Columnas Jorge Céliz

El T-MEC entra en una nueva etapa

La decisión de Estados Unidos de no renovar automáticamente el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) marca un cambio de fondo para la economía de América del Norte. El acuerdo continúa vigente, pero a partir de ahora estará sujeto a revisiones anuales que eliminan la estabilidad que ofrecía una renovación por dieciséis años. El mensaje es claro: Washington quiere mantener el tratado bajo evaluación permanente para utilizarlo como instrumento de presión política y comercial. La integración deja de descansar sobre reglas previsibles y pasa a depender, cada vez más, de las prioridades del gobierno estadounidense.

La explicación oficial apunta al déficit comercial de Estados Unidos y a la necesidad de impedir que empresas chinas utilicen a México como puerta de ingreso al mercado norteamericano. Sin embargo, el alcance de esta decisión va mucho más allá. El comercio ya no será visto como una relación basada en confianza mutua, sino como una negociación continua en la que cualquier diferencia podrá traducirse en amenazas de nuevos aranceles o restricciones. Esa incertidumbre cambia las reglas del juego para empresas e inversionistas.

Las primeras consecuencias recaerán sobre México y Canadá. Grandes proyectos industriales necesitan reglas estables para justificar inversiones que tardan muchos años en recuperar su costo. Si el marco comercial puede cambiar cada doce meses, muchas empresas preferirán retrasar decisiones o buscar otros destinos. Sectores como el automotriz, el acero, los semiconductores y la industria energética perderán parte de la seguridad jurídica que hizo de América del Norte uno de los bloques más competitivos del mundo.

Pero las repercusiones no terminan allí. Toda Sudamérica sentirá los efectos de una Norteamérica menos estable. Una desaceleración del crecimiento en Estados Unidos y México puede reducir la demanda de materias primas, afectando las exportaciones de cobre, hierro, litio, alimentos y otros recursos que abastecen a la industria regional. Además, la mayor incertidumbre internacional suele fortalecer al dólar, encareciendo el financiamiento para las economías emergentes y aumentando la volatilidad de los mercados financieros.

El Perú tampoco permanecerá al margen. Estados Unidos sigue siendo uno de sus principales socios comerciales y un importante destino para las exportaciones mineras, agroindustriales y textiles. Si la economía estadounidense pierde dinamismo por el aumento de costos derivados de nuevas tensiones comerciales, la demanda por productos peruanos también podría moderarse. A ello se suma el riesgo de menores inversiones internacionales, ya que los capitales suelen adoptar posiciones más cautelosas cuando aumenta la incertidumbre global. Aunque el Perú mantiene un tratado de libre comercio propio con Estados Unidos, ningún país puede aislarse completamente de los cambios que afectan a la mayor economía del mundo.

Paradójicamente, esta estrategia también puede perjudicar a Estados Unidos. Durante más de treinta años, las cadenas productivas de Norteamérica se construyeron sobre la confianza y la integración. Romper esa estabilidad para convertir el comercio en un mecanismo de presión permanente puede elevar los costos de producción, reducir la competitividad del bloque y trasladar mayores precios a los consumidores estadounidenses. El proteccionismo puede ofrecer beneficios políticos de corto plazo, pero suele generar costos económicos mucho más duraderos.

Frente a este escenario, México y Canadá deberán fortalecer los mecanismos del tratado mientras diversifican sus relaciones comerciales con otras regiones. Para Sudamérica, incluido el Perú, la prioridad será ampliar mercados, atraer nuevas inversiones y reducir la dependencia de cualquier economía en particular. La integración regional también adquiere mayor importancia como herramienta para enfrentar un entorno internacional cada vez más incierto.

La decisión de Washington no significa el fin del T-MEC, pero sí el inicio de una etapa marcada por la incertidumbre. Cuando las reglas dejan de ser permanentes y pasan a depender de la política del momento, todos los socios pierden. La prosperidad de América del Norte y su influencia sobre el resto del continente dependerán de recuperar la confianza, fortalecer las instituciones comerciales y entender que la cooperación genera mucho más crecimiento que el chantaje económico.

Jorge Orlando Céliz Kuong
General de División en retiro, ex Comandante General del Ejército del Perú, especialista en Seguridad y Defensa con formación en Harvard y experiencia internacional en EE.UU. y la ONU.

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