César Novoa Columnas

El gobierno que Keiko Fujimori tendría que hacer para reconciliar al Perú con la historia

Si Alberto Fujimori pudiera darle a Keiko Fujimori un último consejo de alta política, probablemente no le diría que gobierne para defender un apellido, ni para reivindicar un pasado, ni para vencer definitivamente a sus adversarios. Le diría algo más exigente, más profundo y más histórico: gobierna de tal manera que incluso quienes nunca fueron fujimoristas tengan que reconocer que el Perú estuvo mejor bajo tu conducción.

Ese sería el verdadero desafío. No ganar una elección, no acumular poder, no resistir a la oposición, no controlar la agenda mediática, no administrar la coyuntura. El reto mayor sería transformar una victoria política en una oportunidad de reconciliación nacional. Porque el poder, cuando se mira desde la historia, no vale por la intensidad con la que se conquista, sino por la calidad del legado que deja.

El fujimorismo carga una herencia poderosa y contradictoria. Para una parte importante del país, representa autoridad, estabilidad económica, pacificación, capacidad de decisión y reconstrucción del Estado en momentos de crisis extrema. Para otra parte, representa autoritarismo, concentración de poder, corrupción, heridas institucionales y graves cuestionamientos democráticos. Esa dualidad no puede ser ignorada ni maquillada. Cualquier gobierno de Keiko Fujimori tendría que partir de una verdad elemental: el país no está esperando una revancha; está esperando una conducción superior.

Por eso, la primera gran decisión de Keiko no sería económica, ministerial ni legislativa. Sería política y moral: no gobernar para la mitad que la apoyó, sino para el Perú entero. Un liderazgo verdaderamente excepcional no se mide por la capacidad de premiar a los propios ni de castigar a los rivales, sino por la grandeza de convocar a quienes dudan, incluir a quienes se sienten lejanos y dar garantías a quienes temen. La presidencia no puede convertirse en trinchera. La presidencia tiene que convertirse en puente.

Si Alberto Fujimori hablara desde la frialdad estratégica que caracterizó sus mejores momentos políticos, tal vez le diría: “Keiko, no busques que el Perú me absuelva a mí. Busca que el Perú te respete a ti. No gobiernes mirando hacia atrás. Gobierna de tal manera que la historia diga que aprendiste de nuestras victorias y también de nuestros errores”.

Ese es el punto central. Keiko Fujimori no tendría que copiar el pasado. Tendría que superarlo. No tendría que negar la historia. Tendría que procesarla. No tendría que esconder la herencia. Tendría que elevarla hacia una etapa más madura, democrática, institucional y socialmente sensible. El fujimorismo solo podrá ser recordado de buena forma si deja de ser percibido como una fuerza de confrontación y empieza a ser reconocido como una fuerza de Estado.

El primer riesgo sería el encierro partidario. Un gobierno que nazca rodeado únicamente de leales, operadores, voceros duros y cuadros de confianza política estaría condenado a reproducir los mismos temores que durante años dividieron al país. El Perú no necesita un gabinete de cuotas ni una administración de recompensa partidaria. Necesita un gabinete de salvación nacional, integrado por profesionales de primer nivel, técnicos respetados, independientes, líderes regionales, expertos sectoriales, gestores públicos, empresarios con visión país, académicos y cuadros políticos capaces de dialogar más allá de sus propias fronteras.

El segundo riesgo sería la soberbia de la victoria. Ningún triunfo electoral, por amplio o estrecho que sea, otorga licencia para gobernar sin escuchar. La legitimidad democrática no termina en las urnas; empieza allí. Se sostiene todos los días con decisiones correctas, respeto institucional, rendición de cuentas y resultados concretos. Si Keiko Fujimori quisiera construir un gobierno excepcional, tendría que hacer en sus primeros días un gesto contundente: ir no solo a las zonas donde ganó, sino especialmente a las zonas donde perdió. Ese mensaje tendría una enorme carga simbólica: “No vengo a gobernar contra ustedes. Vengo a gobernar también para ustedes”.

