Han tenido que pasar 26 años para que el fujimorismo pueda regresar a Palacio de Gobierno. Tras la inesperada renuncia del ex presidente Alberto Fujimori desde Tokio, el ritmo de la política peruana ha sido marcado por una vorágine de sucesos y personajes cargados de sentimientos de amor, odio y rencores; una historia de polarización que los peruanos no hemos sido capaces de superar para lograr una legítima reconciliación.
Qué cambió en esta elección que le permitió a la heredera del fujimorismo acceder esta vez al poder? en principio la reducción del anti fujimorismo, en gran parte por la exposición grosera de abusos perpetrados judicialmente contra todo político que no formara del grupo “anti” aplaudidos sonoramente por la maquinaria caviar; irónicamente aquellos que hoy acusan a su principal enemiga de haber “tomado las instituciones“ son aquellos todopoderosos que dictaron la pauta de lo bueno, lo malo y lo feo en los últimos 5 lustros pero que han perdido vigencia con el paso del tiempo, el fracaso de la lucha anti corrupción que pregonaban y el cambio generacional. Otro factor fundamental en el cambio a su favor de la imagen negativa que proyectaba fue su paso por la cárcel; el injusto encierro no sólo la hizo crecer sino en cierta medida la redimió, permitiéndole transformar su imagen en la de una política más madura y resiliente; a ello se sumó el cambio radical de su estrategia con respecto a sus tres campañas anteriores, en ésta vimos a una Keiko relajada, sonriente, visitando grupos reducidos, una campaña casa por casa en ámbitos urbanos y rurales, lo que probablemente contribuyó a humanizarla y atenuar esa percepción de demonio que la ha perseguido en los últimos 25 años.
Sus detractores más recalcitrantes están sumidos hoy en un mar de amargura, ensayan amenazas y rezan malos augurios para la futura gobernante, aún no se percatan que son ellos los padres del retorno del fujimorismo a Palacio, pensaron que sus narrativas serían eternas cuando en este mundo no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista; el tiempo transcurrió, el discurso de odio se debilitó y la caracterización maniquea que la ha retratado a lo largo de los años como dictadora, corrupta o mala persona ha fracasado en términos de darle la confianza; Keiko Fujimori tendrá los próximos 5 años la oportunidad de demostrar que no es la diabla sino una política con la suficiente trayectoria para encaminar al país hacia la reconciliación y el progreso, un camino que integre principalmente a esos sectores del sur que se perciben excluidos en medio de la enorme resistencia social que encontrará en la zona.
Para bien o para mal, en el partidor tenemos hoy a una mujer que inició su vida política hace más de 30 años y, así como se benefició con la herencia positiva del padre también arrastró por más de tres décadas la mochila cargada de desprecio por los abusos y delitos que se cometieron durante el gobierno de su progenitor; sin embargo, Alberto y Keiko no son la misma persona, recién en los próximos años podremos saber si ella es tan eficiente como el padre, si es tan demócrata como pregona y si tendrá la capacidad de tender los puentes necesarios para tentar un camino a la reconciliación que nos aleje de la confrontación que impide a los peruanos elegir entre las mejores opciones y no por el “mal menor”. El camino será empedrado, sus actuales detractores se encargarán de adornarlo aún más, en la medida que haga posible que el estado llegue donde no llega hace décadas obtendrá la licencia social que requiere como gobernante para realizar su tarea con éxito; por el bien de los peruanos esperemos no desaproveche la oportunidad y retome la senda del desarrollo, el crecimiento y el orden que el país tanto necesita y que, de una buena vez, quiebre con la narrativa maléfica que la retrata como santa o como diabla.
Cecilia Palacios C.
Cecilia Palacios es Bachiller en Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Lima, trabajó en prensa televisiva privada durante la época del terrorismo, posteriormente se dedicó a actividades privadas.


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