En el Perú, la corrupción suele percibirse como una cadena de escándalos, audios filtrados, nombres expuestos e investigaciones que generan indignación momentánea. Sin embargo, entenderla solo como episodios aislados es un error persistente. La corrupción en el país no es un accidente; es un sistema arraigado.
Se trata de un entramado que opera con reglas informales, donde confluyen intereses políticos, burocráticos y económicos. No solo desvía recursos públicos, sino que distorsiona decisiones, paraliza proyectos y limita el desarrollo. Lo más preocupante es su capacidad de adaptación, sobrevive a los cambios de gobierno y, en ocasiones, se normaliza.
La corrupción estructural no comienza con un soborno. Se gesta en procesos deficientes, normas diseñadas a medida, licitaciones direccionadas y en la captura de instituciones por intereses particulares. Se fortalecen ,cuando los mecanismos de control fallan o se subordinan, y se perpetúa cuando las sanciones no llegan o se dilatan en el tiempo.
Sus efectos son concretos: hospitales sin equipos, carreteras inconclusas, colegios deteriorados y servicios públicos deficientes. Cada acto de corrupción tiene un costo directo en la calidad de vida de los ciudadanos. No es solo dinero perdido; es progreso frustrado.
La impunidad es uno de sus principales motores. Cuando las investigaciones no concluyen y las sanciones no son ejemplares, el mensaje es claro: corromperse tiene bajo riesgo. Así, la corrupción deja de ser una excepción para convertirse en práctica tolerada.
Pero este sistema no se sostiene únicamente desde el poder. También se alimenta de la indiferencia y, a veces, de la complicidad social. La aceptación de “arreglos” y “favores” fuera de la ley erosiona la institucionalidad y legitima conductas que escalan a mayores niveles.
Frente a este panorama, la respuesta debe ser integral. No basta con más leyes ni con discursos severos. Se requiere transparencia en las contrataciones públicas, fortalecimiento real de los organismos de control e independencia judicial efectiva. A ello se suma el uso estratégico de la tecnología, digitalización, trazabilidad y acceso abierto a la información.
En este contexto, liderazgos políticos como el de Keiko y el nuevo gobierno tienen una de las misiones más trascendentales, garantizar el control y la vigilancia del erario nacional. Esto implica no solo impulsar leyes más estrictas, sino asegurar su cumplimiento, reforzar las sanciones y promover una cultura de integridad en la gestión pública.
La lucha contra la corrupción debe asumirse como una política de Estado, sostenida en el tiempo y con participación ciudadana. El Perú necesita dar ese paso con decisión.
Porque un país no solo se deteriora por lo que se roba, sino por todo lo que deja de construir cuando la corrupción gobierna en silencio.
Si o sí la integridad moral, será la mejor política pública, Con prudencia y respeto, Rafael Aita Campodónico.
Rafael Antonio Aita Campodónico.
Licenciado en Administración de Empresas, desarrollándose en el sector turismo y comercial. Dirigente deportivo y miembro activo en diferentes instituciones de fomento al deporte. Vicepresidente de la Cámara de Comercio de Lambayeque 1998-2000.Congresista de la República para el período 2001 – 2006 por el distrito electoral de Lambayeque.


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