El tercer riesgo sería la confrontación permanente. El Perú ha vivido demasiados años atrapado en una guerra política interminable: Ejecutivo contra Congreso, Congreso contra Ejecutivo, Fiscalía contra políticos, políticos contra jueces, medios contra partidos, redes sociales contra instituciones, izquierda contra derecha, Lima contra regiones. Un gobierno excepcional tendría que romper esa lógica. Keiko Fujimori no tendría que responder cada ataque con otro ataque. Tendría que responder con gestión. No tendría que ganar todos los debates; tendría que ganar confianza. No tendría que imponer silencio; tendría que imponer resultados.

La fórmula estratégica debería ser clara: orden sin abuso, autoridad con democracia, mercado con sensibilidad social, crecimiento con inclusión, seguridad con derechos humanos, memoria sin negacionismo y futuro sin revancha.

En seguridad ciudadana, el gobierno tendría que actuar con firmeza, pero también con inteligencia. El país demanda enfrentar la extorsión, el sicariato, el crimen organizado, la minería ilegal, el narcotráfico, la trata de personas y la corrupción policial o municipal con una política integral. No bastan discursos de mano dura. Se requiere inteligencia criminal, tecnología, control penitenciario, reforma policial, fiscalías especializadas, interoperabilidad de bases de datos, recuperación de barrios, prevención juvenil y presencia efectiva del Estado. La autoridad no debe ser espectáculo. Debe ser capacidad real de proteger al ciudadano.

En economía, el reto sería recuperar la inversión, destrabar proyectos, impulsar infraestructura, fortalecer la minería responsable, promover agroindustria, turismo, comercio, innovación, tecnología y formalización. Pero un gobierno moderno no puede limitarse a hablarle al gran capital. También debe hablarle a la bodega, al transportista, al agricultor, al maestro, al emprendedor, a la madre que vende por redes sociales, al joven que busca empleo y al profesional que quiere crecer. La economía debe dejar de sentirse como un lenguaje de élites y convertirse en una promesa concreta de movilidad social.

En educación, Keiko tendría una oportunidad histórica. El Perú no será potencia si no transforma su capital humano. Se necesita infraestructura, conectividad, meritocracia docente, formación técnica, bilingüismo, ciencia, tecnología, lectura, matemáticas, ciudadanía y gestión educativa moderna. El país no puede seguir condenando a millones de niños a escuelas débiles y futuros limitados. Un gobierno recordado de buena forma tendría que hacer de la educación una causa nacional, no un ministerio más.

En salud, la prioridad tendría que ser dignidad. No hay legitimidad posible cuando una familia espera meses por una cita, cuando un paciente no encuentra medicinas, cuando un hospital se cae a pedazos o cuando la vida depende de contactos. La reforma del sistema de salud debería combinar gestión, tecnología, compras transparentes, historias clínicas interoperables, prevención, redes regionales, alianzas público-privadas bien supervisadas y lucha frontal contra la corrupción. El ciudadano no recuerda planes grandilocuentes; recuerda si lo atendieron cuando más lo necesitaba.

En lo social, el gobierno tendría que alejarse del asistencialismo electoral y construir verdadera movilidad. Programas sociales sí, pero con evaluación, focalización, salida productiva, nutrición infantil, capacitación, empleo, inclusión financiera y articulación territorial. Un Estado moderno no debe crear dependencia; debe crear capacidades. La mejor política social es aquella que permite que una familia deje de necesitar ayuda porque logró progresar.

En institucionalidad, el mensaje debe ser aún más fuerte. Si Keiko Fujimori quisiera diferenciarse históricamente, tendría que separar con absoluta claridad familia, partido y Estado. Esa sería una señal decisiva. El Estado no puede parecer propiedad de un apellido, de una bancada ni de un círculo de confianza. Los nombramientos deben basarse en mérito, probidad y capacidad. La transparencia no puede ser una obligación incómoda; debe ser una estrategia de legitimidad. El gobierno tendría que tener estándares más altos que sus adversarios, precisamente porque carga una historia más cuestionada.

El tema de la memoria histórica sería uno de los más delicados. El fujimorismo no puede aspirar a reconciliar al país si pretende que todos recuerden la historia de la misma manera. La pacificación y la estabilidad pueden ser reconocidas por muchos peruanos, pero eso no autoriza a minimizar dolores, víctimas, excesos o fracturas institucionales. La grandeza no está en negar las sombras, sino en mirarlas con serenidad democrática. Keiko tendría que decir, con altura: “Defendemos lo que permitió salvar al país del terror y del colapso, pero reconocemos que ningún Estado puede estar por encima de la dignidad humana ni de la ley”. Esa frase, bien asumida, podría abrir una nueva etapa.

