Por años nos han hecho creer que la minería y el cuidado del ambiente son agua y aceite. De un lado están los que dicen que las normas ambientales frenan las inversiones; del otro, los que aseguran que abrir una mina es sinónimo de destruir el entorno. Pero si miramos lo que pasa en el resto del mundo, nos damos cuenta de que este dilema es falso.
Hoy, la transición energética está cambiando las reglas del juego. Minerales como el cobre, el litio o el níquel se han vuelto indispensables. Así, vivimos una paradoja, pues para frenar el cambio climático y descarbonizar el planeta, necesitamos extraer más minerales. Por eso, la discusión ya no es si debemos seguir produciendo, sino cómo podemos hacerlo mejor.
El caso de China es un gran ejemplo para analizar sin prejuicios. Hace tres décadas, el país era uno de los mayores símbolos de contaminación industrial, con ciudades enteras cubiertas por el smog y regulación ambiental casi inexistente. Su única meta era crecer rápido, sin importar el costo. Sin embargo, cuando la contaminación empezó a pasarle factura a la salud de la gente, a la productividad y a los negocios, comprendió que cuidar el entorno no es un freno para el desarrollo, sino la única forma de sostenerlo en el tiempo. Su estrategia no fue solo aprobar leyes más duras. Hizo algo más profundo al integrar la ecología con la industria, la tecnología y la planificación económica a largo plazo. China dejó de ver la protección ambiental como un gasto molesto y la transformó en una ventaja para competir. Actualmente, lidera la fabricación de paneles solares, baterías y autos eléctricos. No lo logró cerrando fábricas, sino entendiendo antes que nadie que la sostenibilidad iba a mover la economía en este siglo. Esta es la gran lección que el Perú debe aprender.
Pero China no está sola en ese camino. Estados Unidos impulsa el concepto de la «mina del futuro», donde la automatización, la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías permiten producir más consumiendo menos agua, energía y materiales. La Unión Europea, por su parte, ha entendido que la competitividad no depende únicamente de extraer minerales, sino también de procesarlos, reciclarlos e incorporarlos a una economía cada vez más circular. En ambos casos el mensaje es el mismo: los países no fortalecen su minería reduciendo los estándares ambientales, sino invirtiendo en innovación, tecnología e instituciones capaces de producir con mayor eficiencia, trazabilidad y responsabilidad. Para el Perú, la lección es evidente. No basta con tener algunas de las mayores reservas de cobre del mundo. Debemos aspirar a ofrecer un cobre producido con altos estándares ambientales, con menor huella de carbono, plenamente trazable y capaz de integrarse a cadenas de valor cada vez más exigentes. Ese será el camino para que el Perú se consolide como un proveedor confiable de minerales críticos en los mercados internacionales.
A veces escuchamos que exigirle más a la minería espanta la inversión. En el mundo real, pasa todo lo contrario. Una empresa minera con estándares impecables evita conflictos sociales, se ahorra problemas con la ley, consigue créditos internacionales más baratos y vende mejor sus productos. No es casualidad que hoy los grandes inversionistas se fijen en los criterios ambientales y sociales, conocidos como ESG. En un mercado que exige minerales con baja huella de carbono y de origen limpio, ser verde ya no es un lavado de cara para la foto; es una necesidad para seguir compitiendo.
El Perú posee una ventaja geológica extraordinaria. Alberga algunas de las reservas de cobre más grandes del planeta y proyectos de sobra para ser el motor de la transición energética mundial. Pero tener el mineral bajo tierra ya no es suficiente para ser los mejores. El verdadero reto es consolidar una minería capaz de generar confianza, innovación y valor agregado sin comprometer el patrimonio ambiental del país. Esto significa fortalecer la institucionalidad, modernizar los sistemas de evaluación y fiscalización ambiental, fiscalizar con tecnología en tiempo real, impulsar la economía circular, reducir emisiones e innovar de manera permanente. También implica dejar de ser solo un país que extrae rocas. El valor real no está en exportar concentrados, sino en crear tecnología, investigación y empleos calificados dentro de nuestro propio territorio.
La minería del futuro no se medirá por cuántas toneladas de cobre saquemos en un camión, sino por la limpieza y el respeto con los que hagamos el trabajo. En un mundo donde los países compiten por asegurar recursos limpios y seguros, los que liderarán el mercado serán aquellos que produzcan con los más altos estándares ambientales. Así de simple.
El Perú puede convertirse en esa potencia minera sostenible. Pero para eso, tenemos que sacarnos de la cabeza que las reglas ambientales son un obstáculo. La experiencia global demuestra que una buena política ambiental es, en realidad, la mejor estrategia para ganar mercados. La verdadera riqueza de nuestros minerales no está únicamente en el subsuelo, sino en nuestra capacidad para transformarlos en desarrollo, innovación, instituciones sólidas y bienestar para las personas. El mundo ya entendió que el crecimiento económico y la protección ambiental avanzan de la mano. Ese también debe ser el camino del Perú.
Giuliana Becerra
Ingeniera química, magíster en Química y magíster en Ingeniería de Procesos por la Universidad Claude Bernard Lyon 1, Francia, y doctora en Ingeniería de Procesos por la École Centrale Paris. Es profesora principal de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ex viceministra de Gestión Ambiental y experta en gestión ambiental, economía circular, calidad ambiental y políticas públicas para el desarrollo sostenible.


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