El sistema internacional atraviesa una transformación profunda que está redefiniendo los fundamentos del poder y la seguridad global. Durante décadas, las grandes potencias asumieron que la superioridad militar y tecnológica era suficiente para garantizar victorias rápidas y resultados políticos favorables. Sin embargo, los acontecimientos recientes demuestran que la hegemonía militar ya no asegura estabilidad ni éxito estratégico. La era de las guerras decisivas parece estar llegando a su fin, dando paso a un escenario caracterizado por conflictos prolongados, desgaste mutuo y competencia permanente.
Lo que observamos no constituye una anomalía histórica, sino una reconfiguración estructural de la naturaleza de la guerra. Los actores con capacidades militares limitadas han aprendido a explotar las vulnerabilidades de adversarios mucho más poderosos. La combinación de tecnologías accesibles, tácticas asimétricas y resiliencia política ha alterado el equilibrio tradicional entre fuerza y poder.
Esta realidad confirma una de las observaciones más importantes de Clausewitz: la guerra es la continuación de la política por otros medios. Ninguna victoria militar tiene valor si no produce resultados políticos sostenibles. Asimismo, el estratega prusiano advirtió sobre la existencia de la “fricción”, es decir, aquellos factores imprevistos que dificultan la ejecución de cualquier plan. En el siglo XXI, esa fricción adopta nuevas formas: ataques híbridos, ciberoperaciones, interrupciones logísticas, campañas de desinformación y conflictos que se extienden más allá de los campos de batalla convencionales.
Uno de los fenómenos más relevantes de nuestro tiempo es la transformación de la economía de la guerra. La estrategia desarrollada por Irán mediante el uso de drones y misiles de precisión ha demostrado que la eficacia militar ya no depende exclusivamente de poseer los sistemas más sofisticados. Lo decisivo es la capacidad de sostener el combate a un costo razonable y mantener la producción de recursos estratégicos durante períodos prolongados.
Cuando una potencia debe emplear sistemas defensivos extremadamente costosos para neutralizar plataformas de bajo costo, la ecuación estratégica cambia radicalmente. El problema deja de ser exclusivamente tecnológico y se convierte en económico. La superioridad militar pierde valor cuando su sostenimiento financiero resulta cada vez más difícil. La capacidad industrial, la disponibilidad de municiones y la velocidad de reposición adquieren una importancia comparable a la calidad del armamento empleado.
Esta dinámica refleja con claridad las enseñanzas de Sun Tzu. Hace más de dos mil años, el estratega chino afirmaba que la máxima excelencia consiste en vencer al adversario sin necesidad de destruirlo físicamente. El objetivo principal es erosionar su voluntad de lucha, afectar su capacidad de decisión y obligarlo a actuar en condiciones desfavorables. Los ataques de saturación, las operaciones de desgaste y las campañas de presión económica responden, precisamente, a esa lógica.
Las consecuencias de esta transformación son especialmente visibles en el ámbito energético. El Estrecho de Hormuz constituye uno de los principales puntos de tránsito del comercio mundial de hidrocarburos. Su vulnerabilidad demuestra que la interdependencia económica ya no funciona necesariamente como un freno a los conflictos. Por el contrario, puede convertirse en un poderoso instrumento de presión estratégica.
La interrupción o simple amenaza sobre rutas comerciales críticas tiene la capacidad de provocar aumentos inmediatos en los precios de la energía, generar incertidumbre financiera y afectar cadenas de suministro en todo el planeta. Un conflicto localizado puede producir repercusiones globales en cuestión de días. En consecuencia, los actores internacionales suelen regresar a la mesa de negociación no únicamente por voluntad política, sino por la necesidad de evitar costos económicos insostenibles.
Esta situación actualiza las ideas de Alfred Thayer Mahan, quien sostenía que el control de las rutas marítimas era una condición indispensable para el ejercicio del poder global. Sin embargo, la realidad contemporánea ha introducido una modificación significativa a esa teoría. Hoy no siempre es necesario controlar completamente una vía estratégica; basta con poseer la capacidad creíble de interrumpirla para generar efectos geopolíticos de gran magnitud. La amenaza de bloqueo puede ser tan poderosa como el bloqueo mismo.