El fujimorismo necesita pasar de la defensa emocional del pasado a la construcción racional del futuro. Necesita formar cuadros, no solo voceros. Necesita expertos, no solo militantes. Necesita jóvenes con ética pública, mujeres con liderazgo, regiones con poder real, técnicos con sensibilidad y políticos con visión de Estado. Si quiere sobrevivir como corriente histórica, debe dejar de depender exclusivamente de un apellido y convertirse en una escuela de gobierno.

La comunicación también sería central. Keiko no debería comunicar desde la ansiedad ni desde la confrontación. Debería comunicar serenidad, autoridad y propósito. Menos adjetivos, más metas. Menos ataques, más indicadores. Menos épica partidaria, más resultados ciudadanos. El relato tendría que ser simple y potente: “Vamos a ordenar el país, reactivar la economía, proteger a las familias, reconstruir servicios públicos y reconciliar al Perú desde los resultados”.

La oposición intentaría llevarla al terreno donde el fujimorismo es más vulnerable: el miedo al autoritarismo, la memoria de los noventa, la corrupción, el control institucional. Por eso, la mejor respuesta no sería gritar más fuerte. La mejor respuesta sería gobernar mejor. Cada nombramiento limpio, cada licitación transparente, cada obra destrabada, cada hospital mejorado, cada colegio conectado, cada barrio recuperado y cada empleo formal creado sería una respuesta más poderosa que cualquier discurso.

El verdadero legado de Keiko Fujimori no debería ser demostrar que Alberto Fujimori tuvo razón en todo. Debería ser demostrar que ella tuvo la capacidad de aprender de todo: de los aciertos, de los errores, de los triunfos, de las heridas, de la adhesión popular y del rechazo ciudadano. Un liderazgo histórico no se construye negando la complejidad, sino administrándola con grandeza.

Si Alberto Fujimori pudiera resumirle su consejo en una sola idea, quizá le diría: “Hija, el poder no se usa para ajustar cuentas con el pasado. Se usa para construir una memoria mejor. No busques que todos amen al fujimorismo. Busca que el país respete tu gobierno. Si gobiernas con honestidad, firmeza, inteligencia, humildad y resultados, habrás logrado algo más grande que ganar una elección: habrás cambiado la forma en que la historia mira tu apellido”.

Ese sería el punto de quiebre. Que al final de su mandato, millones de peruanos puedan decir, incluso sin haber sido fujimoristas: “No voté por ella, pero gobernó bien”. Ese día, Keiko Fujimori no solo habría hecho un buen gobierno. Habría conseguido algo mucho más difícil: reconciliar una fuerza política con una parte importante de la memoria nacional.

El Perú no necesita otro gobierno de trincheras. Necesita un gobierno que ordene sin abusar, escuche sin debilitarse, decida sin atropellar, crezca sin excluir y recuerde que el poder no pertenece a una familia ni a un partido, sino a la nación. Si Keiko entiende eso, su gobierno podría dejar de ser leído como la continuación de una batalla antigua y empezar a ser recordado como el inicio de una nueva madurez política para el Perú.

César Augusto Novoa Chávez
CEO de NOZA Investment Company SAC Perú y un líder estratégico con más de 25 años impulsando crecimiento, innovación y transformación en entornos altamente competitivos. Su trayectoria integra finanzas, gestión de riesgos, tecnología y dirección comercial, con posiciones clave en Derrama Magisterial, Banco Azteca / Grupo Salinas y Banco del Trabajo. Reconocido por convertir la visión en ejecución, diseña e implementa modelos escalables orientados a valor, rentabilidad y sostenibilidad. Es docente internacional de posgrado y columnista. Economista (Universidad Nacional de Piura) y MBA (ESAN), con especializaciones en Riesgos Financieros (ESAN & Tecnológico de Monterrey), Transformación Digital & Fintech (Copenhagen Business School) y Business Sustainability (University of London).

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