Una sociedad se mide no por cómo trata a sus jóvenes, sino por cómo honra a quienes han llegado lejos. La juventud es promesa; la vejez, en cambio, es evidencia. Es la prueba viva de resistencia, trabajo, errores, aprendizajes y reconstrucción. Por eso, alcanzar los 80 años no debería ser solo un hecho biológico; debería ser un reconocimiento social, político y moral.
En el Perú y en gran parte de América Latina, hemos normalizado una contradicción peligrosa: admiramos el esfuerzo, pero abandonamos a quienes lo sostuvieron durante toda su vida. Hablamos de progreso, pero muchas veces dejamos fuera a quienes construyeron ese progreso. Esa es una deuda estructural.
La llamada “tercera juventud” no puede depender únicamente de la fortaleza individual. Debe ser respaldada por un sistema que garantice condiciones dignas. Porque, si bien llegar a los 80 es una victoria personal, vivirlos con dignidad es una responsabilidad colectiva.
Primer eje: salud con enfoque integral.
No basta con atender enfermedades; se requiere prevenir, acompañar y sostener. El adulto mayor necesita acceso real a servicios de salud oportunos, especializados y humanos. La política pública debe dejar de ver la vejez como carga presupuestal y entenderla como inversión en humanidad.
Segundo eje: seguridad económica.
No puede existir tercera juventud con incertidumbre material. Pensiones dignas, sistemas previsionales sostenibles y oportunidades para seguir aportando, si así se desea, son fundamentales. La dependencia forzada es una forma de exclusión.
Tercer eje: inclusión social y cultural.
El mayor error de una sociedad es volver invisibles a sus mayores. Ellos no son pasado, son memoria activa. Son portadores de experiencia, de criterio, de historia. Incluirlos en espacios de decisión, en comunidades, en proyectos educativos y culturales fortalece el tejido social.
Cuarto eje: dignidad como principio rector.
La vejez no debe ser sinónimo de abandono, sino de respeto. Las políticas públicas deben garantizar no solo sobrevivencia, sino calidad de vida, espacios seguros, acceso a recreación, participación ciudadana y protección frente a cualquier forma de abuso.
Sin embargo, más allá del Estado, hay un componente esencial: la cultura. Una nación que no valora a sus mayores pierde identidad. Y un país sin identidad es un país sin rumbo.
Mensaje final de resistencia social
Llegar a los 80 años es una conquista individual, pero también es un llamado colectivo. Nos obliga a preguntarnos qué tipo de sociedad queremos ser: una que descarta o una que reconoce.
A quienes han llegado hasta aquí, no se les debe compasión; se les debe respeto. No se les debe asistencialismo; se les debe dignidad. No se les debe silencio; se les debe voz.
Y a quienes aún están en camino, la lección es importante: la vida no solo se vive hacia adelante, también se construye pensando en cómo queremos ser tratados cuando el tiempo nos alcance.
Porque en cada adulto mayor hay una historia que sostiene al país.
En cada vida larga hay una lección que no puede perderse.
Y en cada persona que ha resistido hasta los 80…
hay una verdad que la política no puede ignorar.
Una nación que honra a sus mayores se honra a sí misma.
Incorporando como referencias a políticas públicas peruanas, pensiones, salud o propuestas concretas para Lambayeque y Chiclayo.
Tu amigo.
Rafael Antonio Aita Campodónico.
Licenciado en Administración de Empresas, desarrollándose en el sector turismo y comercial. Dirigente deportivo y miembro activo en diferentes instituciones de fomento al deporte. Vicepresidente de la Cámara de Comercio de Lambayeque 1998-2000.Congresista de la República para el período 2001 – 2006 por el distrito electoral de Lambayeque.


0 comments on “La tercera juventud y el deber de un país: dignidad, memoria y futuro desde los 80”