escalada. También será necesario reconstruir infraestructuras dañadas y recuperar la confianza perdida.

La guerra del Golfo deja una advertencia clara. En el siglo XXI, el poder ya no se mide únicamente por la capacidad de destruir. La verdadera fortaleza consiste en crear estabilidad, proteger la economía y construir acuerdos que permitan resolver las diferencias sin recurrir a la violencia. Esa sigue siendo la única victoria que produce beneficios duraderos para todos.

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Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.

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