Otro error frecuente en la planificación estratégica contemporánea ha sido asumir que todos los adversarios responden a una lógica convencional de costo-beneficio. Las potencias suelen interpretar los conflictos desde parámetros vinculados a ganancias materiales, control territorial o ventajas económicas. Sin embargo, numerosos actores consideran la confrontación como una cuestión existencial, identitaria o ideológica.
En estos casos, la resistencia adquiere una importancia superior a la capacidad ofensiva. La voluntad de soportar sacrificios prolongados puede compensar enormes diferencias materiales. La historia demuestra que un adversario que conserva su cohesión política y social puede prolongar un conflicto hasta erosionar la voluntad de una fuerza militar superior.
Las enseñanzas de Mao Zedong resultan particularmente relevantes en este contexto. Su teoría de la guerra prolongada sostenía que un actor relativamente débil podía neutralizar las ventajas de un adversario más poderoso mediante una estrategia basada en el desgaste gradual y el aprovechamiento del tiempo como recurso estratégico. En muchos conflictos actuales, el tiempo se ha convertido en un multiplicador de fuerza tan importante como la tecnología.
Del mismo modo, Basil Liddell Hart desarrolló el concepto de aproximación indirecta, según el cual la mejor forma de alcanzar una victoria consiste en desarticular la estructura psicológica y política del adversario antes que destruir completamente sus fuerzas militares. Los conflictos modernos parecen confirmar esta visión. La erosión de la voluntad política, la polarización interna y el agotamiento económico suelen producir resultados más decisivos que las operaciones militares convencionales.
Desde una perspectiva clausewitziana, el verdadero centro de gravedad de las naciones tampoco se encuentra exclusivamente en sus ejércitos. En el siglo XXI, los centros de gravedad incluyen la cohesión social, la legitimidad política, la capacidad industrial, la infraestructura energética y las cadenas de suministro. La vulnerabilidad de cualquiera de estos elementos puede generar consecuencias estratégicas tan graves como una derrota militar.
Las observaciones de Jomini también mantienen plena vigencia. El estratega suizo destacó la importancia de las líneas de operación y la logística. Los conflictos actuales demuestran que la producción industrial, la protección de infraestructuras críticas y la capacidad de sostener operaciones prolongadas constituyen factores decisivos para el éxito estratégico. La logística continúa siendo el sistema circulatorio de la guerra.
Ante esta nueva realidad, la planificación militar debe abandonar la obsesión por la victoria absoluta. Las potencias necesitan adoptar enfoques más flexibles basados en el denominado poder inteligente, combinando capacidades militares, económicas, tecnológicas y diplomáticas. La resiliencia nacional, la diversificación de las cadenas de suministro, la defensa multicapa y los mecanismos de gestión de crisis serán tan importantes como los sistemas de armas más avanzados.
La paradoja de nuestro tiempo es que los actores más poderosos son, en muchos aspectos, también los más vulnerables. Su complejidad económica, su dependencia tecnológica y la sensibilidad de sus opiniones públicas crean oportunidades que pueden ser explotadas por adversarios con recursos significativamente menores. La capacidad de negar objetivos al enemigo suele generar mayores beneficios estratégicos que la capacidad de conquistarlos.
La historia demuestra que los principios fundamentales de la estrategia permanecen vigentes, aunque cambien las tecnologías. Sun Tzu enseñó la importancia de la adaptación; Clausewitz destacó la centralidad de los objetivos políticos; Mahan explicó el valor de las rutas de comunicación; Jomini subrayó el papel de la logística; Mao comprendió el poder de la resistencia prolongada; y Liddell Hart reveló la eficacia de la aproximación indirecta. Todos coinciden en una idea esencial: la guerra es un instrumento al servicio de fines políticos y no un fin en sí mismo.
En consecuencia, la verdadera victoria en el siglo XXI no consiste en destruir al adversario ni en imponer una hegemonía incontestable. Consiste en preservar la estabilidad, proteger los centros de gravedad nacionales, gestionar las rivalidades de manera sostenible y evitar que los costos de la confrontación superen los beneficios de la cooperación. En un mundo cada vez más interdependiente y multipolar, la grandeza estratégica no será definida por la capacidad de vencer en todas las guerras, sino por la sabiduría para evitar aquellas que nadie puede ganar de manera definitiva.
Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.


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